Nadie puede responder con propiedad si nuestra civilización está en decadencia, pero hay una cosa cierta: las civilizaciones, en general, decaen y mueren. No necesariamente todas; no ninguna en particular, no en cierto tiempo previsible; pero, a través de los milenios, ha sido su sino nacer, crecer, llegar a su apogeo, declinar, morir. Unas pocas subsisten hoy, pero ninguna tiene la supervivencia asegurada.
Permítaseme una aclaración. Estoy usando el sustantivo “civilización” en plural. También puede usárselo, en un sentido algo diferente, en singular. Entonces como lo opuesto a “barbarie”, o “salvajismo”. Una cierta sociedad está de un lado de la división, o está del otro. Pero en este artículo estoy usando la palabra en el sentido que le han dado los historiadores, particularmente aquellos, como Toynbee, Spengler, Braudel y diversos otros, que consideran que no son los países las categorías básicas de la historia, sino unidades de mayor extensión, tanto en lo temporal como en lo espacial, caracterizadas por su alto grado de unidad cultural, a las que llaman “civilizaciones”.
Se trata de un fenómeno relativamente nuevo. Las más antiguas –las de Sumeria y Egipto– datan del cuarto milenio AC. Si la trayectoria de la humanidad sobre el planeta fuese como un viaje de Rivera a Montevideo, las civilizaciones serían como un pasajero que se subiese al ómnibus en La Teja. Toynbee cuenta 21 civilizaciones, que han ido surgiendo a través de ese trayecto. Quedarían en la actualidad subsistentes, aparte de la nuestra, la occidental, la ortodoxa, islámica, hindú y extremo oriental. Las otras se han extinguido.
¿Cómo se abaten las civilizaciones? De muy distintas maneras, por muy distintas causas. No necesariamente con un cataclismo. La civilización grecorromana tuvo una muerte autogenerada. Ya nadie cree en la idea de que las invasiones de bárbaros del Norte germánico la derribaron. Fue Roma misma la que perdió vitalidad, aplastada por la burocracia y la inflación. Entre otros síntomas de senectud vio descender su tasa de natalidad hasta el punto de tener que alquilar a los bárbaros septentrionales como soldados. Su decadencia hizo que éstos le perdiesen respeto, tomasen las basílicas como establos para sus caballos y terminasen deponiendo al último emperador en el siglo V. ¿Puede estarle pasando a la civilización occidental algo semejante?
El libro de Oswald Spengler, sosteniendo que sí, apareció en 1918 y causó gran sensación. Spengler había sido un intelectual oscuro, pero su obra titulada La decadencia de Occidente fue un best-seller. Luego su tesis ha tenido altibajos en la opinión, pero no se ha apagado del todo nunca. ¿Qué debemos pensar nosotros?
Lo primero es no dejarse engañar por lo que Toynbee llama el “espejismo de la inmortalidad”. Cuando la semilla de la decadencia romana ya estaba plantada, en la Eneida Virgilio hace que Júpiter le prometa a la descendencia de Eneas un imperio sin fin. Mientras que Tito Livio, su contemporáneo, habla de la “ciudad fundada para la eternidad”. Esos textos y otros semejantes le han valido a Roma la fama de ciudad eterna; pero las ciudades terrenas nunca lo son.
El siglo XX fue pródigo en acontecimientos que pudieron interpretarse como síntomas de una próxima caída de la civilización occidental. La primera guerra mundial, cuyas causas profundas son difíciles de desentrañar, y las inmediatas triviales, pueden interpretarse como un intento de suicidio de una civilización. Si se adhieren ustedes, como yo lo hago, a la tesis de que la segunda guerra no fue más que el epílogo de la primera, llegarán a la conclusión de que bien puede imputarse a la civilización occidental haber perdido la razón. En ello había fundamentos bastantes para sustentar la tesis de que la nuestra es una civilización en proceso de autodestrucción.
Aparte de ello, la revolución bolchevique y la instauración de un régimen colectivista totalitario en Rusia marcó el comienzo de lo que Toynbee llama el “cisma del alma” de la cultura común. La aparición del fascismo y el nazismo infundieron enjundia a esa escisión radical, y la extensión de los estados fieles al marxismo leninismo a un tercio de la humanidad le dieron a la situación una dramática vuelta de tuerca. Pero lo que tal vez instaló en las conciencias más que ninguna otra cosa la idea de un cataclismo capaz de sepultar nuestra civilización fueron los arsenales nucleares poseídos por las potencias a ambos lados de aquel abismo ideológico.
Sin embargo la caída del muro de Berlín mostró que el campo marxista se había reducido a la impotencia por sus propias fallas internas. El conflicto que podría haber acabado con la civilización occidental era un falso conflicto, ya que uno de los adversarios no era más que un tigre de papel. Era el momento del alivio de la tensión. En adelante todo iría bien, el estado de derecho y la democracia liberal tendrían un dominio sin fin. Es cuando Fukuyama diagnostica el fin de la historia.
En realidad, sin embargo, esa visión es casi seguramente ilusoria. Toynbee ya mostró que la caída de las civilizaciones suele seguir una trayectoria sinuosa de enfermedad, recuperación, recaída, recuperación, etcétera. Si las causas profundas determinan que una civilización está condenada, ese zigzaguear no es más que la dinámica peculiar del ocaso.
Esas causas profundas generan nuevas fuerzas capaces de continuar la destrucción. La civilización ha vivido de ciertos valores, que de pronto son puestos en tela de juicio. Como Irving Kristol lo ha señalado, hace más de siglo y medio que críticos sociales insisten en que la sociedad burguesa vive del capital moral acumulado gracias a la religión y la filosofía tradicional. En el seno de la civilización surgen agentes cuya misión se resume en negar todos esos valores y liquidar ese capital moral por completo. ¿Qué sucederá cuando consoliden su demolición?
Kristol señala otra cosa interesante. El enemigo del capitalismo liberal no es hoy el socialismo, borrado del poder en su versión “real”, sino el nihilismo, la filosofía de la negación. Sólo que el capitalismo liberal no ve al nihilismo como el enemigo sino como una excelente oportunidad de negocios. “Grandes compañías”, escribe, “publican alegremente libros y revistas o diarios y venden discos o distribuyen películas, o patrocinan programas de TV en los cuales se celebra la pornografía, se denigra la institución de la familia, se abomina del espíritu de lucro, justifican la insurrección civil, …etcétera.” Y por mi parte querría agregar además: hoy las obras que llevan más lejos la negación de todos los valores tradicionales, las campeonas del nihilismo, son las galardonadas por los críticos de los principales medios de prensa del mundo entero. ¡Vaya si hay de qué preocuparse!