El Partido Socialista uruguayo (PSU) es un partido marxista. Lo acaba de confirmar su nuevo secretario general, Manuel Laguarda, en entrevista concedida a la Revista 3 para su número de noviembre. Nos interesa, naturalmente, la definición ideológica del partido que más votos ha recogido dentro de la coalición de izquierda en las últimas elecciones, en cuyas filas, por lo demás, milita Tabaré Vázquez, el líder de dicha agrupación. En un momento histórico, en tercer lugar, en que la afiliación o no afiliación al marxismo traza la línea divisoria entre los partidos socialistas de todo el mundo.
Explicar la tercera razón requiere hacer un poco de historia. No tiene igual significación que un partido socialista se declare marxista ahora que hace 50 años. Un siglo atrás prácticamente todos los partidos socialistas reconocían a Marx como su inspirador. Todos se hallaban afiliados a la 2ª Internacional, uno de cuyos fundadores fue Engels. Incluso en Inglaterra, pese a la influencia fabiana, no marxista, al fundarse el Partido Laborista se incluyó en su carta constitutiva una cláusula –la “cláusula cuarta”– que postulaba la colectivización de los medios de producción. Luego de la escisión mundial entre comunistas y socialistas, poco después de la revolución bolchevique, aun los partidos socialistas, como el liderado por Frugoni en Uruguay, que rechazaron el leninismo en pos de una línea democrática, mantuvieron su inspiración marxista básica, con el colectivismo que ella implicaba.
La ruptura de los partidos socialistas democráticos con Marx acontece a través de dos episodios fundamentales. El primero se concreta dentro del Partido Socialista Alemán (SPD), en 1959, a través de la declaración de Bad Godesberg, en la cual el Partido reniega del marxismo y borra de su programa la apropiación de los medios de producción por el Estado. El segundo, y para nosotros el más importante, en vista de nuestra raíz cultural, acontece dentro del partido español, el PSOE, durante su 28° Congreso, en 1979, en el cual su líder, Felipe González, al no lograr allí una declaración equivalente a la de Bad Godesberg, renuncia al liderazgo del Partido, lo que condenaba a éste a la derrota electoral, y con ello obtiene que se revea la decisión y se elimine toda mención al marxismo en la carta orgánica del PSOE. Y la tendencia se generaliza, culminando en Gran Bretaña con el éxito de Tony Blair en 1995, luego de cinco derrotas electorales consecutivas, al lograr su propio Bad Godesberg, con la consiguiente eliminación de la “cláusula cuarta”.
Como es obvio, afirmar hoy en día que el Partido Socialista uruguayo es marxista, como ha hecho Laguarda, significa mucho más que un juicio positivo sobre la obra científica del autor de Das Kapital. Significa ubicar a su colectividad política a un lado de una línea divisoria que la historia del último medio siglo ha marcado con singular nitidez. De un lado la socialdemocracia, que entiende la democracia igual que los partidos de centro y centro derecha, y es capaz de alternarse con ellos en el poder. Del otro, los que, por más que se declaren demócratas, aspiran a cambiar irreversiblemente las estructuras políticas y económicas del país al conquistar el poder, incluyendo la eliminación de la propiedad privada de los medios de producción, lo que excluye la posibilidad de alternancia de los partidos en el gobierno. Mal podría colectivizarse la tierra y a los cinco años volver a la propiedad privada, y así sucesivamente, igual que respecto de las empresas industriales, comerciales y financieras. Piénsese en la tremenda dificultad que está enfrentando Rusia para recomponer una economía de mercado y no será necesario decir más.
Lo mismo ocurre con la libertad. Laguarda sostiene que “la izquierda busca la síntesis de la igualdad y la libertad. Pero sin propiedad privada la libertad es imposible. Sin propiedad no puede haber mercados, y sin mercados la economía sólo puede bus-car el orden a través de la planificación centralizada, lo que liquida la espontaneidad social y la sustituye por la coacción.”
Como ha visto el lector, hasta aquí me he basado en leer la desnuda declaración de Laguarda a la luz de la evolución histórica del socialismo mundial, pero este artículo no podría cerrarse sin prestar atención a los términos en que aquél se expresó.
Transcribo. La revista le pregunta: “Usted hoy no diría que los socialistas uruguayos son marxistas …” Y él responde: “Sí, diría. Haciendo las precisiones anteriores: como marco de referencia, no como dogma, en ese sentido son marxistas.” Pero: ¿qué significa “marco de referencia”, qué quiere decir “dogma”? En busca de luz vayamos a las “precisiones anteriores” a que alude. Había dicho: “Marx es una fuente importante, sigue siendo el marco de referencia más abarcativo de los fenómenos históricos sociales. Con esta quiero decir que es una herramienta …para entender la realidad, no es un dogma.”
Pero si es “herramienta para entender la realidad” tiene que ser porque los principios de Marx están bien orientados, y sus conclusiones poseen autoridad. O sea que vale como “dogma”. La oposición de Laguarda entre “marco de referencia” y “dogma” no es convincente. ¿Es posible que se refiera a que la doctrina marxista pueda recibirse sólo crítica y selectivamente? En la misma entrevista dijo: “Podemos no tomar algunos aspectos de Marx…” Y otros, por tanto, no. Pero un partido político no es una academia. Lo que importa es si permanecen adheridos a la doctrina marxista en cuanto a lo que hay que hacer cuando se tiene el poder. Marx sin la más mínima duda se equivocó en cuanto a la clase de países propicios para la revolución socialista y sobre la creciente miseria de los obreros en los países más desarrollados. Que se dejen de lado estos aspectos no viene al caso; no queda, al respecto, alternativa. Lo importante es si se sigue creyendo que hay que colectivizar los bienes de producción, y se piensa que el fracaso de la URSS, o de Cuba, son experiencias no concluyentes. Lo mismo sobre la transformación de la condición humana en una sociedad sin propiedad privada importante. Si se descartan estos principios, del marxismo no queda nada significativo. Si el PSU sigue siendo marxista, no puede caber duda de que cree en la colectivización de los medios de producción y en un período de transición durante el cual el gobierno de la economía será coactivo, a la espera de que –contra lo que indican las experiencias de colectivización del siglo XX– surja del seno de la sociedad sin clases un hombre nuevo, que permita algo así como una planificación espontánea.
O sea que las declaraciones de Laguarda nos hacen prever que el PSU en el poder nos llevaría a un nuevo experimento de colectivización, como el que intentó Allende en Chile, durante el cual, inevitablemente, los contenidos que cupiera atribuir a los conceptos de democracia y libertad deben inferirse de los paradigmas soviético y cubano, o de los regímenes de Pol Pot, o Ceausescu, u otros de la misma laya.