El durable encanto del Comunismo

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PROVOCA ADMIRACIÓN QUE, PESE A QUE LOS PAÍSES COMUNISTAS EXTERMINARON A MILLONES DE PERSONAS, EN URUGUAY SUS REPRESENTANTES SE SIENTAN A DELIBERAR EN LA MISMA MESA CON PERSONAS DE UNA MORAL INTACHABLE.

En ocasión de cumplir 80 años el Partido Comunista uruguayo (PCU), Fin de semana (este mismo suplemento) dedicó una nota el 28 de octubre a ese aniversario. La tituló: “El paraíso que no fue”. Yo me quedé esperando el subtítulo que le habría quedado al pelo: “Y el infierno que se concretó”.

Claro que el artículo apenas si refiere muy lateralmente a la URSS. Ni siquiera encuentra tiempo para mencionar que ya no existe, ocupado como se halla en trazar la historia del partido local. Pero yo creo que es injusto ese olvido de la URSS; injusto sobre todo para los dirigentes del PCU, los cuales, pese a la debacle de aquélla, desplomada sin intervención de ningún agente externo, por la sola voluntad espontánea de sus nacionales, y pese a la información que recorre el mundo, en cuanto a que las víctimas de la URSS sobrepasan en más del doble las de la Alemania nazi, consiguieron para su partido, que sigue usando como emblema la que fue bandera oficial de la URSS, el paño rojo con la hoz y el martillo, cerca de 70 mil votos y la elección de Marina Arismendi como senadora. Es un verdadero “tour de force”.

Y no sólo eso. En el Frente Amplio, es uno de los grupos principales. El hecho de que, pese a saberse que los países de la órbita marxista leninista exterminaron entre 85 y 100 millones de seres humanos no es óbice para que sus representantes en Uruguay se sienten en las mesas de deliberación con personas de moral intachable, como iguales a ellos, y como una de sus principales agrupaciones, me llena de admiración. ¿Cuál sería su influencia si el Frente Amplio conquistase el poder? ¿No es razonable rastrear la huella de los bolcheviques para inferir por qué sendas querrían conducirnos quienes fueron sus agentes incondicionales en nuestro país? En Rusia, respecto de los campesinos que se apegaban a sus parcelas, por pequeñas que fuesen, y de la clase media, la estrategia consistió –y no sólo bajo Stalin, el mito de Stalin malo, Lenin bueno no resiste la confrontación con los hechos– en proceder a su liquidación en campos de trabajo y a través de hambrunas orquestadas por la dictadura, tarea que dieron por concluida a mediados de la década de 1930.

¿O tendríamos que seguirle el rastro a Mao, cuya saña homicida superó a la rusa, o –como país pequeño que somos, mirando a otro de nuestro tamaño– las de Pol Pot en Cambodia, donde uno de cada siete habitantes fue asesinado? Más tranquilizador resultaría suponer que el modelo propuesto sería el de Fidel Castro, que dejó salir de Cuba a la mayor parte de la clase media, y sólo tuvo que llevar al paredón a los rezagados; pero si hoy le preguntasen probablemente respondería que su altruismo le deparó una terrible oposición allende el estrecho de la Florida, y que a esta altura aconsejaría generalizar el paredón.

Las perspectivas ciertas de que esa orientación encontraría oposición en los restantes dirigentes de la coalición no me tranquiliza de lo más mínimo. ¿Qué fue lo que Lenin agregó al marxismo si no la teoría del golpe de Estado, lo que llevó a los bolcheviques al poder en Rusia, por encima de todos los grupos revolucionarios mucho más numerosos?

Vuelvo a la nota sobre el aniversario del PCU, para ocuparme ahora de su parte gráfica. En cuatro fotos, tres exhiben la hoz y el martillo. Esta insignia del régimen soviético luce particularmente en la que muestra a Tabaré Vázquez hablando en la celebración de los 80 años del PCU. Yo pregunto: ¿Se puede pensar en un acto político, no importa dónde en el mundo, en el cual el líder de una de las fuerzas políticas mayores –el FA fue el lema más votado en la última elección abierta en Uruguay– se aviniese a ser retratado con una cruz esvástica como fondo? Sin embargo, de ambos totalitarismos –y no creo que haya nadie que discuta que el nazismo y el comunismo pertenecieron o pertenecen a ese abominable género político– el comunista fue de lejos el que segó más vidas humanas. Fue también el que llevó más lejos la represión de las disidencias, auténticas o ficticias. Un dato interesante es que en 1939 la Gestapo empleaba a 7.500 personas, mientras que la NKVD 366 mil, incluyendo el personal del Gulag (los campos de exterminio). 

Sobre la comparación entre el comunismo y el nazismo, es mucho lo que se ha escrito. Alan Bullock, el célebre historiador británico, en su libro Hitler y Stalin, vidas paralelas, estima en 20 millones las víctimas soviéticas, y entre 6 y 7 millones las del nazismo, y se plantea si las atrocidades cometidas por la URSS son comparables al Holocausto. En su opinión, las atrocidades estalinistas fueron también únicas, en varios sentidos, sin duda en el de su magnitud en términos de vidas humanas, pero no eliminan la singularidad del Holocausto. Cita en este sentido al historiador alemán Eberhard Jäckel, que escribe así: “Nunca antes un Estado…había decidido que un grupo humano específico sería exterminado, incluyendo sus ancianos, sus mujeres y niños de todas las edades tan pronto como fuese posible y después pusieron en práctica esa resolución con todos los medios posibles al alcance del Estado.” Pero Bullock piensa que la cuestión de la singularidad no puede ocultar la responsabilidad que tanto Hitler como Stalin contrajeron por disponer la deportación, prisión, tortura y asesinato de seres humanos en tamaña escala, que es una responsabilidad cualitativamente distinta de cualquier otra conocida.

Por otra parte, es posible detectar una fuerte interacción entre nazis y bolcheviques en la metodología de sus diabólicas persecuciones. Stéphane Courtois señala en la Introducción al Libro Negro del Comunismo que los métodos introducidos por Lenin y perfeccionados por Stalin guardan una asombrosa semejanza con los de los nazis, pero por lo general ello se debe a que éstos copiaron a aquéllos. Rudolf Hess, encargado de organizar el campo de Auschwitz, requirió de sus subordinados informes exhaustivos sobre los campos de concentración rusos. En el mismo capítulo se trata el caso de una persona, Margaret Buber-Neumann, que tuvo el infortunio de ser sucesivamente reclusa de un campo ruso y otro alemán. Al artículo dedicado a narrar sus peripecias en uno y otro, publicado en Le Figaro littéraire, lo tituló: ¿Quién es peor, Satán o Belcebú?

El artículo citado sobre el aniversario del PCU da cuenta de que los integrantes de este grupo estaban de fiesta, a raíz de tal ocasión. Uno se pregunta: ¿No habrá en el espíritu de esta gente siquiera un rinconcito para la vergüenza?

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