Capital y Capitalismo

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NO HAY UNA IDEOLOGÍA “CAPITALISTA” COMO SÍ LA HAY SOCIALISTA. QUIENES EMITEN JUICIOS SOBRE EL CAPITALISMO SÓLO PUEDEN BASARSE EN LA OBSERVACIÓN HISTÓRICA Y LA INDUCCIÓN.

Toda la terminología política y social está plagada de ambigüedades. Hoy querría hacer un esfuerzo por poner alguna claridad en medio de la consiguiente confusión.

Por ejemplo, si alguien enuncia un juicio sobre el capitalismo, ¿cómo debemos entenderlo? ¿Estará diciendo algo sobre un ente ideal o sobre un ente real? ¿Sobre una estructura hecha de ideas, de las que nos enteramos leyendo u oyendo, o sobre un fenómeno observable sobre la escena histórica? ¿Acerca del plano de un arquitecto o del mismísimo edificio?

La semántica no nos ayuda. El sufijo “ismo” es traicionero. El diccionario de la Real Academia nos lo define, en lo pertinente, como remate de palabras que denotan “doctrinas, sistemas, escuelas o movimientos”, tales como socialismo, individualismo, puritanismo. Tomemos el primer caso.

¿Cuándo hablamos del “socialismo”, ¿nos referimos a una idea o a una cosa? ¿A la propuesta de Fourier o de Saint-Simon, o, dentro del mismo ámbito, a la profecía de Marx, o, por el contrario, a la forma en que estuvo organizada la economía rusa desde, digamos, los años de 1920, hasta el filo de los años de 1990?

Tal vez la mayoría se inclinaría a responder con otra pregunta: ¿Por qué elegir? Tanto lo uno como lo otro. La ideología pero también la realidad que ella hizo alumbrar. Yo no tengo dificultades con este criterio, pero me asalta un temor doble: el temor de que se piense que los “ismos” se dan en pares, siempre, o al menos normalmente; y el otro temor, que se crea que estamos hablando prácticamente de la misma cosa en ambos casos. Que entre la ideología y la realidad que ella engendró existe la clase de correspondencia que existe entre el proyecto del arquitecto y la casa que a partir de él se construyó.

Todo lo cual sería un gran error. Al cual nuestra cultura es propensa por el racionalismo cartesiano de que está impregnada. Ese racionalismo cree en la superioridad de las realidades que provienen de un plan, frente a las que constituyen un producto de la espontaneidad histórica de la civilización. De ahí a pensar que todas las realidades históricas pasaron primero por la cabeza de alguien no hay más que un paso. Y, sin embargo, no es así. Por un lado, por más que a las realidades históricas se las haya querido moldear a partir de ideologías, la incapacidad del hombre para controlar su propia historia hace que el proyecto y su ejecución en cada caso esté separado por verdaderos abismos. Basta con mencionar la catástrofe del “socialismo real”, que nunca ni en ningún lugar logró parecerse a la idea madre que supuestamente le habría dado a luz. A la vez, hay realidades históricas que no reconocen ningún origen ideológico.

El capitalismo, por ejemplo, nunca fue otra cosa que una realidad histórica. Nadie propuso: vamos a tener un sistema de mercados, a los cuales concurran demandantes y ofertantes, cuyo afanes de comprar y de vender se compatibilicen merced a los precios, y al mismo tiempo éstos emitan señales sobre qué es lo que escasea y qué lo que sobra, de tal manera que se asignen los recursos productivos entre sus distintos usos potenciales, desplazándolos hacia donde son más productivos, y los consumidores puedan satisfacer sus necesidades teniendo en cuenta la relativa baratura de ciertos bienes y la relativa carestía de otros. Ese sistema simplemente creció, se desarrolló espontáneamente. Siglos antes de que nadie pensara siquiera en estudiarlo ni describirlo.

Por supuesto, más siglos aún antes de que nadie pensara en llamarlo “capitalismo”. Adam Smith, quien primero lo estudió sistemáticamente, lo llamó “sistema de la libertad natural”. Ha sido descrito también como “economía de mercado”, o “economía libre”, todo lo cual tiene sentido, porque el mercado es su institución fundamental y la libertad proviene precisamente de la posibilidad de que los incontables agentes económicos se coordinen espontáneamente, a través del funcionamiento de esa institución básica, sin necesidad de que una autoridad central les emita órdenes, ni directivas. Pero el nombre de capitalismo, ¿por qué?

Por supuesto, no porque en el capitalismo se use capital, pues ningún sistema económico, en ningún tiempo, ha dejado de usarlo. Como veremos, la génesis del vocablo denuncia una intención política adversa. Todo empezó, como era de esperarse, con la palabra “capital”, de origen latino, que no se usó en ningún sentido afín a su significado económico actual durante la época clásica. Esa moderna significación la adquiere en la Edad Media, donde inequívocamente cabe ubicar el origen del sistema económico actual.

Fernand Braudel cita a San Bernardino de Siena (1380-1444), que se refiere a “esa prolífica causa de riqueza que habitualmente llamamos capital” (“…quam communiter capitale vocamus”). En general, se le asociaba por entonces con las existencias de mercancías y fondos líquidos en forma de dinero o letras de cambio. Pero de la noción de capital no es posible pasar a la de capitalismo. ¿Por qué un sistema de mercados, que para producir usa toda la gama de recursos, sería nombrado en función de uno solo?

A la cadena semántica le faltaba un eslabón y ése lo proporcionó la palabra “capitalista”, que empezó a usarse, según se cree, a mediados del siglo XVII. No, por supuesto, para referirse a los partidarios del capitalismo, así corno llamamos “socialistas” a los partidarios del “socialismo”, porque la palabra “capitalismo” no existía aún, sino a los dueños del capital.

De modo que cuando a principios del siglo XX Sombart, a quien en su doble y sucesivo caracter de marxista y nacional socialista, la economía libre le resultaba odiosa, logra popularizar el término capitalismo lo hace con la intención de caracterizar a la economía libre como el sistema por el cual los propietarios del capital son quienes mandan y explotan a quienes trabajan para ellos.

Sombart usó ese nombre para enfrentarlo al de socialismo, pero la contraposición no puede hacerse más que con el socialismo como realidad histórica, porque no hay una ideología “capitalista” como sí la hay socialista. Por lo tanto, quienes emiten juicios sobre el capitalismo sólo pueden basarse en la observación histórica y la inducción.

Un corresponsal de Búsqueda del 3 de junio, que firma Ricardo Blanco, dice que hay ciertas cosas, como la justicia distributiva y la protección a quienes no pueden valerse por sí mismos, que al capitalismo “no le interesan”. ¿Cómo puede personalizarse de tal manera un sistema que resultó, según la expresión de Ferguson, de la acción humana pero del designio de nadie? Lo único que cabe es describir lo que se ve. Por ejemplo: que sólo en los países donde rigen economías de mercado ha logrado afincarse el Estado de derecho; que sólo allí la gran masa de la población ha logrado un nivel de vida desahogado; que en ningún otro sitio la ayuda al desvalido ha llegado tan lejos.

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