Se cumplen hoy 100 años del nacimiento de Friedrich August von Hayek, prohombre de la filosofía liberal. Los centenarios, si se utilizan con discernimiento, son entes utilísimos, cuya misión es ponernos por delante personajes y acontecimientos que el tiempo ha dejado atrás. Como si fuesen estimulantes de nuestra memoria. Ciertamente, quien conozca la obra de Hayek no necesita de aniversarios para recordarle. Los más variados hechos, los más diversos giros de su discurrir, le arrimarán a los anaqueles donde guarde sus libros, o de otro modo harán que vaya tras su pensamiento para superar trances en los cuales el suyo haya quedado atascado. Pero no es suficiente. Intelectualmente vivimos de las ideas de los grandes hombres, y nunca las frecuentaremos demasiado. Cuando su muerte nos aleja de ellos, y ya no leeremos en el periódico que publicaron tal o cual libro, ni ganaron tal o cual premio, ni nos toparemos con ellos en un viaje, ni un amigo nos contará que les vio en un congreso, nos son precisas artimañas para mantener vivo nuestro trato con ellos. De ahí los aniversarios, y los servicios que nos prestan.
¿Qué es, de la vasta obra de Hayek, lo que un liberal debe aprovechar esta ocasión para repasar, o visitar por primera vez, si es que se halla omiso aún en tal sentido? No es, a mi modo de ver, para mejorar su comprensión de la economía. Para ello –no me estoy refiriendo a economistas profesionales– puede acudir óptimamente, sin necesidad de remontarse a los clásicos propiamente dichos, a Milton Friedman, y leer Capitalismo y libertad, o Libre para elegir, o a Ludwig von Mises, y leer Acción humana; o recorrer las páginas de Teoría económica, el texto de Gary Becker; y cuando quiera abocarse a entender el lugar y sentido del gobierno en el contexto económico, habría que recomendarle que se procure una bibliografía de la escuela de Public choice, con particular atención para los libros de James Buchanan y Gordon Tullock.
No a Hayek, con tales fines, porque la obra propiamente económica que éste dejó, que por cierto le reportó el Premio Nobel en 1974, es demasiado técnica y difícil, y sólo le ocupó durante la primera etapa de su actividad literaria, básicamente hasta la segunda guerra mundial. Por entonces Hayek se sintió atraído por temas que en cierto sentido subyacen a la economía.
Un economista liberal debe poder demostrar sin mayores dificultades que es mejor el libre cambio que el proteccionismo, que los monopolios estatales son dañinos, que la mayor parte de las leyes que dictan los parlamentos en materia económica son contraproducentes, y otras cosas por el estilo, pero no, por lo general, por qué razón tanta gente, académicos y políticos por igual, incurren en error en todas esas áreas.
Desde Adam Smith en adelante, cuando ya no había razones atendibles para equivocarse, toda la montaña de errores que se siguen acumulando, todo el colectivismo, todo el socialismo, todo el dirigismo, todo el intervencionismo, plantean el problema de su misma existencia. Es hacia esa área de la temática socioeconómica que se vuelve Hayek preferentemente, a partir de fines de la década de 1930. Si efectivamente, como digo, se trata en todo ello de errores frecuentes e inexcusables, su origen debe buscarse no en la realidad, sino en la forma que tienen de mirarla los que se equivocan. Para Hayek esa forma de mirar, apta para aprehender certeramente el mundo material, no es adecuada para desentrañar los secretos de los asuntos humanos. Ella fue enseñada por Descartes, con buen éxito en el ámbito de las ciencias naturales, y funestas consecuencias en el de las ciencias sociales. Es sabido que Descartes partió de la duda universal, con el compromiso de sólo ir dando por cierto aquello capaz de presentarse a los ojos de su razón con perfiles nítidos. Entre los objetos que esa forma de mirar nunca puede enfocar debidamente, de modo que tampoco pueden satisfacer el requisito cartesiano para ser aceptados, se hallan todas las instituciones que representan el depósito aluvional de la historia. Como no representan la creación de ninguna razón individual, tampoco suele ser practicable a la razón individual aprehenderlos. La creencia en que la misma razón que usamos para estudiar matemáticas y física nos permitirá con igual facilidad atravesar los velos tras los cuales el derecho, la economía, la moral, los convencionalismos sociales, el lenguaje y otros aspectos semejantes se exhiben a nuestra mirada, se denomina “racionalismo”; Hayek, más característicamente, la denomina “racionalismo constructivista”, porque quienes son presas de él sufren la ilusión de que está dentro del alcance del individuo “construir” un sistema jurídico en base a la legislación, diseñar un sistema económico basado en la planificación, inventar un idioma, como por ejemplo el “esperanto” y, más generalmente, formular un proyecto de sociedad ideal, de los que pueden describirse con el nombre de “utopía”.
La comprensión de lo social suele pasar por la aceptación de un tipo de orden allí donde nadie visible ha cumplido ninguna labor organizadora. El adjetivo “espontáneo” es indispensable para describir esos órdenes. Un regimiento en marcha es claramente un conjunto ordenado, por tanto un “orden”, pero no un orden espontáneo. La confusión entre los órdenes que se derivan de las disposiciones de una autoridad y aquellos que son una obra anónima, como el sistema de mercados y los grandes sistemas jurídicos, como el derecho romano y el “common law”, debe ser responsabilizada por algunas de las mayores catástrofes de nuestro tiempo.
Hay otros pensadores que participan de la misma clase de visión sobre la espontaneidad social, y del consiguiente rechazo del racionalismo, en el sentido que más arriba quedó definido. El parentesco intelectual entre Hayek y Ortega y Gasset, sin provenir de influencias entre uno y otro, es innegable. Otro pensador de la misma familia es el inglés Michael Oakeshott. En mi opinión ningún liberal que desee un fundamento sólido para su posición puede prescindir de la lectura de este trío excelso. El libro que proyectó a Hayek a la fama mundial fue Camino de servidumbre, publicado en 1944, en el cual asoció el racionalismo constructivista (aunque todavía no lo llamaba así) con el totalitarismo. La Constitución de la libertad, Derecho, legislación y libertad, en las que se hace cuestión de qué régimen constitucional y jurídico sea compatible con la sociedad abierta y libre, y La fatal arrogancia, centrado en la crítica del socialismo, pero principalmente dedicado a coronar su teoría de los órdenes espontáneos, completan una trilogía de obras que ningún liberal digno de ese nombre puede soslayar. ¿Qué leer de Ortega y de Oakeshott? Bien, si hay lectores a quienes esa pregunta les interesa, tendrán que averiguarlo por sí mismos, o esperar hasta alguna futura oportunidad.