Volviendo a las andadas

Descargar PDF

El gobierno entregó días atrás un mensaje a las cadenas de supermercados Disco y Devoto, recientemente fusionadas, en ocasión de visitar sus dirigentes al ministro de Industria, para participarle oficialmente su alianza. Según El Observador del 7 de junio, el ministro Sergio Abreu les manifestó que “para el gobierno es prioritario el ‘respeto’ al pequeño comerciante minorista, a los industriales y al consumidor, ninguno de los cuales puede quedar ‘subsumido’ frente a la concentración de poder de las grandes cadenas.” Para el diario se trató de un mensaje “claro”. Yo lo encuentro erizado de interrogantes.

En primer lugar, no entiendo cómo es que el gobierno extiende sus alas protectoras para cobijar a la vez a los almaceneros, a los industriales y a los consumidores. Me imagino de qué manera el gobierno podría compatibilizar la solicitud que en él suscitan los dos primeros grupos: por los pequeños comerciantes al detalle y por los industriales, al permitirle su nuevo poder al consorcio competir más agresivamente con los primeros, merced a su capacidad de imponerles rebajas a los segundos. Pero me resulta incomprensible que, si la amenaza viene por el lado de menores precios, los consumidores, necesiten acurrucarse junto con los otros dos bajo el tuitivo plumaje gubernamental. Si desde el punto de vista de los intereses fuese preciso delinear dos bandos, los almaceneros de barrio y los industriales quedarían de un lado, pero los consumidores se agruparían frente a ellos, cerradamente, en torno a los supermercados.

¿Será que entendí mal? Como la nota prosigue recogiendo palabras del ministro, abramos los oídos: “Queremos que (los propios fusionados) noten que Uruguay es un mercado pequeño y que los elementos predominantes son nocivos para el funcionamiento armónico de la cadena, desde la producción hasta el consumo.” Y agregó acto seguido que para el gobierno es fundamental “la defensa del pequeño comerciante, que es el centro de la clase media uruguaya.”

Acabáramos. Básicamente, se trataba de los pequeños minoristas, una especie amenazada, cuya extinción desacomodaría sociológicamente al país. De ahí este pujo dirigista de la nueva administración, la cual, según los del Frente, aplica una política “neoliberal”. ¿Será realmente así?

¿Notaron el tema nostálgico un poco más arriba en la transcripción? País pequeño –“paisito”, le han llamado tiernamente– donde “los elementos predominantes son nocivos para el funcionamiento armónico de todos los que participan de la cadena, desde la producción hasta el consumo.” Que nadie predomine. Todos iguales, menos el estado. ¿O debería escribir “el Estado”? Con mayúscula, ya que al Estado el gran tamaño le sienta bien. ¿Han advertido ustedes que en Montevideo los únicos edificios empresariales grandes son del Estado? BROU (por dos), ANCAP, BSE, UTE, y –last but not least– la Torre de ANTEL. Ni uno comparable con ellos entre los privados. Con el Estado no hay problema, porque carece de afán de lucro. La avidez de ganancias de los privados es mantenida a raya por la pequeñez. Y así, todos chiquitos, todos iguales, construyendo una cadenita armoniosa desde la producción hasta el consumo, un día tras otro, siempre igual, nadie ganando mucho dinero, bajo la mirada paternal, severa pero solícita, del Estado. Ese es el socialismo a la uruguaya, plasmado a principios de siglo. Que proporciona la ideología central de la izquierda, pero, a la vez, es una segunda naturaleza… ¡en tantos más!

Si en algún aspecto el mensaje del ministro alcanzó auténtica claridad fue en cuanto al portazo que le dio en las narices a la economía de mercado, al pedirle a Disco-Devoto, con amenazas apenas veladas de intervención directa, que se autorregulen. La economía de mercado no nos muestra armonía más que de una perspectiva de muy largo plazo. Vista más de cerca, nos muestra conflictos y supe ración de conflictos, pero nunca se asemeja a un remanso. Joseph Schumpeter definía al empresario como un destructor de equilibrios. Con la consecuencia de una enorme movilidad social, hacia arriba y hacia abajo. También es Schumpeter quien nos recuerda el dicho norteamericano: de overol a overol, tres generaciones. Progreso material, de la sociedad en pleno, nunca como dentro del capitalismo. Pero suave armonía, jamás.

Henry Ford fundó su empresa automotriz en 1902, con exiguo capital. La gremial de fabricantes, anticipando el enorme éxito que de inmediato alcanzaría, emprendió una lucha tenaz ante los tribunales para prohibirle actuar por razones patentarias. Las empresas establecidas también querían que continuase su evolución apacible, pero Ford estaba allí para turbársela y el gobierno estadounidense para no meterse donde nada ni nadie le llamaba. Ford ganó el pleito recién en 1911, pero en 1909 ya había lanzado el modelo T, que pronto haría añicos el equilibrio en el mercado automotor. En 1911 inventó la línea continua de montaje. En 1914 aumentó el salario de sus trabajadores en más del 100% para evitar la rotación de personal y así salvaguardar la inversión que estaba haciendo a fin de adiestrar a su fuerza laboral para la línea de montaje. Con el tiempo, llegó a montar un modelo T cada 24 segundos. En 1927, último año del modelo, cada auto se vendía a sólo el 30% de lo que había costado en 1909.

Cuando Ford pateó el tablero automotor, había más de 100 empresas automotrices en Estados Unidos; eventualmente, quedaron sólo cuatro. Una enorme cantidad de empresarios tuvo que lanzarse a buscar empleo. Sin duda, ellos echaron de menos la armoniosa evolución anterior a Henry Ford, pero gracias a éste las masas tuvieron un auto eficaz al alcance de sus bolsillos.

Es cosa de elegir. El gobierno de EEUU pudo llamar a Henry Ford y obligarle a abandonar la línea continua de montaje. El resultado habría sido mucho menos turbulento, pero el progreso industrial y la elevación de los niveles de vida en aquel país habrían sido mucho más lentos, si no nulos.

Nosotros mismos tuvimos esa cadena armoniosa desde la producción al consumo, con precios fijados por Subsistencias, que miraban por el consumidor, y cupos fijados por el Contralor de Importaciones, que aseguraban vida placentera a los industriales. También tuvimos, al mismo tiempo, uno de los estancamientos más tenaces y crueles que recuerda la historia económica del mundo. La mayor estabilidad (menos monetaria) imaginable. La falta más absoluta de progreso. Que haya en nuestro país “saudades” de aquellos tiempos, de las décadas de 1950 y 1960, y principios de la de 1970, me consta; quienes ostensiblemente la comparten componen en la actualidad la fuerza política más votada del país. Pero los nostálgicos ¿por ventura están también dentro del gobierno?

Vista previa del documento