El enemigo público N° 1 es el desempleo. Es el principal azote económico, social y político que padecemos. Mantener ocioso cerca del 14% del principal recurso productivo es intolerablemente costoso. Todavía más grave, no hay una usina de tensión social tan poderosa como mantener una gran masa de trabajadores ociosos y precipitar a muchos de ellos a la vez en la pobreza. Desde el punto de vista político, la preservación de las libertades individuales no conoce un adversario más peligroso.
Noten que escribí “azote”, no “problema”. Porque problema es algo que, por hipótesis, se puede resolver. La sequía que padecimos antes de las inundaciones, y éstas a su vez, no fueron ni son problemas, por más que a su vez los planteen. Los creyentes rezamos para que tales calamidades pasen. Los que no creen esperan, con fatalismo o rebeldía. Pero no hay nada que el Hombre, ni individual ni colectivamente, pueda hacer en el plano material al respecto. La desocupación, ¿es la misma clase de cosa?
Mirando al gobierno, uno diría que sí. De esferas oficiales se emiten a veces explicaciones. La recesión en Argentina, la devaluación en Brasil, la situación de las finanzas públicas que nos han obligado a recortar la inversión pública. Y, ciertamente, no se equivocan. Pero esa misma clase de explicaciones las dan los meteorólogos. A veces es la corriente del Niño, otras la de la Niña, o una masa de aire polar que avanza sobre nosotros. ¿Ha de ser eso todo? Nosotros mismos, mientras Argentina vacila en acometer su recuperación, y los precios y salarios brasileños no terminan de reflejar la depreciación que ha sufrido su moneda, ¿no hay nada que podamos hacer?
Yo creo que sí lo hay. Que estamos ante un problema, no ante una simple calamidad. Me consta que el problema no es de fácil solución. Pero –¡qué diablos!– soluciones tiene que haber. Encuadradas, por descontado, en las restricciones que nos cercan. No podemos emitir dólares y realizar un gran plan de obras públicas. Ni endeudarnos más de lo que ya estamos haciéndolo por imperio de las circunstancias. Ni emitir pesos. Aceptando ésas y otras condicionantes que se nos impongan, ¿qué medios tenemos para abatir el azote del paro forzoso? Pregunta insoslayable. Pregunta que los uruguayos no nos estamos planteando ostensiblemente.
El nivel de desempleo no puede ser ajeno a lo que colectivamente estamos haciendo. Lo afirmo porque, en este mundo en que vivimos, globalizado como todos dicen que está, las tasas de paro se dispersan dentro de un ancho margen. Nosotros, que estábamos por debajo del 13%, hemos saltado a casi 14%. Argentina, Venezuela y Ecuador, superan el 15%. Bolivia apenas sobrepasa el 4%. Chile y Brasil andan por el 8%. México, Paraguay y Perú están aun mejor. El registro colombiano excede del 20%. Pasando al primer mundo, los 11 países del euro exceden del 9%, con Francia, Bélgica y Alemania en el entorno del 10%; Italia cerca del 11%; España, luego de haber bajado 2 puntos en un año, aún sobrepasa el 14%. Gran Bretaña no llega al 6%. EEUU anda por el 4%, como Suecia. Holanda está abajo del 3%. Suiza y Japón no llegan al 2%.
No todas las diferencias son debidas a las políticas económicas y a factores aleatorios. También hay diferencias sociológicas o estructurales. Un grupo destacado de economistas propuso una cuantificación del concepto de “pleno empleo”, bajo el nombre de “desempleo natural”, o sea aquél que representa el equilibrio del mercado, porque los que las estadísticas dan como parados en realidad están, como no puede dejar de acontecer, seleccionando el empleo que han de aceptar. No todos los países tienen el mismo desempleo natural. Cuanto mayores sean las reservas financieras de los trabajadores, menor su propensión a aceptar el primer puesto que se les ofrece y mayor el tiempo que se toman y el espacio que recorren en busca de la oportunidad óptima. Un país pequeño, como es el caso de Holanda, Suiza y Japón, facilita la búsqueda. EEUU pone por delante del trabajador que se inicia, o cambia de empleo, un mercado de magnitud continental, y muchos se muestran dispuestos a extender su investigación a vastas áreas. En el entorno del 4% EEUU probablemente se halle en su nivel de desempleo natural. Francia, España, Alemania, Italia y Bélgica, por ejemplo, sufren sin duda un desempleo muy superior a su tasa natural. Los factores estructurales se hallan, sin duda, lejos de explicar el grueso del fenómeno.
Tomemos el caso de Holanda y Bélgica, semejantes en área, población, ingreso per cápita, situación geográfica y cultura, ambos miembros de la Unión Europea. El primero registra un paro del 2,9%, bajando de 3,4% un año atrás; del segundo, 10,1% a partir de 10,9% hace un año. Evidentemente, hay algo que los belgas están haciendo mal y los holandeses bien. Los economistas deben poder averiguar el porqué de tan dispersos parámetros.
Mientras lo investigan, tenemos la teoría económica general para iluminarnos el camino. La teoría, por supuesto, de los merca-dos. Muchos resisten que se pretenda analizar lo que pasa con la ocupación y el salario por aquella vía, porque, sostienen, el trabajo no es una mercancía. Si es cierto que, de hecho, la mano de obra se transa en mercados, cerrar los ojos a ello no puede menos que dañar los intereses de los trabajadores. Como todos los deberes de solidaridad, la solicitud por la suerte de los hombres y mujeres que viven de su trabajo tiene que complementarse con un imperativo de lucidez. ¿Por qué no hay otras mercancías que queden por largos lapsos sin venderse, ociosas en los estantes de los comercios o en los depósitos de industriales o mayoristas? Pues porque, ante una caída de la demanda –el principal agente del problema– el mercado tiene mecanismos de ajuste que llevan a equilibrar oferta y demanda. Y en el mercado de trabajo hay obstáculos que frenan esos mecanismos. Quienes por escrúpulos no están dispuestos a mirar de frente el problema, se privan de los instrumentos necesarios para darles solución.
Se necesita desregular el mercado de trabajo. No sólo eso, pero eso también. Hay un convenio de la OIT, ratificado por Uruguay, que proscribe la rebaja de salarios aun con la anuencia de los empleados. Una política sensata de empleo tendría que comenzar con la denuncia de ese convenio disparatado. Y, para estimular la demanda, se necesita intensificar la inversión privada, la que no moviliza amenazas contra el imprescindible equilibrio fiscal. ¿Cómo se revitaliza la inversión privada? En Uruguay hay una verdadera campaña contra la seguridad jurídica, que opera a través de cuatro agentes: una justicia lenta y mala, una legislación confusamente redactada, un olvido total de la Constitución al legislar y un flujo incesante de nueva legislación, lo que no permite al empresario planificar su futura actividad y por tanto obsta a toda inversión que no sea imprescindible. He aquí algunos aspectos, sólo a vía de ejemplo, que podrían enfrentarse de inmediato para paliar lo que es, sin lugar a dudas, un problema soluble.