No es que antes el cielo estuviese claro y despejado, pero lo de Hugo Chávez promete una tempestad.
¿Qué sabemos del nuevo presidente venezolano? De sus ideas económicas, no mucho por el momento; menos aún cosas que sean consistentes. Ha hablado sensatamente con representantes del FMI y se ha rodeado de socialistas. Su propia fórmula lo define: “Tanto mercado como sea posible”, ha propuesto, “y tanto Estado como sea necesario.” En boca de un liberal, un programa perfecto. En boca de un populista, amenaza con ser el pronóstico de una necesidad que irá arrinconando a la posibilidad. No olvidar que el dirigismo posee una dinámica diabólica: cuanta más intervención, peor va la economía, más siente el dirigista que tiene que intervenir, mayores débitos le carga a la cuenta del mercado, más intervención inevitable, etcétera.
¿Cuál es su formación? Al ingresar en la escuela militar de Barinas se inauguraba el plan Andrés Bello, que facilitaba a los militares el acceso a los centros académicos. Aprovechándolo, Chávez estudia ciencias políticas, historia y marxismo-leninismo. Se apasiona por la figura de Bolívar, para quien, según dicen, mantiene una silla vacía en todas sus reuniones políticas, y con cuyo espíritu parece mantener una comunión mística. Las voces interiores que le guían –¿quién puede dudar de que se trate de un inspirado?– ha de atribuírselas al Libertador.
Su ideario político va moldeándose merced a experiencias traumáticas. La primera de ellas, según le participaba días atrás a Gabriel García Márquez, es la noticia de la muerte de Allende en Chile. ¿Por qué si los chilenos eligieron a Allende, se pregunta en 1973, ahora los chilenos van a darle un golpe? Es cierto que su respeto por los pronunciamientos electorales no le impidió, cuando una voz interior, presuntamente bolivariana, le anunció que había llegado su hora, intentar un putsch en 1992. Claro que nadie ha dicho que la coherencia sea una de sus virtudes más señaladas.
Pero su ideario político cuajó definitivamente un día en que, según narró a García Márquez, mientras dirigía una operación antiguerrillera, el azar de la lucha hizo descender sobre él la revelación de la esencial identidad de los rebeldes y sus represores. “Por un lado campesinos vestidos de militares torturaban a campesinos guerrilleros”, el nuevo presidente expresó días atrás al escritor colombiano, “y por el otro lado campesinos guerrilleros mataban a campesinos vestidos de verde.” (La Nación, 31 de enero). Al día siguiente supo que su destino era crear una nueva fuerza política. La llamó “Ejército bolivariano del pueblo de Venezuela.” Tenía a la sazón 23 años; hace de esto 22. Hoy por fin la batalla por la felicidad de su pueblo está a punto de librarse.
Pienso que su estrategia va a ser populista. Por tal entiendo la del gobernante que cree que la realidad ha de ser maleable a su voluntad y se propone moldearla al servicio de su pueblo. Tomás Eloy Martínez, en una columna para El País de Madrid (2 de febrero), encuentra grandes semejanzas entre Chávez y Perón, a la vez que marcadas diferencias. Yo creo que ninguna diferencia puede ser mayor que la de sus respectivas circunstancias fiscales al iniciar su gestión. “Yo soy yo y mi circunstancia”, gustaba decir José Ortega y Gasset. En la boca de un gobernante populista el pensamiento asumiría esta variante: “Yo soy mi voluntad de hacer feliz a mi pueblo y el dinero con que cuente para lograrlo.” Para Perón, hacia el fin de la segunda guerra mundial y en la inmediata posguerra, la circunstancia estaba hecha por un cofre desbordante de reservas y una ávida apetencia mundial por la producción de la pampa húmeda. La de Chávez hoy es un déficit de nueve puntos del producto y precios ruinosos del petróleo.
Es una diferencia dramática. Una carta de Perón a su colega Carlos Ibáñez de Chile define inmejorablemente el sentir de un gobernante populista mientras mantiene un buen nivel de reservas. En 1953 el presidente Perón aconsejaba a su par trasandino: “Dé al pueblo, especialmente a los trabajadores, todo lo que pueda. Cuando le parezca que ya les ha dado demasiado, deles más. Ya verá los resultados. Todos tratarán de asustarlo a usted con el fantasma del hundimiento económico. Pero todo eso es mentira. No hay nada más elástico que la economía, a la que todos temen tanto porque nadie la comprende.” El credo del gobernante populista, nunca nadie lo ha expresado mejor. Y su caída, un par de años más tarde, cuando había llegado realmente al fondo de su cofre, ilustra también óptimamente la suerte final del populista. Dejar el poder, con frecuencia ser expulsado de él, con las arcas vacías es su destino natural. Pero un populista que asuma en medio de la ruina económica es un contrasentido. Al ver a Chávez hacerlo lleno de brío con sus finanzas en la lona, le da a uno ganas de decir lo de aquél que, al percibir por primera vez una jirafa en el zoológico, proclamó: “Ese animal no existe”.
Tal vez sea por eso mismo que el futuro próximo de Venezuela me luce tan borrascoso. Por eso y porque los dioses le han ofrecido a Chávez una peligrosísima compensación por la estrechez financiera en que se ve sumido. “No tendrás dinero”, le han dicho, “pero en cambio te daremos la mayor mayoría electoral con que nadie pudo jamás soñar.” Lo que es en realidad un presente griego, porque le cierra la salida salvadora del populismo, que pasa por la humildad. Chávez no está en condiciones de aportar bienestar a gobernados, ni siquiera en el corto plazo en que el populismo es capaz de funcionar, pero sí está a su alcance ofrecerles, desde el poder democráticamente conseguido, un nuevo punto de partida, un dejar atrás el pasado aborrecible, y contemplar un nuevo amanecer; en una palabra, una revolución institucional, esa insólita invención mexicana.
En esa dirección es que parece que intentará moverse. Todos sus actos y palabras desde la transmisión del mando revelan la voluntad de introducir una tajante discontinuidad en la historia de su país. Rechaza la banda presidencial que le tiende Caldera y se pone una que él mismo ha traído. Cuando jura, lo hace por “una Constitución moribunda”, prometiendo una radicalmente nueva. Y en la primera reunión de su consejo de ministros se aprueba un decreto que llama a un referéndum, en el que se propondrán a la ciudadanía dos preguntas. La primera inquirirá sobre el asentimiento del votante por la convocatoria a una Asamblea Constituyente llamada a transformar el Estado y crear un nuevo orden jurídico compatible con el funcionamiento de una democracia efectiva y participatoria. La segunda es particularmente inquietante: ¿Autoriza usted al presidente a fijar las bases de la selección de los miembros de tal Asamblea, previa consulta con los sectores político, social y económico? No es fácil imaginarse qué clase de Constitución va a nacer de tales orígenes. Pero yo diría que ha de ser tal como para sacudir las raíces de los árboles.