Hay dos clases de libertad, que pueden distinguirse fácilmente refiriéndolas al sujeto capaz de ejercitar una y otra. Respecto de una, el sujeto es un gran conjunto de personas, como podría ser la población de un país; respecto de la otra, es un individuo, o bien un conjunto pequeño y compacto de gente, por lo general una familia. En el segundo caso, la decisión del individuo o la familia es para sí. Es libre si el decisor tiene verdaderas opciones entre las cuales elegir, las que pueden faltarle si alguien, digamos el Estado, ya ha elegido para él. En el primer caso el decisor es libre si no está sujeto al poder de otro grupo. Se ve que este concepto de libertad coincide con los de soberanía e independencia.
Un Estado es libre si sus autoridades pueden disponer que los autos transiten por el lado izquierdo de las calles, y prohibir que las mujeres los conduzcan, sin temor de que otra comunidad más poderosa les enmiende la plana. Alguien es libre, desde la otra perspectiva, si puede elegir a qué escuela enviar a sus hijos, qué libros y periódicos leer, qué escritos imprimir, a qué ocupación dedicarse, etcétera. Pero la libertad no puede alcanzar a decidir si los vehículos transitarán por la derecha o la izquierda: es imperativo que la autoridad resuelva cierto orden de cosas para el grupo, y por tanto para cada uno de sus individuos o familias.
Sobre la amplitud de ese ámbito, sin embargo, no existe consenso. ¿Debería despenalizarse el consumo de drogas, permitirse con generalidad la compra y posesión de armas de fuego, eliminarse el tope de las tasas de interés, obligarse a los jóvenes a hacer el servicio militar, reconocerse el matrimonio de parejas homosexuales? Sobre todos estos puntos, en distintos lugares del mundo, hay o ha habido controversias, y la posición que cada uno adopte en torno a uno de ellos no suele depender exclusivamente de que se sea más o menos liberal.
Henos aquí, por fin, plenamente en el tema del título; pero adviértase que nos hemos estado acercando a él. Hemos colegido, por de pronto, que la libertad por la que el liberal específicamente se interesa es la enumerada en segundo lugar. La libertad frente a cuya pérdida el Himno Nacional nos propone la muerte como única alternativa válida es de la primera clase, siendo el patriotismo el soporte de tal actitud, y no el sentido de libertad propiamente dicho, de la libertad para elegir, rara vez cantada por nuestros poetas y menos aún estimulada en nuestras aulas. En segundo lugar, hemos podido apreciar que el liberal, por más que radicalmente preocupado por limitar la órbita de acción del Estado –es decir, del artefacto cuyo fin esencial es decidir para los demás– en modo alguno quiere suprimirlo; o sea, que no es un anarquista, ni un iluso.
Ahora la pregunta central: ¿Por qué ser liberal? Aquí la respuesta se bifurca en dos ramas, de distinta jerarquía, pero necesariamente complementarias. Fundamentalmente, es liberal quien siente que el ser humano, privado de la capacidad de resolver por sí mismo, para sí mismo, ha perdido su dignidad específica; a lo que muchos agregaríamos, la dignidad que quiso conferirle su Creador, al hacerlo, único entre las creaturas, “a su imagen y semejanza”. El liberal sabe que la libertad implica responsabilidad, pero no quiere escapar a ésta asumiendo la condición de esclavo.
No basta, sin embargo, con que la libertad sea teóricamente buena; tiene además que ser prácticamente posible. El liberal sabe que, en tanto que hombre, es un zoon politikón, un animal gregario. El que su individualismo (que sí forma parte de sus convicciones, puesto que el ente libre es para él esencialmente el individuo, o un conjunto compacto de individuos) comporta una visión atomista de la sociedad es una lamentable confusión. A él le consta que cooperar con sus semejantes es su invariable destino. Lo que distingue a su credo consiste en que, a sus ojos, la coordinación de esa mutua interacción no tiene que ser perseguida por medios políticos, ni resultar del designio de ninguna autoridad, sino que, como regla general, puede plasmarse, y se plasma con ventaja para todos, dejando obrar a la espontaneidad social. En el orden económico, ello conlleva dejar que los mercados funcionen libremente, reduciéndose la intervención de la autoridad a aquellos casos de fallas reconocidas del mercado, cuya superación a manos del poder público genere ventajas superiores a los costos que ella invariablemente representa. Pero el liberal insistirá en que los órdenes sociales que se generan y mantienen, al decir de Adam Ferguson, por la acción del hombre pero por el designio de nadie, abarcan toda la convivencia humana, sin dejar fuera ni el lenguaje, ni los usos sociales, ni el derecho, ni la moral.
Al mismo tiempo el liberal querrá recurrir a la historia para extraer de ella las pruebas de que los regímenes que dejan un amplio campo a la espontaneidad social son los únicos donde ha llegado a fraguarse el Estado de Derecho, como asimismo suministran el suelo, ellos solos, en que la economía logra fructificar en el grado necesario para erradicar la pobreza de la gran mayoría de la sociedad. Al punto tal que no siente du-das en atribuir el mal que en muchos países mantiene a vastos sectores de la población (los países que suelen llamarse “menos desarrollados” y a veces, con manifiesta impropiedad, “del tercer mundo”) encadenados a una condición miserable al rezago cultural que frustra en su seno la adopción de las políticas que la escuela liberal (a partir de Adam Smith y su libro Riqueza de las naciones) lleva dos siglos largos luchando por difundir a toda la superficie del planeta.
Cuando se le objeta que la política de laissez faire no contempla la situación de aquéllos que carecen de salud, o de condiciones intelectuales o físicas, para hacerse valer en los mercados, el liberal no vacila en responder que, en tanto la comunidad en su mayoría se sienta solidaria con ellos, y esté dispuesta a hacer el consiguiente sacrificio, no hay nada en la doctrina liberal que obste a que se voten transferencias a favor de los menos favorecidos. Y otro tanto en aspectos relacionados con la educación y la salud. Con la reserva de que tales transferencias se limiten a asegurar a los individuos contra la miseria y el desamparo, como sería el caso de una red de seguridad para asegurar un ingreso mínimo, y no pretenda sustituir la distribución que genere el mercado en el mismo proceso de producción, con base en criterios supuestamente racionales sobre los respectivos méritos de la contribución de cada uno. Ya que si se trastoca todo el sistema de incentivos emergente del libre funcionamiento del mercado, ya no estará justificado esperar de él los beneficios que en el pasado ha conferido a las sociedades que han sabido respetarlo.