En la clausura del jubileo de los políticos, a principios de este mes, el Papa volvió a mostrar la angustia que lo obsesiona por la tremenda pobreza que coexiste en el mundo con las sociedades que viven en la opulencia. Desde una perspectiva cristiana es, desde luego, un sentimiento irreprimible. Al mismo tiempo no es fácil saber cómo puede hacerse para remediar esa afligente situación de masas hambrientas conviviendo sobre el mismo planeta con sociedades que tienen acceso a toda clase de consumos suntuarios. Y ello es así porque la ayuda económica de los ricos difícilmente pueda ir más allá de aliviar algunas de las manifestaciones más agudas de la miseria, pero de ninguna manera eliminarla.
El hecho es que el nivel de bienestar de un país depende más que nada del régimen económico que en él se halle implantado. La pobreza, ciertamente, no proviene de una distribución sesgada de la riqueza ni el ingreso a nivel mundial. Ella, ante todo, es la condición natural del hombre, en la cual vivió la especie humana por centenares de miles de años, hasta que se encendió la llama de la civilización, y fue posible ir mejorando el nivel de vida en las contadas regiones en que a su luz fue posible a los hombres ir desenvolviendo su creatividad. En éstas no fue eliminada la pobreza –sólo llega a poderse concebir como ideal la sociedad sin pobres, y en mucho menor medida realizarla, en el curso del siglo corriente– pero sus extremidades pudieron por regla general limitarse y parte de la población pudo escapar a sus garras. Ello dio lugar a un mundo dividido entre la civilización y distintos grados de primitivismo, sobre la vida en los cuales podía afirmarse, según la frase de Hobbes, que era penosa, brutal y corta.
A partir del siglo XVI varios estados del continente más civilizado, Europa, establecieron dominio político sobre áreas culturalmente menos desarrolladas, lo que pudo, pero ciertamente no siempre logró, transmitir la civilización y mejorar de esa manera las condiciones de vida de las poblaciones sometidas. En el siglo XX, de cualquier manera, se concretó un consenso en cuanto a que el régimen colonial, como dio en Hamársele, era lesivo para la dignidad de las sociedades sometidas a la soberanía externa y perjudicial para sus intereses económicos. De manera que toda solución basada en la injerencia en los países pobres de los que saben como fomentar la riqueza, o por lo menos deberían saberlo en cuanto lo han hecho en sus territorios, debe descartarse de plano. Tampoco es posible cifrar las esperanzas en el incremento de la ayuda económica, al punto de resolver el problema de la pobreza, por dos razones. En primer lugar, porque los presupuestos de los países ricos ya suponen una carga sumamente pesada para sus contribuyentes, con lo que el intento de elevarla en el grado necesario para nivelar en algún grado los ingresos en el mundo entero arriesgaría liquidar los incentivos para trabajar y ahorrar en los países ricos, al punto de transformarse también ellos en países pobres. En segundo lugar, porque el efecto sobre los destinatarios de vivir a costa de la ayuda ajena ejercería un efecto desmoralizador tremendo, si hemos de juzgar por el que experimentan las familias que viven de la ayuda económica en los países ricos. Sin contar con que una de las mayores dificultades que encuentra actualmente la política de transferencias internacionales, en la medida limitada que se practica, consiste en asegurar que la asistencia, en países donde campea la corrupción, llegue en parte sustancial a sus genuinos destinatarios.
No cabe duda de que hay que ir más hondo para encontrar soluciones viables. ¿Qué es lo que en realidad ocurre? Ocurre que la mayoría de los países subdesarrollados adopta regímenes económicos que sólo pueden resultar fructíferos para la ínfima minoría gobernante, mientras las masas permanecen en la miseria. Para referirnos directamente al continente más pobre, Africa, ¿qué puede hacerse si prácticamente todos, por decisión de sus propios gobernantes, casi siempre dictadores, optan por lo que se suele llamar “socialismo africano”? Ello permite a las oligarquías dominantes controlar cada resorte de la economía, y amasar enormes fortunas, pero al mismo tiempo impide que logren el ritmo de crecimiento que sólo un sistema de mercados libres puede generar. Todos los países ricos tienen economías de mercado libre. Todos los países pobres tienen regímenes socialistas. Lógicamente, la conclusión a extraer no plantea la menor dificultad, pero en el plano político la conclusión lógica no es en modo alguno fácil de poner en práctica.
Uruguay ofrece un ejemplo clarísimo acerca de cómo las decisiones estratégicas en materia económica son decisivas para promover el bienestar económico, o viceversa, según sean ellas. En nuestro primer medio siglo de independencia (1830-1880) pese a las múltiples turbulencias políticas, en ocasiones cruentas, el país ofreció un régimen económico de total libertad y un sistema monetario de estabilidad perfecta. Si bien no desplegaba riquezas espectaculares a explotar, si ofrecía amplias posibilidades para trabajar y ahorrar, sin trabas para la movilidad social ascendente, a la vez que atraía grandes cantidades de capital del exterior, sobre todo bajo la forma de capital humano, encarnado en una portentosa corriente inmigratoria, y también en forma de capital físico, con el resultado de que, hacia el fin del primer medio siglo, éramos uno de los países más ricos del mundo. Usando series difundidas en un reciente libro por el investigador uruguayo Luis Bértola sobre el ingreso per cápita de diversos países y regiones, estoy preparando una exposición que presentaré el lunes próximo en la Academia de Economía, contando con los comentarios de aquél. Me propongo mostrar, entre otras cosas, que en el lapso 1871-1887, de 17 años, el PBI per cápita de Uruguay estaba prácticamente a la altura del promedio de las primeras tres potencias europeas, Inglaterra, Francia y Alemania. Mientras que después vino el cierre de la economía uruguaya, la proliferación de empresas estatales y la intervención del Estado en todos los aspectos de la economía, especialmente en el comercio exterior y el mercado laboral, con el resultado de que el ingreso por habitante lleva más de un siglo cayendo progresivamente, frente a la región y frente al mundo. En parte esa caída se traduce en pobreza, a un nivel que antes nos era desconocido. ¿Acaso alguien más que nosotros mismos tiene la culpa? ¿Acaso, a la vez, lo claramente visible a la luz de la razón deja de encontrar vallas políticas que por el momento parecen insalvables?