Con la desenvuelta firmeza que le caracteriza, Menem avanza a paso redoblado hacia la dolarización de la economía argentina. De este lado del Plata, en cambio, la cuestión ni siquiera se plantea. Por lo menos ostensiblemente. Si hay entre los precandidatos algún cripto hamletiano que cada noche se pasea preguntándose “¿dolarizar o no dolarizar?” por el momento no deja que ni las paredes de su castillo se enteren. Y, sin embargo, responder “sí” debería resultar electoralmente remunerador. Riesgoso, como todo lo que merece la pena de hacerse, pero capaz de crear, si se sabe vender, un revulsivo político atroz. A los precandidatos que les cueste mantener contacto con los que encabezan el pelotón, y a los que vean que su ventaja se aminora, ¡no descuidarse! Por supuesto, a los que deseen conservar el liderazgo que hayan logrado también debería interesarles.
Lo primero que uno tendría que hacer, si fuese un político dispuesto a patear el tablero de la consabida partida que los demás amenazan con jugar, sería desmitificar el concepto. ¿Dolarizar? Pues claro, si es lo que hace décadas que venimos haciendo. ¿Acaso los dólares no son de lejos la moneda más importante que circula en esta plaza? Por algo los inmuebles, los automotores, y todos los demás bienes de cierta significación, se transan en billetes verdes. Por algo, del valor de todos los depósitos bancarios, nueve décimas partes son en dólares. Si la gente sigue en alguna medida apegada a los pesos, es porque el gobierno le obliga a uno a pagar los impuestos y contribuciones de la seguridad social en pesos. Si dejaran pagar en dólares, los billetes emitidos por el BCU pronto se convertirían en una especie en extinción.
El segundo paso, y el más rendidor en términos de popularidad, consistiría en contestar las objeciones que seguramente se plantearían. Muchos asalariados tal vez objetasen: Nosotros ganamos nuestros sueldos en pesos y justo nos alcanzan para vivir; eso de los dólares es para los ricos. Respuesta: pues, precisamente, de eso se trata: de democratizar los dólares, que es moneda buena –en vez del peso, que es regular, y ha sabido ser mala– y ponerla al alcance, у en los bolsillos, de todo el mundo. Si no hubiese pesos, usted ganaría en dólares, y la amenaza de una devaluación dejaría de pender sobre su cabeza. Este es el aspecto clave del esfuerzo de persuasión.
Porque, ¿para qué sirve una devaluación? La gente suele saber qué es una devaluación: un aumento del precio del dólar, ya sea por decisión de la autoridad competente, ya porque ésta permite que flote al alza en el mercado libre. Pero no suele saber para qué se decide, siempre que represente una decisión libre. Recientemente en Brasil, el Banco Central subió el precio del dólar porque le estaban llevando todas las reservas y, como entonces los tenedores de reales sintiesen más urgencia aún de librarse de la desacreditada moneda, tuvo que dejar que las olas del mercado la impulsasen a piacere. Nada de ello representó una decisión libre. Pero en Argentina y en Uruguay hay quienes piensan que a estos países les convendría devaluar. Sin estar bajo la compulsión de una corrida contra el peso y la consiguiente pérdida de reservas. ¿Para qué podría ser?
Muchos de los partidarios de una variación de la paridad sugerirían: para reducir los costos, y así volver más competitiva la industria nacional y aumentar el empleo. No nos precipitemos en asentir ni disentir: analicemos. Pongámonos en el caso de un empresario industrial. El tendrá que seguir comprando materias primas. ¿Las encontrará más baratas que antes? No: con el mayor precio del dólar, en pesos, el costo de la materia prima habrá subido. Tanto si es importada como si se trata de un bien exportable. En dólares, seguirá igual. Con los gastos financieros, ¿qué acontecerá? Si el empresario ha recibido su crédito en dólares, lo que representa la gran mayoría de los casos, nada habrá cambiado. Si, en cambio, sus banqueros le prestan en pesos, las tasas probablemente habrán subido abruptamente, como está aconteciendo en Brasil, y los costos habrán subido. Y con los impuestos, ¿qué pasará? Depende de qué impuestos se trate, pero lo más probable es que acompañen la suba del dólar. ¿Será, entonces, que ningún costo habrá bajado, y que la idea de mejorar la competitividad merced a elevar el precio del dólar no pasa de ser una ilusión? No, no es así por completo: hay un rubro que normalmente habrá descendido. ¿Que cuál ha de ser ése? Pues ningún otro a no ser la mano de obra.
En efecto, si los salarios retardan su suba respecto de los demás precios, como suele ser el caso, en dólares el costo de la mano de obra habrá bajado. Y el industrial podrá consiguientemente competir mejor en los mercados del exterior y en los mercados domésticos frente a los artículos importados. Es como si la productividad del trabajo nacional hubiese mejorado. ¿Es eso lo que queremos? ¿No nos molesta que el ajuste se logre a expensas del nivel de vida de los trabajadores? De ser así, tal vez una devaluación fuese bienvenida. Claro que habría serios inconvenientes de todos modos. La confianza de los inversores se habría hecho añicos, en tanto el valor de los activos en general –acciones e inmuebles sin ir más lejos– habría bajado sensiblemente en términos internacionales. Consiguientemente, el capital estaría saliendo del país, y el desempleo aumentaría. Como está ocurriendo ahora en Brasil. Como ocurrió en Uruguay en 1982-1983.
En todo caso, habría que sincerarse. Los que piden devaluación están clamando en realidad por una baja de salarios. Los que se oponen a la dolarización lo que desean es mantener expedito el camino que puede llevar a bajar los salarios sin que los trabajadores se den cuenta.
Hay gente que parece creer que muchas coyunturas problemáticas no pueden resolverse sin devaluación. Parecen ignorar que entre 1815 y 1914 ninguno de los países que fijó la paridad de su moneda en términos de oro devaluó nunca. Uruguay no lo hizo nunca en todo su primer siglo de historia. Dolarizando su economía no haría más que reencontrar su mejor tradición.
En lo que se refiere al Mercosur, el reciente episodio brasileño muestra que en tanto los países conserven su potestad irrestricta de envilecer su moneda, el proyecto está condenado al fracaso. Para los países más pequeños, y en realidad todos los demás miembros lo son en comparación con Brasil, la inestabilidad que éste acaba de poner de manifiesto amenaza neutralizar todas las ventajas de la integración. Por tanto, la iniciativa argentina debería ser calurosamente apoyada. Brasil debe ser enfrentado por socios que hablen en materia monetaria con una sola voz. Esa es, en la región, la vía de la esperanza. En nuestro país los beneficios son tan obvios que el primer líder político que levantase esa bandera debería obtener un gran éxito electoral. “Defendamos nuestros salarios” sería, creo yo, un lema ganador.