Por un país dinámico

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MANTENER UN PAÍS SIEMPRE IGUAL A SÍ MISMO EN UN MUNDO SIGNADO POR EL CAMBIO NO ES FÁCIL. EXIGE UN ESFUERZO TITÁNICO, PERO EL PAÍS ESTÁ DISPUESTO A HACERLO. LA CONGELACIÓN DEL TIEMPO ESTÁ ORGANIZADA.

Todo fluye” –panta rhei– escribió Heráclito: la realidad es pleno devenir; y nada mejor que los asuntos humanos para mostrarlo. No obstante, la tentación de congelar el flujo de la historia allí donde los hombres creen ver la imagen de la perfección se cierne a veces sobre ellos. Deslumbrado por las virtudes del Estado prusiano, Hegel sostuvo que con él la historia había alcanzado su definitiva culminación. Marx profetizó lo mismo para cuando se concretase la sociedad comunista y Hitler que el Tercer Reich duraría mil años. Recientemente, Fukuyama pensó que la democracia actual habría puesto punto final al devenir histórico. El Evangelio contiene un precioso ejemplo de esta tentación. Pedro, uno de los tres apóstoles que Jesús llevó consigo al monte Tabor, luego de verle transfigurado y en diálogo con Moisés y Elías, le propuso que los seis quedasen allí para siempre. Lucas y Marcos observan que no sabía lo que decía. Seguramente, aquel misterioso contacto tangencial de la eternidad con el tiempo le hizo perder momentáneamente conciencia del trajinar por el mundo que todavía tenía por delante.

Algo semejante le ocurrió años atrás a nuestro país. Como Narciso, se enamoró de su propia imagen. Se puso entonces a construir templos seculares para su mayor gloria, de los cuales la casa central del BROU y el Palacio Legislativo son los más conspicuos, y resolvió –mayoritariamente al menos– que debería conservársele por siempre igual a sí mismo. Eso significa: provisto de los mismos entes autónomos, regidos siempre por el derecho público, con poco más o menos los mismos monopolios, abarcando el universo de las grandes empresas; el mismo sistema de salud, con hospitales estatales para los más pobres y mutualistas colectivizadas para el resto de la población, sin participación significativa del mercado, en perenne conflicto con la eficiencia; el mismo sistema de transporte colectivo, con los mismos guardas encargados de decirle al pasaje que se corra más adelante, el mismo sistema de enseñanza primaria y secundaria, “laica”, “gratuita” y “obligatoria”, dedicado al culto de la Patria y sus dioses tutelares; la misma Universidad de la República, que sería también monopolista si un gobierno de facto que maniató a los políticos no hubiese dejado infiltrar marginalmente al nivel terciario por algunas entidades privadas (a la vez que, dicho sea de paso, permitió la eliminación del recordado régimen de cupos de importación); el mismo Estado paternalista y burocrático, cada vez con más ministerios, siempre listo para poner más capital en el BROU, cosa de que éste pueda perderlo en beneficio de los grupos de presión más exitosos; etcétera, etcétera.

Naturalmente, mantener un país siempre igual a sí mismo en un mundo cada vez más signado por el cambio no es cosa fácil. Exige un esfuerzo titánico, pero el país está dispuesto a hacerlo. La congelación del tiempo está organizada. Un complejo de incentivos la apuntala. Una tradición, cara a muchos, le sirve de inspiración. En 1992 el sistema fue sometido a una prueba de fuego: el Parlamento había aprobado una ley que permitía la privatización de la empresa estatal de telecomunicaciones, la industria que, entre todas, exhibiría mayor dinamismo en el resto de la década y atraería más inversión. El sistema se defendió eficazmente: se movilizaron la izquierda, junto con el sindicato de ANTEL, y un grupo político que venía a representar a los verdaderos creadores del Uruguay de los entes autónomos, y consiguieron más del 70% de los sufragios para hacer caer la ley. El electorado pareció convencido con la publicidad que presentaba a los inversores extranjeros como piratas prestos a retirarse con las valijas desbordantes de dólares. El hecho es que el país se perdió una ola de inversión que habría tonificado su economía y sin el incremento de empleo que se habría generado.

Hay indicaciones de que en la próxima década, la primera del siglo XXI, la industria que puede desempeñar el papel clave de las telecomunicaciones en la que se acaba es la generación de electricidad, ante un cambio tecnológico que permite una operación eficiente en pequeñas unidades, con un gran ahorro en la pérdida de energía en la transmisión a través de grandes distancias desde las grandes usinas. Por supuesto, UTE interpone su mole colosal a la penetración de esa nueva tecnología así como de las inversiones y el nuevo empleo consiguientes. ¿Seguiremos igual? ¿Será verdaderamente la emigración la única alternativa abierta a nuestros jóvenes?

Unos días atrás vino a Uruguay a dictar una conferencia en la Academia de Economía el doctor Miguel Angel Broda, y nos decía: Ustedes tienen la ventaja de que, en materia de privatización y desregulación, no han hecho nada de lo que nosotros en Argentina hicimos hace 10 años, y nos significó una década de notable crecimiento. El doctor Broda creía que lo nuestro era un atraso respecto del resto de la región y del mundo. No sabía que aquí la cosa es para siempre, que el referéndum de 1992 es considerado una definición dogmática a perpetuidad.

El gobierno está tratando de mejorar nuestra productividad y nuestra competencia a través de lo que se ha dado en llamar “minimedidas”. La estrategia de las minimedidas está bien. En general el progreso de los países es un proceso gradual, continuo, sin quiebres bruscos. Pero no es para nosotros hoy. Uruguay está invirtiendo el 15% de su producto. De toda América Latina es la proporción más baja. Chile está invirtiendo (las cifras, de CERES, son del lapso 1990-1997) el doble. ¿Puede imaginar usted cuál será la diferencia entre los dos países en sólo pocos años? Colombia, sobre la cual usted en la prensa no lee más que sobre la guerrilla y el narcotráfico, está invirtiendo el 28%. El promedio de ocho países de la región es del 22,1%. ¿Y la inversión extranjera directa? También es Uruguay el que tiene la tasa menor en términos del PBI. En los ocho años del mismo período recibió el 0,6%, mientras Chile recibía ahorro externo por un 4,3%. Y el promedio fue 2,7%, más de cuatro veces nuestra cifra. Estos indicadores nuestros son de catástrofe. Si con esa clase de despertadores el país continúa su siesta, no tenemos salvación.

Desde esferas gubernamentales se están emitiendo juicios optimistas para el último trimestre. Pienso que carecen de base firme. Creo que sólo un liderazgo que denuncie la imagen del país de los monopolios y los entes autónomos y las rigideces laborales como un desvarío del que hay que reaccionar puede abrir una perspectiva de esperanza. Naturalmente, ese liderazgo traería conflicto. No se rompe con una imagen consolidada de un país estático sin lucha. Pero dejándonos ir por la pendiente nuestras perspectivas son tenebrosas. Hay que decir la verdad: nuestra recesión la hemos fabricado nosotros mismos, la situación económica internacional es brillante. Si creamos oportunidades de inversión, no nos va a faltar capital. Pero mientras mantengamos esta estructura férrea de un país en el que no puede pasar nada, y que debe por siempre mantenerse igual a sí mismo, la depresión se instalará entre nosotros por tiempo indeterminado.

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