Hermano en la ideología, lo que se dice hermano, yo me siento de aquel que comprende qué cosa son los órdenes espontáneos y cree en su vigencia social. Me siento cerca de todos los que aman la libertad y la soberanía de la ley, y de los que abominan del estatismo, de la burocracia, de la demagogia y cosas por el estilo. Pero pienso que esta comunidad de valores –de afectos y aversiones– sólo se afianza cuando al mismo tiempo se comparte la convicción sobre la índole espontánea de los órdenes económico y legal, tal vez también de otros.
Para explicarme voy a valerme de un ejemplo. Elijo el texto de un comunista, lo que podría parecer inapropiado si lo que quiero trazar es una línea divisoria capaz de dejar en campos ideológicos separados a personas con grandes afinidades, pero tengo mis razones. En primer lugar, porque el texto es de Antonio Gramsci, un marxista de elite, que hizo un esfuerzo interesante durante las décadas de los años 1920 y 1930 para rescatar su ideología del tembladeral en que ya se la veía internarse. Y, por ello tal vez, encuentro que el pasaje que he seleccionado explica lo que esencialmente me separa de él, por más que afectos y aversiones múltiples pareciesen sugerir un origen vasto y abigarrado de disensos. Pero vamos al fragmento gramsciano, al cual me permito agregar énfasis en los puntos clave. Dice así:
“Si se reflexiona a fondo, la misma reivindicación de una economía regulada o dirigida de acuerdo con un plan está destinada a destruir la ley estadística mecánicamente entendida, es decir, producida por el agregado casual de infinitos actos arbitrarios individuales; aunque tenga que basarse en la estadística, ya no es lo mismo; en realidad, la conciencia humana sustituye la ‘espontaneidad’ naturalista”.
El fragmento muestra a su autor prisionero de la dicotomía griega entre lo natural y lo artificial o, como los helenos dirían, entre physis, la naturaleza, sujeta a leyes de vigencia objetiva, y thesis o nomos, el reino de lo artificial, o convencional, permeado por la voluntad libre de los seres humanos, y por lo tanto inasequible por ninguna legalidad análoga a la natural. De esa concepción de la realidad, circunscrita a esas dos áreas, proviene la insistencia de la izquierda en imputar a los liberales una arbitraria asimilación de lo económico, por ende lo humano, al orden natural.
Aquella visión dualista es notablemente empobrecedora. Ella deja fuera, sin ir más lejos, el lenguaje, que no es evidentemente parte de la naturaleza, y sin embargo se deja aprehender por los filólogos en las redes de su legalidad. Otro tanto ocurre con el derecho. La concepción dualista se ve forzada a identificar ley con legislación, y ésta a su vez con la voluntad de alguien a quien suele llamar, en singular, “el legislador”. O sea que nos embreta en el positivismo jurídico (derecho es lo que quien manda quiere que sea). Ya la antigüedad, pese al indicado dualismo, era capaz de una visión más amplia. Como la de Catón el Censor, allá por el 200 a.C., para quien (según Cicerón) la superioridad del derecho romano reposaba, no sobre el genio de una persona, sino de muchas, y no provenía de una generación, sino de siglos de progresivo perfeccionamiento, a través de una cooperación no deliberada ni consciente.
Dos milenios más tarde un escocés, Adam Ferguson, definía notablemente la génesis de las instituciones sociales, como la del derecho romano, en términos de obra de la acción humana, pero no del designio humano. Y aquí está la diferencia crucial con la concepción dualista que ilustra el pasaje de Gramsci. Y no porque éste dejase de concebir que una construcción social pudiera levantarse por la acumulación de innumerables actos individuales, como el fragmento transcripto muestra, sino porque devalúa ese proceso con dos conceptos que he resaltado; en primer término, la idea de que la colaboración espontánea es casual, mero fruto del azar, en segundo lugar, y decisivamente, porque esos actos humanos incontables que en el agregado cobran sentido son, individualmente, arbitrarios. ¿Por qué, en nombre de Dios, arbitrarios? Pues sólo porque no tienden, cada uno de ellos, al fin colectivo eventualmente alcanzado. La posibilidad de que actos no dirigidos a un determinado fin, pero que en conjunto lo logran (no por designio, sino por peculiaridad de la espontaneidad histórica) sean en su individualidad actos altamente racionales, dirigidos a otro fin, éste individual, como la flecha que el arquero dispara hacia determinado blanco, escapa a Gramsci por completo. Por eso cree el desideratum sustituir la “espontaneidad naturalista” por la “conciencia humana”. La razón individual en vez de la razón histórica, al decir de Ortega y Gasset. Cuando al marxismo le quitamos todos los ornamentos historicistas que la propia historia se ha encargado de desmenuzar, lo que queda debajo no es más que eso: la convicción de que la razón individual es la única que existe, y que el obrar espontáneo, propiamente social, es irracional. Qué gran paradoja: lo que subyace a la izquierda colectivista es un individualismo radical.
Pero vayamos a la economía, que es el tema específico del fragmento que transcribo. Gramsci nos participa que la economía regulada a que aspira, dirigida según un plan, representa la destrucción de la espontaneidad. Es la negación de la mano invisible de Adam Smith. El escándalo de los escándalos para la izquierda es que de la interacción de acciones innumerables tendentes a lograr el óptimo de cada agente, exentas de toda concertación deliberada, surja armónicamente la satisfacción de la demanda por la oferta, la acumulación del capital, la elevación de los niveles de vida, el estado de derecho, la libertad, la civilización. Contracara de la misma paradoja: los individualistas conciben sus valores asentados sobre cimientos de razón colectiva.
Gramsci no vivió bastante para presenciar el desenlace de la economía dirigida según un plan. Tal vez si hubiera vivido hasta ver el derrumbe de la URSS, de su planificación económica, la tragedia de Camboya, la miseria de Cuba, y todo lo demás, el hombre inteligente que era habría comprendido que toda esa tremenda regresión hacia la barbarie se resumía, en esencia, en haber pretendido la soberbia razón individual desplazar a la espontaneidad histórica, que en economía toma la forma del mercado. O tal vez no. Tal vez habría sido de aquellos a quienes la pasión racionalista no da tregua, y persisten por todas partes en su insensata empresa de sustituir la espontaneidad social por la dictadura de la razón individualista. Eso nunca lo podremos saber. Pero sí la realidad de cada día nos habla de cuántos cierran sus ojos a la mismísima experiencia, y siguen listos a librar batalla, desde el otro lado de la línea divisoria.