Un mar de confusiones

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LO QUE LE QUEDA A NUESTRA IZQUIERDA NO ES MÁS QUE SU VIEJA ANSIA DE PODER. SIN EMBARGO, EL QUERER EL PODER NO AYUDA ABSOLUTAMENTE NADA A SABER QUÉ HACER CUANDO SE LO CONSIGA.

Un mar de confusiones es el de la izquierda latinoamericana hoy en día. Uno dice a veces que no se entiende lo que quieren. Sin duda es mucho mas certero decir que ellos mismos no lo saben.

Confusión de un modo u otro. Pienso que ella posee un doble origen. En primer lugar, dentro de la profusión de declaraciones y pronunciamientos que emiten, callarlo todo sobre lo que les preocupa y para lo cual no tienen respuesta. Naturalmente, me refiero al colapso del socialismo real. Lo que debía haber triunfado, con lo que el socialismo estaba identificado desde el gran manifiesto marxista de 1848, fracasó. Se deja de hablar, consiguientemente, de la concentración de todos los medios de producción en manos del Estado. Se deja de hablar de la planificación central de la economía. Pero al mismo tiempo se sigue hablando, sin solución de continuidad. Hay un nuevo discurso, lleno de vaguedades, pero no se dice que sea un nuevo discurso. Se hace una apuesta, y aquí viene el segundo origen, en contra de la sinceridad y a favor de la deshonestidad intelectual. Este es un cambio funambulesco: una comunidad de fanáticos deja su lugar, de la noche a la mañana, a una banda de hipócritas.

La izquierda europea hizo al menos un gesto de candor. En 1991 practicaron la introspección de su perplejidad en un libro editado por el socialista inglés Robin Blackburn, Después de la caída (After the Fall). Entre una colección de socialistas europeos, que incluía a Roberto Bobbio, Jurgen Habermas y Eric Hobsbawm, Blackburn invitó a un solo no europeo, al uruguayo Eduardo Galeano. Este se proclamó “un niño perdido en la tormenta”. Pero luego nunca más. En el fondo, vista la cuestión desde nuestra región, no ha pasado nada. La caída del muro…¿de dónde?

Déjenme ponerles un ejemplo concreto. En Fin de Semana del 21 de noviembre, Lincoln Maiztegui entrevistó a José Nunes, secretario de Propaganda del Partido Socialista, recién llegado de la reunión del Foro de San Pablo, celebrada en México. En cierto momento le pregunta: “El documento (del Foro) no dice más que generalidades, y no ofrece alternativas claras y comprensibles. ¿Es que no las hay?” “No las hay”, reconoce el entrevistado, “en los términos que se empleaban en las décadas de 1960 y 1970. En ese entonces la izquierda tenía respuestas claras, pero hoy todo es mucho más complejo, porque el mundo ha cambiado.” Debían inscribir esta frase que he resaltado en cursiva para un campeonato de eufemismos. Y ganaría por lejos, ya que el cambio del mundo a que ella alude no es cualquier cambio del mundo. No es un cambio del mundo en cuya virtud aquellas respuestas claras y terminantes de la izquierda de antaño hayan dejado ahora de ser ciertas. Es un cambio del mundo en cuya virtud éste alberga una prueba irrefutable de que las respuestas claras y terminantes de la izquierda de las décadas de 1960 y 1970, y, ¿por qué no? de 1848, cuando Marx y Engels hacían resonar las suyas con claridad y contundencia nunca sobrepasadas, siempre fueron mentira. Y la complejidad que el tal cambio del mundo le ha deparado a la izquierda no es por tener que repensar su filosofía y su estrategia revolucionaria ante un mundo en transformación, sino la complejidad de resolver qué decir ahora cuando ya no saben qué diablos podrían decir.

Porque socialismo, según el diccionario, quiere decir siempre lo mismo. Para la Real Academia en su última edición todavía significa “Sistema de organización social y económico basado en la propiedad y administración colectiva o estatal de los medios de producción y en la regulación por el Estado de las actividades económicas, y la distribución de los bienes.” Pero de la concentración de todos los medios de producción en manos del Estado ya no oímos hablar. De la planificación de la economía tampoco. Todo eso está más obsoleto que la teoría de Ptolomeo sobre el sistema planetario.

Poco más o menos se las están arreglando de esta manera. Han tenido que inventarse un nuevo enemigo. La burguesía ya no cumple ese papel porque no están pensando en expropiarla. Otra cosa era en 1848 cuando sus barbudos profetas escribían: “El proletariado se valdrá de su dominación política para ir arrancando gradualmente a la burguesía todo el capital para centralizar todos los instrumentos de producción en manos del Estado.” Eso ya no va más. Lo del imperialismo yanqui se echó a perder cuando Jimmy Carter se puso a defender los derechos humanos y cargar a las dictaduras de derecha. Pero sin enemigo la cosa no marchaba. Todos los totalitarismos los precisan. ¿Se imaginan al nazismo sin el enemigo judío y a los bolcheviques sin los kulaks? A falta de enemigo visible, había que inventarlo. Lo construyeron con las cualidades opuestas a lo que estimaban virtudes, y lo llamaron “neoliberalismo”.

La invención fue provechosa. El ya citado Nunes declara: “Hay una política general de la izquierda de oponerse al neoliberalismo, y ése es un factor unitario muy importante.” Enhorabuena. Claro que hay un inconveniente: ellos mismos saben que el diablo neoliberal es una construcción suya. Antonio Elías, director del thinktank de la izquierda uruguaya, ha escrito: “Existe una saturación del uso del término neoliberal, dado que ese concepto se fue simultáneamente ampliando en contenido y vaciando en esencia. El uso del concepto de neoliberalismo fue abarcando todo aquello que no se comparte perdiendo de esta forma toda precisión.” (Alternativas al Neoliberalismo, 1995, énfasis agregado). De modo que no es sino un fragmento de la gran mentira de la cual tanto ha hablado Solzhenytsin.

Aparte de ello ponen al Estado a intervenir en la economía (no para planificarla, recordemos) porque, al decir de Nunes, los mercados libres no existen. ¡Qué diferencia con la opinión de Habermas, hasta ayer mentor indiscutido de la izquierda! Según éste, en el libro ya citado, las sociedades complejas no pueden funcionar “si no dejan intacta la lógica de una economía que se autorregula a través del mercado”. Nada que ver con el Foro de San Pablo, según el cual el Estado puede ponerse a toquetear todo en la economía con tal de que se rija por una democracia participativa.

Pero, por participativa que sea la democracia, alguien tiene que saber qué hacer. Si la izquierda latinoamericana no cree en el mercado y sabe que la planificación central es una gran mentira, se sigue que a toda sociedad que caiga en sus garras le esperan tiempos difíciles, para decirlo de la manera más cautelosa posible. Lo que le queda a nuestra izquierda no es más que su vieja ansia de poder. Sin embargo, el querer el poder no ayuda absolutamente nada a saber qué hacer cuando se lo consiga. Y un equipo de niños perplejos, perdidos en la tormenta –en su minuto de sinceridad Galeano podía haber estado hablando por todos– no podría prometer un liderazgo más incompetente.

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