No escribo crónicas de cine pero sobre esta película no puedo dejar de escribir. El que se haya hecho, se exhiba, reciba críticas favorables y recaude importantes sumas, es síntoma de una perturbadora enfermedad. Una enfermedad que tal vez haya contraído nuestra civilización.
Antes de explicar por qué lo digo, no tengo más remedio que esbozar su argumento; a fin de orientar a aquellos lectores que no la vieron, y de participar a quienes la vieron de lo que en ella me llamó tanto la atención.
El filme comienza con una toma aérea de un suburbio norteamericano típico. La toma recurre varias veces recordando al espectador que está asistiendo a una muestra representativa de la sociedad burguesa de EEUU. De esa perspectiva general la cámara desciende a enfocar un microcosmos compuesto por tres hogares, cuya disección es el tema de la película. Así como Virgilio a Dante, el director, Sam Mendes, toma al espectador de la mano y lo pasea por un infierno de insondable sordidez.
El único de los tres hogares que está descrito con tonos ligeros es el de una pareja de homosexuales, cuyo papel es básicamente auxiliar, pues se la usa casi exclusivamente para enfatizar la pasión homofóbica del archivillano de la película, un oficial retirado del cuerpo de infantería naval (“marines”) que acaba de mudarse al otro extremo del trío de viviendas. Tirano doméstico brutal, el “marine” ha convertido a su esposa en un ser ausente, una muerta viva, y se ha granjeado el odio del único hijo del matrimonio, un liceal al que ha mantenido tiempo considerable en un hospital psiquiátrico y al cual disciplina salvajemente; ante lo cual el chico se refugia en la droga, con la que asimismo comercia lucrativamente.
En la casa central vive un segundo matrimonio con una hija única, también liceal, que también odia y desprecia a sus progenitores (en este caso a ambos). Visto el rasgo en común entre los jóvenes, no debe sorprender que surja entre ambos un romance. El juicio sobre sus progenitores les ocupa obsesivamente, y la chica fantasea con el muchacho sobre la posibilidad de que la libere de su padre, ultimándolo.
Pero no demoremos más en enfocar al matrimonio de la casa central, porque el marido es el protagonista. Este es un ejecutivo de una firma de publicidad, que odia su trabajo, lo mismo que a sus superiores y clientes. También odia a su mujer, agente inmobiliaria, quien a su vez le odia a él. El guionista nunca revela el porqué, pero la unión entre ambos se ha extinguido. Hace años que no hacen vida en común, y él se compensa masturbándose y teniendo fantasías sexuales a propósito de una compañerita de la hija. La mujer busca, con más afán que éxito, su realización personal en los negocios.
En un momento dado él experimenta una conversión de vida. Una reorganización en la empresa en que trabaja, que podría concluir con su despido, le mueve a precipitarlo con una carta insultante. Cuando efectivamente es despedido, extorsiona a sus empleadores, usando información confidencial que poseía sobre su deshonestidad, y se retira con una indemnización suculenta. Se procura otro trabajo en un restaurante popular, en el que solicita el nivel mínimo posible de responsabilidad. Y entonces, ahora que es un hombre auténtico, que ya no tiene que ser amable ni respetuoso con gente que desprecia y odia, ni esforzarse en su trabajo, ni presumir de nada, empieza a ser feliz, y hasta a descubrir niveles antes ocultos de belleza en su derredor. Ah, me olvidaba: también empieza a drogarse, usando al vecinito como proveedor.
La mujer no puede soportar el cambio, y toma por amante a un inmobiliario exitoso, su ídolo. El le enseña a fingir felicidad en medio del desánimo y a fortalecer su carácter practicando el tiro al blanco. El gusto por las armas de fuego es sin duda una de las características de la sociedad que el filme está disecando, y ahora son dos los habitantes del microcosmos que participan de él: la inmobiliaria y el militar. Con ello el director nos advierte que la violencia se cierne sobre la trama.
Y llega el desenlace. El “marine”, del cual hemos conocido al pasar su filiación nazi, inesperadamente ve desde su ventana a su hijo en el dormitorio del vecino. La visión parcial que tiene de la alcoba le hace pensar que se está llevando a cabo entre ambos una relación homosexual, cuando en realidad sólo se trata de que el chico está inocentemente ayudando a su cliente a drogarse. Momentos después, en imaginable explosión de ira, expulsa al hijo de su casa. Prestamente, éste se dispone a partir en compañía de su vecinita, con los US$ 40 mil que el narcotráfico le ha permitido ahorrar. Cuando, acto seguido, el padre de la novia ve ingresar al “marine” a su casa, lo imagina conmovido por la común tragedia de ambos hogares, y se acerca a él para confortarle; pero otras eran las intenciones que atraían al militar: suponiendo –por lo dicho– homosexual a su vecino, le planta inopinadamente un beso en la boca.
No es necesario seguir hacia un final cuya truculencia está de acuerdo con el contexto. Lo que sin duda quiere ser una radiografía de la sociedad norteamericana, de su clase media al menos, de la civilización occidental tal vez, exhibe una tremenda sordidez. Nada es como parece. El viril infante de “marina” es maricón. La joven que suscita las fantasías eróticas del protagonista, luego de declararse promiscua en público, a la hora de la verdad se confiesa virgen. La esposa del protagonista y su amante disimulan su inseguridad tras sendas sonrisas de triunfadores. Los grandes empresarios apenas si pueden ocultar su depravación comprando a testigos con el dinero mal habido. Sólo el protagonista protesta un día contra la mentira y, con el joven vecino, es propuesto como héroe, en mérito a su autenticidad. Los únicos héroes –¿quién podría haberlo imaginado pocos años atrás?– son ambos drogadictos; uno es además chantajista, el otro narcotraficante. La renuncia del protagonista a su pasado de hipocresía al mismo tiempo entraña un repudio a la ética del trabajo y la responsabilidad.
Una sociedad que tomara por modelo a los dos héroes de esta película no tardaría en disgregarse. La misma civilización occidental se desplomaría si la moral de sus gentes se atuviese sólo a mostrar cada uno su ser natural, sin disimulo pero al mismo tiempo sin ninguna tensión hacia los ideales éticos derivados de la excelencia, el heroísmo y la santidad. Rousseau creyó que redimiría sus lacras morales con sólo confesarlas francamente, pero su actitud logró felizmente escasos avances en cosa de dos siglos y medio. El que Hollywood albergue hoy en día a productores, directores y guionistas que van por su mismo camino, con sólido apoyo en la crítica y el público, es inquietante. Me he procurado un ejemplar de la famosa obra de Spengler –La decadencia de Occidente– y estoy reflexionando duramente sobre el tema. Otro día les cuento.