Churchill versus Keynes

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CUANDO CHURCHILL FUE NOMBRADO CANCILLER DEL TESORO EN 1924, CONTRA LA OPINIÓN DE MUCHOS PROBÓ QUE UN AJUSTE ERA POSIBLE SIN RECURRIR A UNA DEVALUACIÓN.

Acaban de cumplirse, en mayo, 60 años de la designación de Winston Churchill como primer ministro de Gran Bretaña. Desde ese cargo, luego de la derrota de los aliados frente a las tropas alemanas en Francia, cuando el desánimo cundía, emprendió, con notable tesón e inigualada capacidad de liderazgo, la tarea de devolver a su pueblo la confianza en sí mismo y un anhelo inquebrantable de victoria. En el año y medio siguiente, de soledad frente al imperio nazi, Churchill pudo demostrar cómo la palabra inspirada de un hombre, junto a su actitud gallarda, podían constituir un arma decisiva de defensa. Aquélla fue, como lo diría él mismo de su pueblo, su hora descollante; la que sitúa su figura entre las más egregias que la historia nos muestra en el ámbito político de la primera mitad del siglo XX. Pero aquel tiempo crucial de su vida no agota los temas cuyo recuerdo puede ser apto para homenajearle. Por el contrario, su personalidad polifacética alberga una plétora de ellos. De uno, que atañe a la economía, y que nos lo muestra enfrentado a Keynes, se cumplieron, también en mayo, tres cuartos de siglo. Es de él que hoy voy a ocuparme, en parte como modesto tributo al gran hombre, en parte para destacar la actualidad que sus aspectos esenciales conservan.

Me refiero al retorno de Gran Bretaña al patrón oro, a la misma paridad vigente antes de la primera guerra mundial, consagrada en la Ley de Patrón Oro, aprobada el 13 de mayo de 1925. La política en tal sentido había sido definida por medio del Comité Cunliffe en agosto de 1918, pero sin especificar la fecha en que se procuraría concretarla. La dificultad radicaba en que la tasa de mercado libre se había depreciado considerablemente, contra el dólar, hasta algo más de 30% en febrero de 1920. También los precios al consumidor habían subido mucho más (casi 50%) en Gran Bretaña que en EEUU, lo que, desde la perspectiva de la teoría de la paridad de precios de compra, indicaba que aun la sensiblemente depreciada tasa de cambio de Gran Bretaña implicaba una libra sobrevaluada. Por lo tanto, se hacía preciso una política deflacionista, y se la puso en práctica. Pese a ello, cuando Churchill fue nombrado canciller del Tesoro, equivalente a nuestros ministros de Hacienda, en 1924, persistía una sobrevaluación de la libra del orden del 10%. Mientras tanto, había un millón de desocupados como consecuencia de la deflación. ¿Debía continuarse la contracción del crédito y el superávit fiscal en aras de la vieja paridad de la libra u olvidarse de ésta y adoptar una estrategia expansionista para combatir el desempleo? Churchill se encontró al asumir funciones con tres posiciones al respecto.

Una primera posición quería cortar amarras con el oro definitivamente, a fin de permitir una política monetaria independiente, a través de la cual pudiese perseguirse el pleno empleo. Keynes la lideraba. El resto quería volver a la paridad de preguerra, pero discrepaban los que pensaban que había que proseguir la aproximación gradual, manteniendo abiertas las opciones (que implícitamente incluían la devaluación si no se lograba el ajuste previo necesario); y, finalmente, estaban los que querían reimplantarla sin más demoras, sobre la tesis de que la pequeña sobrevaluación que pudiese existir (“atraso cambiario” según la jerga vernácula), se corregiría espontáneamente por las fuerzas del mercado.

Churchill, al ingresar a la Cancillería del Tesoro, no tenía posición tomada, pero se vio rodeado en seguida por los partidarios de la posición más dura, la reasunción inmediata de la paridad de preguerra, que predominaban en el Banco de Inglaterra y en la Tesorería (influyente repartición de su ministerio), quienes terminaron persuadiéndolo, pese a la acérrima oposición de Keynes, quien, a partir de la publicación de sus Consecuencias económicas de la paz, en 1919, gozaba de gran prestigio. Anunció la medida inminente en abril y en mayo hizo aprobar la ley más arriba citada, que le dio efectividad. El equilibrio de la balanza de pagos se mantuvo, pero el desempleo, lejos de ceder, aumentó. Keynes lanzó un petardo polémico bajo la forma de un libro titulado Las consecuencias económicas de Mr. Churchill, reminiscente del título de su libro más famoso, Las consecuencias económicas de la paz, ya mencionado. El juego de palabras representaba a Churchill como un elemento tan funesto para su país como la desastrosa paz de Versalles lo había sido para Europa. El segundo gran ataque que recibió fue la huelga general, en 1926, que constituyó una huelga revolucionaria, según muchos, en tanto no perseguía una mejora de salarios ni otras condiciones de trabajo, sino el abandono de una política de gobierno.

Churchill resistió los dos embates con la misma tenacidad que puso de manifiesto durante la segunda guerra mundial. Se mantuvo impertérrito frente al libro de Keynes y ganó la huelga general. La libra continuó ligada al oro a la paridad de preguerra, hasta que, bajo otro gobierno, y en el trance apabullante de la Gran Depresión, la libra flotó en 1931, y continuó haciéndolo por muchos años.

Churchill mantuvo indemne su ciudadela, pero el desempleo no cejó. Desde el punto de vista global del país, ¿estuvo bien o mal? Tratemos de comprender la situación por referencia a nuestro tiempo. La posición de Keynes implicaba sostener que ante una moneda sobrevaluada, no queda otra solución que devaluar, una tesis que por aquel tiempo cobró fuerza y que sigue conservándola por estas latitudes. Sin embargo, EEUU había vuelto a la vieja paridad después de la guerra de secesión, durante la cual el dólar había sufrido una inflación del 100%. La política deflacionaria –básicamente conseguir un superávit fiscal e incinerar los billetes resultantes– tomó 14 años hasta que en 1879 el dólar volvió a la convertibilidad a la vieja paridad de US$ 20 por onza troy, luego que los precios habían bajado aproximadamente un 50%. El período fue de sano crecimiento y bajo desempleo. Los salarios cayeron un 30% (como puede apreciarse, los salarios reales subieron) y se probó que un ajuste era posible sin devaluación. La confianza que ello generó en el dólar permitió a Nueva York rivalizar con Londres como centro financiero mundial.

La política de Churchill apuntaba a lo mismo, y no puede considerarse en sí misma errónea. El problema consistió en que, sin que sus economistas lo advirtieran, el seguro de desempleo estaba fijado prácticamente a la altura del salario corriente, de modo que se puso un piso a esta variable, al carecer los trabajadores parados de incentivo para aceptar una reducción de sus salarios nominales. Este error, básicamente técnico, restó a Churchill el éxito total en la Cancillería; pero su orientación en defensa de la estabilidad de la libra y de la solidez del crédito británico estaba esencialmente bien orientada, y en modo alguno empaña el brillo que su figura más tarde lograría.

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