En la célebre oración fúnebre de Pericles, según la versión que Tucídides nos transmite en el Libro II de su Guerra del Peloponeso, se afirma que Atenas era “la educación de Grecia”. O sea que la sociedad ateniense, a través de su peculiar estilo de convivencia, era un modelo para los jóvenes de la Hélade entera, en cuya contemplación podían aprender el arte de vivir en democracia. ¿No le trae esta imagen a la conciencia, lector, el caso actual de nuestra República? La cual, ahora que, por las peripecias habituales del trámite presupuestal, ha suspendido la enseñanza formal que brinda a sus adolescentes, de todos modos convierte su praxis cotidiana en una gran lección de teoría política. Así, por más que los jóvenes estén transitoriamente al margen de las aulas donde solía enseñárseles matemática e idioma español, biología e historia, el tiempo de todos modos no se pierde, porque mientras tanto están recibiendo un curso acelerado de teoría de la democracia que, antes de mucho, podrán poner en práctica en el escenario mayor de los acontecimientos nacionales. No por nada se ha llamado a Montevideo la Atenas del Plata.
Naturalmente, hay más de un concepto de democracia, de modo que nuestra polis ha debido elegir uno para cumplir sus funciones pedagógicas. Hay quienes entienden que libertad y democracia se realizan con plenitud cuando no rige el principio de autoridad y las masas hacen su voluntad sin ataduras. Cuando Tocqueville viajó a EEUU en 1830 y comenzó la investigación que le llevó a escribir “La democracia en América”, esperaba encontrar, influido como se hallaba por Platón y Aristóteles, la clase de sociedad anarquizante que éstos habían detectado en las democracias griegas; de hecho, lo que le llamó la atención en EEUU no fue la debilidad del gobierno, sino un rigor por lo menos igual al de las monarquías europeas. Los uruguayos nos hemos identificado, como podría haberse anticipado, por la modalidad helénica, no estadounidense, de la democracia.
Pero vayamos al grano. Llegada esta “saison” presupuestal, por la que entiendo ese ritual periódico de interrupción de los servicios esenciales del Estado como resultado de la puja de los funcionarios por mejorar las rebanadas de sus sendas participaciones en la torta que está cocinando el Parlamento, los estudiantes de secundaria se pusieron en la vanguardia del movimiento, ocupando locales liceales, de manera escalonada y persistente. Accediendo a desalojar unos, pero ocupando simultáneamente otros, de modo que, potencialmente, todo el sistema está bajo su control y bajo el de los asesores que, desinteresadamente, les aportaron la experiencia de su mayor edad y más larga militancia en materia de agitación política y sindical. Su lista de “reivindicaciones” incluía, aparte del sólito aumento de las partidas presupuestales, el dejar sin efecto la reforma educativa introducida por el Codicen precedente y la derogación de las Actas 8, 14 y 62, que regulan la disciplina en los liceos, las que, afirman los jóvenes, al castigar medidas como las que ahora están poniendo en práctica, coartan su libertad de agremiación.
Obviamente, los estudiantes estaban averiguando hasta dónde podían llegar por las vías de hecho. Un método alternativo habría consistido en la lectura de la Constitución y las leyes, pero precedentes notorios les indicaban que, en nuestra democracia, la licitud o ilicitud de los actos, aunque ello no esté escrito en ningún lugar, depende de quiénes los lleven a cabo. Tal vez pensaron que el actuar colectivamente les eximía del cumplimiento de las normas jurídicas, bajo la doctrina de la soberanía popular. Ni la Constitución ni las leyes, que las hace el pueblo, pueden estar por encima de la voluntad del pueblo. El pueblo/unido/jamás será vencido. Esa clase de planteamientos.
Seguir la reacción de las “autoridades” de la enseñanza tiene que haberles resultado muy instructivo. El director general de Secundaria, Jorge Carbonell, expuso al semanario Búsqueda (19-10, Pág. 5) el repertorio de respuestas que las “autoridades” tienen frente a las ocupaciones: desalojar a los ocupantes con la Policía, esperar el “desgaste” de los alumnos o apostar al diálogo. En cuanto a su opinión, se declaró firme partidario de “ensayar todas las formas de diálogo habidas y por haber”. Una actitud para cuya debida estimación hay que tener presente que, a la sazón, ya en dos oportunidades, el 30 de setiembre y el 3 de octubre, Carbonell había sido insultado, escupido y agredido a puntapiés por ocupantes de liceos.
Los estudiantes tienen que haber calibrado cuán lejos podían llegar. Máxime cuando el Codicen, al respaldar a aquél, declaró su conformidad con continuar manejando la situación con “firmeza y paciencia”. ¿Puede alguien sorprenderse de que, ante esa clase de “firmeza”, los estudiantes no alterasen un ápice su estrategia? ¿O asombrarse de que algunos de los cabecillas ocultasen el rostro, como los guerrilleros de Chiapas o del FARC? En tal sentido, no puedo menos que señalar mi discrepancia con un periodista con cuyas opiniones generalmente concuerdo, y no sólo por vieja amistad; pero creo esta vez que Daniel Gianelli se equivoca cuando escribe en Búsqueda (19-10) que se tapan las caras para evitar ser identificados, lo que encuentra injustificado en una sociedad cómo la nuestra. Creo que Gianelli subestima el alcance de los pañuelos y pasamontañas. Creo que los estudiantes saben tan bien como él y como yo que no corren ningún peligro. La cobertura de los rostros, a mi modo de ver, en lugar de ser una forma de ocultarse, es una manera de volver conspicua su rebeldía, declarando tácitamente que se hallan en comunión con los guerrilleros de México y Colombia, que ellos son sus modelos y seguirlos es su vocación.
Si esa es la clase de democracia a que volvemos a asomarnos, estos ejercicios deben tener un valor docente mucho mayor que 100 clases de Educación Cívica. Ese es el aspecto de la situación que yo querría destacar. No se trata de conciliar a los estudiantes para que depongan su actitud con la menor fricción posible, para que vuelva a reinar la paz sin que nadie se lastime, y no se atrasen demasiado los cursos. El tema que las “autoridades” de la enseñanza, y otras de mayor rango aún, parecen haber pasado por alto es que sus actos y sus omisiones tienen un contenido educacional muy preciso y muy potente y, tal como yo veo las cosas, seguramente sin quererlo, activamente están formando una generación de jóvenes para una clase de democracia que ya tuvimos, y que ya sabemos a dónde conduce.