“Habrá para el despacho (del Ejecutivo)”, disponía la Constitución de 1830, “las respectivas Secretarías de Estado, a cargo de uno o más Ministros que no pasarán de tres.” La primera Carta, como lo harían también sus sucesoras, preveía la ampliación por ley del máximo, que tan austeramente establecía. Por esa vía, en 1854 se elevó el tope a cuatro. En 1900 había cinco ministerios. En 1934, en pleno auge del estatismo, se preveían nueve secretarías. La Carta vigente prescribe 11 ministerios. Aparte está la OPP, que ella misma creó, cuya diferencia con un ministerio es un mero tecnicismo. Doce, pues. Ahora se proyecta crear el Ministerio de Deportes. El número 13. Pena que Jorge Batlle no sea supersticioso.
No sólo las inflaciones monetarias son preocupantes. La cantidad de ministerios, ¿adónde irá a parar? ¿Será que antes de mucho tendremos 20 secretarios de Estado? ¿Anunciarán los diarios en unos años que hubo que habilitar la sala Carlos Vaz Ferreira para una sesión del gabinete ministerial? Es hora de detenernos a pensar: ¿A qué se debe ese incesante aumento? ¿Acaso al aumento de la población? Difícilmente. Entre el número de habitantes y la cantidad de ministros no parece haber una relación estable. De lo contrario, Argentina, con 10 veces nuestra población, debería tener 130 ministros; China, como 4.000.
El asunto merece la atención de los uruguayos, porque un ministerio es cosa cara. El mismo número de funcionarios repartidos en dos ministerios cuesta mucho más que agrupado en uno solo. Por el espacio que requiere el despacho de cada ministro y su secretaría, por el número de choferes, automóviles, pasajes de avión, secretarias y personal de servicio que en uno y otro caso se requieren. Tener un ministerio más no debería ser algo a resolver como si tal cosa. De hecho, nadie parece inquietarse demasiado.
En economía hablamos de “economías de escala”. Si las hay en una industria, una empresa reduce sus costos unitarios por ser mayor su tamaño. Todas esas megafusiones de que la prensa se ocupa tanto se explican por eso, en gran medida. En la “industria política”, o “gubernamental”, si de lo uno o lo otro se me permite hablar, ciertamente existen economías de escala. Un país pequeño y uno grande requieren ambos un gobierno. El Reino Unido debe tener casi 20 veces la población de Uruguay, no menos de 60 veces su PBI, y tiene un solo gobierno, igual que nosotros. Un gobierno más caro, por descontado, pero igual con un jefe de gobierno, una embajada en cada país de cierta importancia, un comandante en jefe de cada una de las tres fuerzas armadas, etcétera, etcétera. Si queremos llevar la paridad demasiado lejos, va a ser cuestión de apagar la luz y marcharnos.
Pero la inquietud que me despierta ver aumentar el número de ministerios trasciende en mucho lo económico. La lista de ministerios nos da una instantánea de la clase de gobierno que tenemos, y por implicación, según veremos, de la clase de país. Situémonos en 1838. En cuanto al número de ministerios, regía aún el techo constitucional, de modo que había sólo tres: Interior y Relaciones Exteriores (un solo ministerio), Defensa y Hacienda. He aquí un gobierno que se ocupa de lo suyo, nos dicen estos datos. Y una sociedad civil que hace otro tanto, que se ocupa de sus asuntos, de la cosa privada, y que se vale del gobierno para atender a sus necesidades públicas. El Estado tiene que tratar con sus pares soberanos, por tanto necesita quien se ocupe de sus relaciones exteriores; tiene que mantener el orden público, y tener por tanto una Policía, por lo cual tiene que tener un ministro del Interior (entonces se llamaba “de Gobierno”). Estas dos tareas se confiaban a una sola persona. El ahorro es la base de la fortuna y el Uruguay de esa época lo sabía. El Estado tiene que ocuparse de sus Fuerzas Armadas (que en aquella época le insumían el 43% del presupuesto); precisaba entonces un ministro de Defensa (“de Guerra y Marina” en el lenguaje de la época). Y el Estado tenía que arreglárselas para pagar todo eso, que representaba unos 300 dólares de la actualidad por habitante; de modo que necesitaba un ministro para la Hacienda Pública (¡no para la Economía, por amor de Dios, que era cosa de los particulares!). ¿Se podía economizar más en ministerios? No. Había un gobierno que se ocupaba del orden público, de la defensa de las fronteras, de las relaciones del país con sus pares, y de cobrar los impuestos requeridos para todo ello, y para atender a la infraestructura caminera y portuaria, a la vez que de administrar la deuda pública. Del resto se ocupaba la sociedad civil; dicho de otra manera, el mercado. Era un país libre.
Hoy no lo es tanto. Trece ministerios hacen recordar el lema de Mussolini: “¡Nada fuera del Estado!” Veamos, sin ir más lejos, la cuestión deportes. Los uruguayos practican deportes. Lo hacen desde hace mucho. Pronto se va a cumplir un siglo de nuestra primera victoria internacional en fútbol. En ese mismo deporte ganamos oro en dos olimpíadas, aparte de dos campeonatos mundiales. En otros deportes (recuerdo el remo, el básquet y los juegos de frontón) también nuestros representantes regresaron con medallas ganadas en eventos internacionales de primera magnitud. ¿Qué va a hacer el nuevo ministro? Obviamente, querrá corregir algo que estamos haciendo mal, de otro modo ¿cómo justificar su existencia? Querrá guiarnos, como un padre guía a sus hijos, para que no tropecemos como ahora. Practicar el paternalismo. El paternalismo que, según Kant, es la peor de las tiranías. Y en ello gastar algo más del dinero que la gente gana a través del trabajo, el ahorro y la inversión en el sector privado. Difícilmente cifrará su gestión el nuevo secretario de Estado en investigar por qué razón ya no producimos las figuras descollantes de otrora, los grandes líderes capaces de conducir a sus equipos a la victoria. Si lo hiciese, tal vez tendría que concluir que el Uruguay ya plenamente adaptado al estatismo, que mira al Estado ante cualquier dificultad, que educa a sus niños en el culto del Estado, el Uruguay de los charrúas domesticados, ya no sabe generar aquellas personalidades de excepción a que me refería.
La noticia de que se piensa en círculos gubernamentales en un nuevo ministerio no podría ser peor. En esos mismos círculos tendría que ocupar un lugar eminente en las agendas el ver cuántos ministerios se pueden cerrar. Sin duda no sería difícil prescindir de cuatro o cinco, aunque ello no supusiese cancelar todos los programas que ellos ejecutan. Podría ser más difícil, eso sí, lograr acuerdos políticos al haber menos carteras que repartir, pero ¿de qué pueden servirnos las coaliciones y los acuerdos si el país, abrumado por el gasto público, va a seguir condenado a la misma frustración de las últimas décadas, atado a un destino político que amenaza con derribar sus libertades esenciales?