De regreso de un viaje, me entero de que han surgido discrepancias en el Banco Central del Uruguay sobre la política a seguir con las reservas oro de la institución. Buena cosa que el tema al menos se discuta. Hasta ahora, y desde que me retiré de la Presidencia de dicha institución en octubre de 1993, se produjo un largo paréntesis de silencio al respecto, lo cual fue de lamentar, hallándose el interés del país tan claramente en juego.
Extraigo la información de este mismo diario, edición del 9 de julio pasado. En el subtítulo de la nota se expresa que “algunos (en el BCU) consideran que habría que desprenderse de las reservas del metal (mientras que) otros opinan que no hay que actuar con precipitación por la actual baja de precios.” Y todo el artículo está concebido en iguales términos de anonimato. Ello me estimula a terciar en el diferendo, a título de haber sido quien promovió la venta de significativas existencias entre 1991 y 1993, permitiéndome al mismo tiempo no entrar en polémica abierta con ninguno de los amigos que me precio de tener en la institución. Con toda sinceridad, carezco de la más mínima información sobre quiénes son los que piensan lo uno y lo otro y ello me permite analizar las ideas con toda abstracción de quienes las sustentan.
La razón por la cual el oro debe venderse no es que su precio vaya a bajar más, porque el futuro sólo Dios lo conoce. Cuando yo promoví la política de reducir la tenencia de oro del BCU no fue porque tuviese ninguna clase de conocimiento mágico sobre el futuro curso del mercado del metal, aunque, claro está, me constaba que el derrumbe que sobrevino podía acontecer. Es más, era mi opinión declarada de tiempo atrás que ello ocurriría. Sin embargo, las opiniones e intuiciones personales de los administradores públicos no deben en general servir de base a sus decisiones. Lo importante no es que yo creyese que el oro iba a bajar, sino que supiese que existía una probabilidad significativa de que ello iba a ocurrir. Lo que es igual, que me constase que la institución estaba embargada en una peligrosa especulación. Podía ganar, si el precio del oro subía a una tasa superior a la tasa de interés que devengan los activos financieros que representan la alternativa al metal amarillo, o perder, en cambio, si crecía menos o, naturalmente peor aún, si, como sucedió, su precio se desplomaba. Tener oro en esas condiciones es una timba. Y el BCU no debe timbear.
Lo que la institución hizo entre 1991 y 1993 fue vender aproximadamente una cuarta parte del acervo inicial de oro, o sea unas 600 mil onzas. A la ganancia por el mayor precio de entonces (unos US$ 100 por onza, o sea unos US$ 60 millones en total) hay que sumar los intereses y ganancias de capital sobre los US$ 148 millones a que ascendió el producido bruto de la venta, los cuales, según interpreto la nota de El Observador, suman ya US$ 220 millones. (El rendimiento sería entonces de casi 14% anual, lo que parece exagerado, pero es lo que el diario dice). O sea que por haber vendido se habrían ganado unos US$ 280 millones a la fecha. Aunque la cifra en definitiva resultase algo menor, el lector comprenderá que no puedo dejar de sentirme orgulloso por ello. Máxime que en aquel momento el Senado resolvió exhortar al presidente de la República a que solicitase mi dimisión. A la sazón tal decisión de los senadores me causó gran desazón, pero ahora me siento relativamente reconfortado, comprobando que ellos podrán haber representado fielmente el sentir de sus electores, pero en la emergencia el interés del país lo representé yo.
Esto, sin embargo, es historia y ahora debemos volver al presente. Como el BCU dejó por completo de vender oro desde octubre de 1993 (último mes de mi gestión) se plantea de nuevo la misma pregunta: ¿vender o no vender? A mi modo de ver la respuesta debe ser la misma, y por iguales fundamentos. El oro sigue siendo un activo de alto riesgo. Según han informado las agencias noticiosas, los bancos de Suiza y el Reino Unido han estado vendiendo partes sustanciales de sus tenencias. Se entiende que el FMI hará pronto otro tanto. La especulación que estamos llevando adelante es de casi mil millones de dólares. En un activo de alto riesgo: una verdadera locura. Ya en 1983 John Williamson, un reconocido experto en la materia, sostenía que el oro había dejado de ser un verdadero activo de reserva, por lo que debe entenderse “un activo incondicionalmente disponible a corto plazo para apoyar la moneda de un país en el mercado de cambios”, y entendía que los bancos centrales no deberían demorar en dispensar al oro el tratamiento de una “commodity” especulativa que actualmente constituye. (The Open Economy…, página 353)
¿Qué argumentos se han propuesto en contra de la tesitura vendedora? Según la fuente periodística citada, para algunos sería “apresurado” deshacerse de las reservas áureas, y en tal sentido se ha aducido (entre comillas en el artículo) que “el oro fue el elemento fundamental de cuentas durante muchos años, puede tener variaciones coyunturales, pero siempre las ha tenido.”
Qué sentido pueda tener la alusión al oro como “elemento fundamental de cuentas durante muchos años” es algo que me supera, pero implícitamente imagino que de alguna manera se atribuye algún efecto positivo a la propiedad en sí misma de los lingotes. La idea carece de racionalidad, pero no de antecedentes en nuestro país. En la década de 1920, cuando Inglaterra, Francia y varios otros países regresaron al patrón oro, la idea de hacer otro tanto aquí (lo que implicaba naturalmente la convertibilidad de los billetes emitidos por el BROU) fue sostenida entre nosotros sólo por Emilio Frugoni, un socialista que sabía que a los trabajadores les interesaba tener una moneda sana. Los argumentos contrarios fueron siempre que el metal podría perderse, olvidando que su utilidad se esfuma por completo toda vez que la autoridad monetaria se rehusa a servirse de él, y se limita a tenerlo inactivo en sus bóvedas. De hecho, la existencia de una importante cantidad de oro en los sótanos del BROU nunca sirvió de nada para impedir que el peso uruguayo, ejemplo de solidez en su extenso apogeo, se envileciera más tarde sin tasa ni medida.
Según otros, a estar a la misma fuente periodística, “aunque no vivamos en patrón oro, siempre hay una tendencia a volver.” En modo alguno creo que el patrón oro regrese. Hay en tal sentido innumerables indicios. No se puede, sin embargo, en vista de la imposibilidad en que los humanos nos hallamos de conocer el futuro, negar que tal posibilidad exista. Ello no obsta a que, mientras lo averiguamos, estemos arriesgando, en una especulación por demás riesgosa, una parte apreciable del patrimonio nacional.