La Izquierda de la Izquierda

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LA POLÍTICA DE LA PASIÓN ES EL PRINCIPAL PELIGRO QUE DEBE ENFRENTAR LA LIBERTAD EN LA MAYOR PARTE DE LOS PAÍSES Y EN LA HISTORIA DE LA IZQUIERDA SE REPITE, UNA Y OTRA VEZ, EL CALIFICATIVO DE RADICAL.

A uno le llama la atención cada vez que oye calificar de moderados a los comunistas. Así se les definió recientemente en el marco del enfrentamiento del intendente de Montevideo con el sindicato de sus empleados. Según se informo, la mayoría, refractaria a las demandas de Arana, está compuesta por militantes radicales. La minoría, propicia a aceptarlas, incluye a los comunistas y a los socialistas aún afiliados al marxismo. A los moderados, en una palabra.

Aunque tal calificativo parezca discordante, la historia de la izquierda se repite una y otra vez en tal sentido. El propio Lenin escribió un ensayo titulado La enfermedad infantil del “izquierdismo” en el comunismo (1920). En 1874 seguidores de Blanqui habían proclamado en un manifiesto su voluntad de implantar el comunismo sin transiciones “que no hacen más que alejar el día de la victoria y prolongar el período de esclavitud.” A propósito de lo cual Lenin recordó el juicio de Engels: “¡Qué pueril ingenuidad la de presentar la propia impaciencia como argumento teórico!”

La izquierda suele concebirse como la pasión por ciertos valores, como –en determinados sentidos– la igualdad y la democracia. Pero se sobreentiende que la pasión de algún modo se asocia con la razón. Lenin, por ejemplo, reprochaba impaciencia a los “communards” porque para él la razón prescribía cierto itinerario, que Marx había previsto, para llegar a la meta. A los extremistas la pasión les nublaba la vista y creían, como niños, que bastaba querer la cosa para lograrla. El extremismo, o radicalismo, es la política de la pasión pura.

No importa si la razón que guiaba a Lenin era recta o torcida. Hoy sabemos que era lo segundo. Pero tenía de todos modos el efecto de retardar la acción. De ahíque sonase moderado en comparación con los seguidores de Blanqui. La empresa de Lenin terminó en una catástrofe al cabo de 70 años. La de los blanquistas habría durado 70 días. La pasión de los radicales transmite al observador la impresión de que las consecuencias de sus actos les son indiferentes. Consideremos la secta de los celotas, surgida en Judea entre los años 6 y 9 de nuestra era. Se oponían irreductiblemente a la dominación romana, negándose al pago de impuestos y organizando acciones de guerrilla. La mayoría de los judíos también odiaba el yugo romano, pero la diferencia de fuerzas les instaba a transigir. Ese grado de realismo estaba más allá del alcance de los celotas. Hacia el año 54, según Flavio Josefo, se gestó en su seno el subgrupo de los sicarios (palabra que ingresó a nuestra lengua como sinónimo de “asesinos”), quienes secuestraban y mataban a los judíos colaboracionistas. Fueron ellos los que intentaron resistir al ejército romano en la fortaleza de Masada, y, según Josefo, terminaron suicidándose colectivamente.

La religión (incluyendo la religión política) es el ámbito de lo absoluto, y la absolutización de los objetivos debe cubrir las precauciones camino a ellos con un manto de frivolidad. De ahí la raíz religiosa de muchos extremismos. La historia de los anabaptistas nos muestra a una secta que se lanzó frontalmente a la conquista de lo imposible. Surgida a principios del siglo XVI en Zurich, contra Zwinglio, el reformador suizo, a quien reprochaban sumisión frente a las autoridades, postulaba el bautismo adulto y abjuraba del infantil. Pretendía restaurar las instituciones del cristianismo primitivo. Su negativa a prestar los Juramentos obligatorios llevó a muchos de ellos al patíbulo. Expulsados de una ciudad tras otra, terminaron instalándose en Münster, en Westphalia, donde tomaron el poder, convirtiéndola en una teocracia colectivista. Los príncipes alemanes reclutaron un ejército y, tras tomar la ciudad, pasaron a cuchillo a sus jefes.

Dentro de un mismo orden de cosas, Oliver Cromwell, convertido en Lord Protector de Inglaterra tras derrotar a Carlos I al frente de los puritanos, tuvo que enfrentar a sus grupos radicales, que cuestionaban la propiedad privada y soñaban con una república colectivista. Los Levellers (niveladores) denotaban en su nombre su pasión por la igualdad. Los Grave Diggers (cavadores de tumbas), la drasticidad de sus métodos. Los Hombres de la Quinta Monarquía querían imponer por la fuerza el reino de Cristo en la Tierra. Cromwell actuó con su característica drasticidad y rodaron muchas cabezas.

Pero si uno quiere encontrar izquierdistas radicales, el lugar para buscarlos es la historia de la Revolución Francesa. Jamás como allí pudo observarse el devastador incendio de las pasiones. En ningún otro sitio fue posible apreciar como un odio inextinguible convertía el espectáculo de la sangre derramada de sus semejantes en la diversión cotidiana de las multitudes. Las ancianas que hacían calceta junto a la guillotina entre ejecución y ejecución, inmortalizadas por Dickens en Historia de dos ciudades, las tricoteuses, podrían servir de símbolo a la pasión sin freno que es tema de este artículo. ¿Y qué decir del grupo llamado “les enragés” (los rabiosos) y de Jacques Roux, su líder, que pedía la instalación de una guillotina en cada esquina de París para hacer respetar los precios máximos, y en pleno terror hacía parecer moderados a Robespierre y a Saint-Just?

Los lectores no necesitan que se les ilustre sobre la política de las pasiones en la actualidad. En la historia del terrorismo en el siglo XX ofrece de ello sobrados ejemplos. Por supuesto que no todos los episodios cruentos de la centuria cuyo fin se acerca son fruto de la pasión desnuda. Muchos, como el holocausto nazi y la masacre de los campesinos rusos, parecen haber sido obra de la razón gubernamental. Pero se trata en todo caso de una razón enloquecida, que de razón tiene sólo la apariencia. Porque la verdadera razón conoce sus límites, y en ello encuentra una garantía contra el fanatismo. Como ha escrito Jaspers, “…la altanería de la verdad absoluta es el peligro verdaderamente aniquilador para la verdad en el mundo. En la certeza del instante es indispensable la humildad de la duda subsistente.”

Pero si la razón enloquecida de los poderosos ha sido el peor azote que ha soportado nuestro tiempo, la política de la pasión es el principal peligro que debe enfrentar la libertad en la mayor parte de los países. En efecto, la libertad requiere frenos en los miembros de la sociedad. Si no los tienen dentro de sí mismos, tienen que serles impuestos desde fuera. Cuando las pasiones mandan, el hombre no puede ser libre. En tal caso, como dijo Burke, “las pasiones forjan sus cadenas”. ¿Cómo andamos nosotros en punto a la política de la pasión? Es una cuestión de intensidad emocional pero sobre todo de masa crítica en cuanto al numero de apasionados sin freno. Yo diría que no andamos muy bien. Tal vez una pizca más: lo bastante mal como para que prestemos atención al tema.

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