Un galardón bien merecido

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EL PREMIO NOBEL DE ECONOMÍA, ROBERT MUNDELL, HA TENIDO UNA RELACIÓN MUY ESTRECHA CON URUGUAY. ESTOY PERSUADIDO DE QUE DEJÓ PLANTADAS MÁS SEMILLAS DE LAS QUE CUALQUIER EVALUACIÓN ACADÉMICA FORMAL PODRÍA REVELAR.

Robert A. Mundell acaba de ser laureado con el premio Nobel de Economía. Este es el primer artículo que escribo desde que se conoció la decisión de la Real Academia de Ciencias de Suecia al respecto, y me sería difícil dedicarlo a cualquier otro tema. En ello se mezclan razones de índole intelectual y personal.

Las primeras provienen de que la temática original de Mundell incluye mucho de lo que a mí me ha parecido más importante para la economía de nuestro país, y a la que he dedicado mayor atención en mis propios trabajos: toda la que tiene que ver con una economía pequeña y abierta, para la cual hay mucho que le viene dado por el exterior.

Las segundas se originan en la que, por esas cosas raras del destino, Mundell vino a tener una relación muy particular con Uruguay, por un par de años, durante los cuales dejó en un conjunto de compatriotas, en el que tengo la buena fortuna de haberme contado, una sensación de obligación y de amistad, a cuyas manifestaciones, en el segundo aspecto, aquél correspondió con singular generosidad.

Mundell nació en Canadá, en Kingston, Ontario, en 1932. Estudió primeramente en las universidades de British Columbia y Washington; realizó estudios de posgrado en la London School of Economics, y se doctoró en MIT. Profesó en varias universidades, incluso Chicago desde principios de la década de los 1960, y finalmente, en 1974, se afincó, hasta hoy, en Columbia, en la ciudad de Nueva York.

Aunque se le suele considerar miembro de la Escuela de Chicago, por haber realizado allí la mayor parte de sus contribuciones más creativas, sería un error considerarlo muy próximo al chicagüito más notorio, Milton Friedman, más allá de su común adhesión a la economía de mercados. Friedman ha sido el adalid de los tipos fluctuantes. Mundell ha sido el hombre del tipo de cambio fijo.

A Friedman le cabe el reproche de haber inducido a muchos a pensar que el régimen de cambio fijo era más cercano a la filosofía liberal. En rigor no es así. En la medida que el Estado se erige en monopolista de la emisión monetaria, sólo le cabe, como a cualquier monopolista, fijar una de dos variables –valor o cantidad– pero de ninguna manera ambas. Cuando la autoridad fija la cantidad de dinero, el mercado establece su valor (su tipo de cambio respecto de las demás monedas); cuando fija el tipo de cambio, el mercado determina la magnitud del stock monetario en cada momento, acudiendo los agentes a la “ventanilla del dólar” para cambiar sus tenencias de moneda extranjera por nacional, o viceversa. Lo único que no es liberal es controlar el mercado de crédito, ni de cambios; pero las controversias en materia de régimen cambiario no hacen a la filiación filosófica de los rivales.

Es en vano bajo el régimen de paridad fija que el banco central se esfuerce por influir sobre la tasa de interés o el stock de dinero. Más allá del cortísimo plazo, ambos son determinados por el mercado. Si la autoridad, manteniendo una paridad fija, quiere llevar a cabo una política expansiva, comprando letras a los bancos, sólo conseguirá generar un déficit de balanza de pagos. Si intenta lo inverso, por ejemplo para evitar el recalentamiento de la economía con una suba de la tasa de interés, sólo conseguirá un superávit externo, y con ello una entrada de dinero a la plaza que anulará sus esfuerzos. En cambio, la política fiscal es más eficaz con tipo de cambio fijo y menos con régimen de fluctuación libre.

Esa clase de mundo, donde se contraponen los tipos fijos y fluctuantes, la eficacia de una política, monetaria o fiscal, según el régimen cambiario, donde se inquiere qué meta debe asignarse a la autoridad monetaria y cuál a la fiscal, si el equilibrio interno o externo, es en el que se mueve con notable agilidad la mente del Mundell de los años de 1960.

Uno de sus discípulos más renombrados, Rudiger Dornbusch, se valdría de la comparación de su producción con un automóvil para rendirle tributo. En su Macroeconomía de las economías abiertas, cuya originalidad no obsta a que sus páginas estén impregnadas de pensamiento mundelliano, el distinguido discípulo, a propósito de la mencionada época, expresa: “Robert Mundell…creó modelos que pronto se convirtieron en los Volkswagen del campo (macroeconómico): fáciles de manejar, confiables y elegantes.”

No es la oportunidad, ni disponemos del espacio, para entrar en mayores detalles sobre la obra del nuevo laureado. Mucha prensa de diversos orígenes podrá satisfacer la curiosidad del lector en tal sentido. Pienso que, por una razón de ventaja comparativa, no puedo dejar pasar la oportunidad para referirme al trabajo académico que Mundell realizó en nuestro país, y transmitir algo de la información de primera mano sobre este gran economista que el azar me deparó.

Se trató de impartir un curso de posgrado de economía, con la misma carga horaria que el curso de doctorado en Columbia. La idea había sido del presidente del Banco Central, José Gil Díaz a la sazón, y los recursos materiales saldrían de la misma institución, mientras que la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de la República le prestaba su apoyo académico. La actividad se desarrollaría en el propio Banco Central. Mundell aceptó la responsabilidad de procurar el personal docente y dirigir el curso.

Durante los años 1980 y 1981 un grupo de los mejores economistas del mundo, no sólo de Columbia, sino también de otras universidades, y no sólo de Estados Unidos, nos visitó cada pocas semanas, para sesiones sumamente intensas. Mientras los docentes no estaban en el país había que trabajar duro cubriendo las lecturas prescritas. Se previeron exámenes al fin de cada uno de dichos años. Se matricularon 36 personas con título universitario. Se trataba de una actividad prácticamente fulltime y, si bien la mayoría eran funcionarios públicos con uso de licencia rentada, sólo uno de cada nueve inscriptos pudo completar las pruebas. Esa proporción pone la “rentabilidad” del proyecto entre signos de interrogación. Lo que no está en duda fue la enorme ventaja que significó para un grupo de personas dispuestas al esfuerzo y con dificultades para trasladarse al exterior. Tampoco resulta discutible la evaluación del trabajo de Mundell, que es el tema que en esta oportunidad nos concierne. Tal vez no fuese él mismo uno de los mejores docentes de un conjunto excepcional. Pero su entusiasmo fue la fuerza impulsora de una empresa tan aventurada. Y su entrega a los estudiantes durante cada permanencia en el país no tuvo límites. Personalmente siento un fuerte sentimiento de deuda frente a él, en función sobre todo de las actividades extracurriculares. Su extraordinaria cultura y su sentido histórico encontraban mayores oportunidades de manifestarse en conversaciones fuera del salón de clase. El recuerdo para mí de varios de dichos intercambios intelectuales será siempre imborrable. Como asimismo lo será el del cariño e interés que puso de manifiesto hacia el país con el que estaba estableciendo una relación sólo fugaz. Estoy persuadido de que dejó plantadas en Uruguay más semillas de las que cualquier evaluación formal del programa podría revelar.

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