Lector: voy a suponer que usted es, como yo, un indeciso electoral. De los buenos. De los que no somos indiferentes, ni neutrales, pero no hemos cerrado nuestra posición tiempo atrás. Que mantenemos los oídos abiertos y el sentido crítico despierto. Que nos tomamos en serio eso del deber ciudadano de votar en conciencia. No pensando que toda la campaña sea un ritual vacío de sentido, sino un ejercicio dirigido a transmitirnos información útil para cumplir ese deber. Precisamente a nosotros, a los que disfrutamos ejercitando nuestra libertad para elegir, quienes somos, en este tiempo de comicios, la sal de la tierra. Ni es tarea fácil, ni tengo recetas mágicas. Yo le voy a contar cómo lo hago. Y si usted encuentra modo de contarme cómo lo hace usted, agradecido.
Primero, los partidos. Es concebible elegir a un candidato por el partido que lo propone. No es el método que recomiendo. Creo que en este país solemos sobrestimar la importancia de los partidos políticos. Entre éstos, me parecen preferibles los tradicionales, que en Inglaterra durante el siglo XIX (liberales y conservadores), y en Estados Unidos hasta hoy, han permitido el funcionamiento del estado de derecho y de una economía libre. Aun así, cada vez que oigo a un candidato sostener que los blancos y colorados hicieron al país, le bajo la calificación de inmediato. Al país lo hicieron los inmigrantes, que vinieron a trabajar, ahorrar, e invertir, incluso en capital humano, en la educación de sus hijos, mientras blancos y colorados combatían en las cuchillas. Con esa ética del trabajo y el ahorro aquéllos construyeron un país que se situó entre los más prósperos del mundo, hasta que los políticos, en este siglo, bajando de las cuchillas, cancelaron mucho de lo que aquéllos habían conseguido. De modo que, como criterio de selección positiva, para mí los partidos no sirven. Negativamente, en cambio, sí los considero.
En particular nunca votaría a un candidato cuyo partido fuese marxista. Los partidos marxistas han dejado en este siglo horribles cicatrices a fuerza de sangre y fuego y esclavitud, doquiera detentaron el poder, y cómo pueda haber gente que mantenga su lealtad hacia ellos me deja atónito. Algo parecido a lo que me ocurre con los partidos en sí mismos, me pasa con los programas que éstos proponen. Sólo me sirven para descartar.
El programa del EP y su Plan de Emergencia me parecen buenos argumentos para negarle mi voto, si por otras razones considerase dárselo. No porque piense que allí se encuentra lo que van a hacer, para lo cual tendría que creer que dicen la verdad y son capaces de cumplir un plan, lo que de ninguna manera es el caso. En cambio sí porque me demuestran la confusión que reina en sus cabezas, su falta de imaginación y de rigor intelectual. Por tanto creo que estuvo acertado Ignacio Posadas, en la polémica que tuvo en TV con Danilo Astori, en atacar el programa del EP en vez de defender el del Partido Nacional. El hecho central de la cuestión es que nadie puede tener una plataforma en serio, porque los temas que son tabú, como la reducción de la nómina de funcionarios públicos, la flexibilización del mercado de trabajo y la libertad de educación, son al mismo tiempo, no ya los más importantes, sino casi los únicos que merecen lugar en un programa de gobierno. De modo que Posadas hizo la justa: partió de la base de que, en la materia, la demolición es la actividad sensata, no la construcción.
Si ni el partido ni tampoco el programa, entonces, ¿qué? Obviamente, el hombre. El hombre o la mujer, querría poder decir, pero desgraciadamente en ese aspecto nos estamos privando de las opciones más promisorias, a estar a la historia de la segunda mitad del siglo, que en Thatcher, Gandhi, Bhutto, Meir, Bandanaraike, y alguna más que me está quedando en el tintero, muestra los ejemplares más acabados de estadista, particularmente en cuanto a carácter. Porque el carácter es la faceta clave del gobernante. Carácter más la intuición certera de saber en quiénes confiar para obtener la inteligencia y el saber que, en cualquier caso, el candidato no puede reunir en toda la gama pertinente.
Yo no me dejaría seducir demasiado por la elocuencia, que es un rasgo de la inteligencia, en la que los uruguayos hemos producido a los mejores. Yo escudriño la trayectoria y estoy atento a cada palabra indiscreta que se le escape al candidato –las discretas, las del libreto, no dicen nada– para poder apreciar su carácter. Por esto entiendo: su firmeza, su coraje personal frente a los ataques, su indiferencia por el juicio de sus adversarios, y su gana de hacer cosas, aunque le reporten dolores de cabeza. (Todas las cosas que valen la pena traen dolores de cabeza; el candidato que no quiera gastar en analgésicos no nos sirve).
Hablando de palabras indiscretas, éstas pueden ser tan significativas que entre las cosas que me sugieren la posibilidad de subirle la nota a un candidato está la repulsa que sus palabras causen. Por ejemplo, a Jorge Batlle proponiendo que sea la Policía quien autorice las salidas transitorias de los presos. Todo el mundo se puso de acuerdo en disentir, desde el presidente de la Corte hasta los capitostes de su propio partido. Yo inmediatamente le subí la nota. Si hay algo que, sin ser tabú absoluto, es un ausente inexplicable de nuestra campaña es la cuestión de seguridad personal. Como regla general, cuanto mayor la repulsa, mayor también la suba de clasificación. ¿Hay que mirar también el aspecto moral? Afirmativo, indudablemente. Como enseñaba Montesquieu, y antes que él Aristóteles, la democracia se sustenta sobre la virtud. La corrupción es uno de los principales enemigos. Pero, por favor, tengamos de la moral una idea amplia. La mentira es corrupción. El doble discurso es corrupción. El aceptar sobornos es corrupción, pero no la única, como algunos parecen creer. El aviso del Foro mostrando las contradicciones de Tabaré Vázquez sobre una gran cantidad de temas es un gran acierto. Eticamente inobjetable y encima inteligente. Y el que yo haya sugerido más arriba que sobrestimamos la inteligencia, no significa que ésta esté prohibida. El plagio es corrupción.
El domingo pasado El País publicó otra carta de Laura Addiego, esta vez con el título de “El Dr. Tabaré Vázquez, ¿es creíble?”. donde abrumadoramente prueba, no sólo que el candidato del EP plagió a cuatro autores, sino que asimismo falsificó citas, que sí hizo explícitamente, de diversos otros. O sea que puso entre comillas palabras que los citados nunca escribieron. Este es un caso extremo. Pero, de modo general, yo no me permito olvidar un instante que el presidente electo debe jurar “por su honor” desempeñar lealmente el cargo que se le confía y respetar la Constitución. Y, por lo tanto, tendría que ser un hombre de honor. ¿O no?