Vázquez sobre Cuba

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YO NO SE SI LA LUCHA POR LA VIDA PUEDE OBLIGAR EN CIERTAS CONDICIONES A LOS PERIODISTAS PROFESIONALES A NEGAR DE TAL MANERA SUS PRINCIPIOS.

Estoy comenzando este artículo el sábado 6 de marzo. Exactamente una semana antes de que aparezca en Fin de Semana. Sobre el tema, tenía otros planes, pero anoche presencié el programa de Canal 12, en el cual Néber Araújo entrevistó a Tabaré Vázquez y, aunque tal vez podría no escribir nada, si escribo algo no puedo hacerlo sobre ningún otro tema. Absoluta compulsión.

Me senté ante el televisor con expectativas sobre lo que habría de ver que contrastaron dramáticamente con lo que la pantalla me mostró. Por de pronto, no esperaba las imágenes que trazaron un bosquejo biográfico del entrevistado. Había esperado a Araújo sentado frente a Vázquez, con un escalpelo muy afilado en la mano, y una sesión que exigiese a éste un máximo de concentración y de seriedad. Esa clase de programa no habría sido combinable con la semblanza estilizada, romántica, eglógica, que se trazó en pantalla. ¿Es posible trazar una semblanza honesta, no propagandística, de alguien, y seleccionar sólo los rasgos favorables o simpáticos? Y si la semblanza fuese, en efecto, una idealización promocional, ¿podíamos esperar que el bisturí del periodista calase hondo en los temas sensibles?

Había partido de la base de que el programa se proponía informar a la audiencia sobre el candidato. No estoy seguro de que haya aportado mucho a los televidentes enterarse de que, siendo adolescente, Vázquez jugaba al fútbol y lo hacía de golero. Pero me dejó atónito que no hubiese una palabra sobre las imputaciones de plagio y falsificación documentaria que pesan sobre él. Nadie puede sostener que se trata de un tema baladí. Yo no conozco ningún caso, en ningún país, en ningún tiempo, de nadie que haya aspirado a la máxima magistratura de un país con un antecedente, o presunto antecedente, de tal índole. En el propio interés del entrevistado tenía que habérsele otorgado la oportunidad de defenderse. Pero no le fue dada. Ahora bien, él tampoco la reclamó. ¿Cómo tal cosa podría entenderse? ¿Será que él mismo no quería el esclarecimiento? En la perplejidad uno no puede menos que preguntarse: ¿Será que el entrevistado vetó el tema? ¿Y el periodista se avino a ello? Como eso sería un baldón en la historia de nuestra prensa, querría saber que no fue así. Pero no veo qué otra posible solución al enigma pueda existir.

Insisto: no es un tema trivial. Es un tema que atañe a la honorabilidad y credibilidad de un líder político. Plagiar está mal en cualquier persona. Pero en alguien que aspira a la máxima magistratura del país, se trata de una notoria incompatibilidad. El presidente, al ser investido, debe jurar por su honor respetar la Constitución y cumplir fielmente los deberes de su cargo. ¿Y por qué clase de honor puede comprometerse un plagiario? Alguien que ha estado dispuesto a engañar a sus conciudadanos sobre la autoría de una o más obras, ¿con qué título puede esperar que se crea en su juramento? En el caso de Bill Clinton, cuando se supo que era un embustero, ya había jurado dos veces y llevaba años en el cargo. Los norteamericanos (ya que las encuestas decidieron el juicio político) prefirieron que continuase en su elevada posición. Allá ellos. Pero si hubiesen sabido qué clase de ejemplar humano es, seguramente no lo habrían votado.

En el caso de Tabaré Vázquez los hechos se conocen. Una larga serie de artículos pertenecientes a diversos autores salieron a luz con su firma. Se sabe además que citó entre comillas palabras de un autor, y que la cita era falsificada. Al respecto, ¿es posible que todo se deba a una hipótesis distinta de la intención dolosa del autor? Por ahora nada de lo declarado por el líder izquierdista hace sospechar que esa explicación exista. Y no puede entenderse que una entrevista como la que motiva este artículo haya pasado por alto toda esta enorme cuestión.

Hay otros aspectos de la trayectoria del precandidato frentista que brillan por su ausencia en la versión expurgada de su biografía que pasó por la pantalla de Teledoce. Pero arriesgo quedar sin espacio para tratar el tema que más me interesa y que usé para titular el artículo. El tema Cuba es el único, a estar a mi memoria, que el entrevistador utilizó para exigir al entrevistado. Otro asunto éste que debe concitar la atención de los uruguayos. Porque si los ciudadanos de un país conocen qué es lo que un eventual presidente piensa a propósito de la historia, sobre todo la historia contemporánea, pueden derivar de ello información mayor y más sustanciosa que de los pronunciamientos abstractos que formule sobre temas teóricos. El político en cuestión ha declarado su fe en la democracia y la libertad. ¡Magnífico! Pero después nos enteramos de que ha sido un admirador de Stalin, hombre, para él, dedicado a hacer la felicidad de su pueblo. En condiciones muy difíciles, e imbuido de la cultura rusa, propensa a mostrar rasgos idiosincráticos que, si no se tienen en cuenta, podrían transmitir una impresión de gran crueldad. Pero, en el fondo, un gran demócrata y amante de la libertad. Entonces, si sabemos esto, podemos comprender mejor lo que el candidato de marras entiende por democracia y por libertad.

Sobre Fidel Castro el entrevistado usó un relativismo de esa clase. Una cosa es Cuba y otra cosa diferente Uruguay. Él no querría un régimen de partido único en Uruguay, pero en Cuba existen precedentes precastristas en tal sentido. Un relativismo peligrosísimo, porque si los valores universales están sujetos a condicionamientos, bien puede acontecer que la coyuntura histórica cambie imprevistamente, y nos encontremos con que bajo las nuevas circunstancias las palabras libertad y democracia han visto transmutados sus contenidos. No sería la primera vez.

Eventualmente, único caso en el programa, Araújo llevó a Vázquez contra las cuerdas. Y, cuando ya no tenía escapatoria, le espetó una pregunta decisiva: lo de Castro, ¿es o no es una dictadura? Y, cuando estaba en condiciones de exigir una respuesta de sí o no, dio un paso a un lado y le facilitó la retirada. Está mal, pero no es lo peor.

Porque lo que Vázquez contestó, créase o no, fue: “Que se lo pregunten al pueblo cubano.” En cualquier tiempo la respuesta habría significado una irrisión. Pero en la actualidad, cuando el mundo se estremece aún ante las leyes draconianas dictadas por los esbirros de Castro, conforme a las cuales una respuesta pública afirmativa le habría costado a su autor 30 años de cárcel, me parece una manifestación de cinismo, y un refinamiento de crueldad, difíciles de empardar. Ante lo cual, la actitud del entrevistador fue de mero silencio. Yo no sé si la lucha por la vida puede obligar en ciertas condiciones a los periodistas profesionales a negar de tal manera sus principios, pero déjenme que les cuente que la sensación de vergüenza que entonces me invadió no me la puedo sacar con nada.

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