EI general Líber Seregni formuló declaraciones importantes al semanario Búsqueda (25 de mayo) que merecieron tajantes réplicas de todos los frenteamplistas consultados, con la sola excepción de un par de ellos que invocaron razones formales para abstenerse de opinar.
Comentando cómo el concepto de derechos humanos había tardado en echar raíces en la izquierda uruguaya, impregnada ésta como solía hallarse de una doctrina que exaltaba la ortodoxia partidaria a expensas de la persona, y detectando en sus correligionarios la frecuente noción de que los derechos eran sólo para quienes pensaban igual que ellos, se dirigió imaginariamente a uno de éstos, expresando: “Mira, compañero, desde el punto de vista de los derechos humanos, fue tan brutal el destrato que tuvieron los rehenes (tupamaros) cuando estuvieron en el aljibe como el destrato que tuvo Frick Davie, que tuvo el embajador inglés Jackson, que tuvo Pereyra Reverbel y otros que estuvieron en la ‘Cárcel del Pueblo’ sometidos a las mismas vejaciones.”
Fueron declaraciones muy valientes, que dejan traslucir hondas reflexiones previas. Tal vez así mismo un grave conflicto de conciencia, que aflora especialmente cuando, preguntado si, en su momento, se había plantado con la debida firmeza frente a semejantes transgresiones, responde que no; y, luego de confesar que siente comprometida su parte de responsabilidad por todo ello, agrega: “…a mí mismo me he reprochado que como presidente del Frente Amplio en aquel momento no enfrenté con la suficiente fuerza y valentía las violaciones y los desbordes de ciertos actos que cometió la guerrilla urbana en nuestro país. El caso más típico es el asesinato inexplicable de los cuatro soldados en la puerta del comandante en jefe de aquel momento.” Y, en seguida, como si alguna fuerza interior no le permitiese detenerse ahí, en clara alusión a Pascasio Báez, el peón rural eliminado para preservar el secreto de un depósito de armas, deja deslizar tres palabras más, sólo tres, que no pude leer sin estremecerme: “Pudo haber otro…”
Estos conceptos son más duros aún que los anteriormente citados, porque se refieren a hechos de sangre, y especialmente por el uso del sustantivo “asesinato” para describirlos, lo que implica el de “asesinos” para sus autores. Si hubiese querido, el líder histórico del FA pudo usar un eufemismo, como “muerte”; pero, o bien no quiso suavizar el golpe, o bien su emotividad rompió violentamente el dique que por largo tiempo la había reprimido. En todo caso, no pudo dejar de prever que sus expresiones atraerían sobre sí las invectivas de sus correligionarios.
Estas no se hicieron esperar. El viernes 26 no se publicaron diarios en el país, pero al día siguiente el matutino La República registró un amplio muestrario de reacciones, que complementó el domingo, describiendo entonces el episodio como “el huracán Seregni”. Por primera vez en mucho tiempo, la izquierda uruguaya pierde la iniciativa y tiene que salir a defenderse. Lo que declaran Alberto Cid, José Mujica, Fernández Huidobro, Enrique Rubio y Hugo Cores es sumamente informativo sobre el movimiento político en que militan.
Los disparates son tantos, que uno no sabe por dónde empezar, ni es posible agotar su comentario en el espacio de que dispongo. En primer lugar, como suele ocurrir en este país ante cualquier situación polémica, intentan descalificar al adversario. Fernández Huidobro tacha el planteamiento de Seregni de “superficial y frívolo”. ¿Dónde podrá verse “superficialidad” en la atribución de crímenes a la guerrilla urbana? ¿Cómo podría acusarse de frívolo a un hombre que públicamente asume sobre sí parte de una incalculable responsabilidad? ¿Qué grado de ignorancia se precisa sobre qué cosa pueda ser una conciencia moral para explicar tales cargos?
José Mujica intenta restar crédito a Seregni tratándolo de senil. Basta haber visto un minuto del programa de TV en que éste reiteró sus planteamientos para comprender que sólo una colosal mala fe pudo dar lugar a esa afirmación. Pero hay un aspecto de su tentativa de tachar al testigo en la que la tragedia ínsita en la situación se entremezcla con el sainete. “Tiene flaca memoria el general”, expresa; “…se olvida de sus errores de debilidad cuando servía como general a un gobierno colorado.” Pero si esos servicios profesionales de otrora lo inhabilitan actualmente para testimoniar su repudio a ciertos hechos de la izquierda, y asumir su consiguiente responsabilidad, ¿cómo es que en su momento no obstaron para que el FA lo elevase a la cumbre de su jerarquía y lo consagrase varias veces como su candidato a la Presidencia de la República?
Sigo con Mujica. Este se indigna por haber afirmado Seregni que el interés de la izquierda por los derechos humanos es de reciente data. Parcialmente, eso fue, sí, injusto. La izquierda, cada vez que sus militantes han sido juzgados, luchó con uñas y dientes por los derechos humanos. Pero, al mismo tiempo, cada vez que ellos han estado en condición de juzgar a quienes tenían por sus enemigos, los derechos humanos han quedado pospuestos por una ley superior, según la cual, en nombre de la felicidad de todas las generaciones futuras, por la que pugnan, anulan transitoriamente todos los derechos individuales. Sobre esa base Robespierre hizo funcionar frenéticamente la guillotina, Fidel Castro el paredón, Stalin los campos de exterminio, Mao hizo su gran salto adelante, Pol Pot sus enajenados experimentos de ingeniería social, etcétera, etcétera. Las víctimas que dan fe de la relatividad del apoyo de la izquierda a los derechos humanos se cuentan por decenas y decenas de millones.
Curiosamente, varios de los izquierdistas entrevistados creyeron que el maltrato de sus prisioneros por el régimen militar atenuaba la responsabilidad de los guerrilleros por el que a su vez infligían a los suyos. Es claro que no es así, y que Seregni sólo usó el caso de los rehenes sepultados en un aljibe para transmitir al público la ignominia a que los tupamaros sometieron a sus secuestrados, valiéndose de un ejemplo al cual su auditorio había aprendido a identificar con el extremo de la crueldad. Pero las maldades practicadas por el régimen de facto en nada afectan al juicio que debe merecer la conducta de aquéllos. Si los carceleros estatales hubiesen sacrificado un rehén por día, o todos de una sola vez, en nada hubiera cambiado la responsabilidad de los carceleros sediciosos si hubiesen hecho otro tanto.
Casi todos los entrevistados desvían la atención del público extendiéndose sobre la tesis de Seregni en cuanto a que no se justifica exigir del Ejército que pida perdón por sus transgresiones. Esa es una falsa cuestión, que es imposible desplazar del campo de la opinión hacia el del auténtico saber. Lo importante es lo que el general dijo sobre las atrocidades que los guerrilleros urbanos cometieron y sobre la responsabilidad que ellos y sus aliados políticos contrajeron consiguientemente. Eso es lo que había que contestar. Y eso es lo que ninguno de los políticos frenteamplistas entrevistados contestó.