Sentido y Sensibilidad

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EN SÍ MISMA, LA SENSIBILIDAD ES INOBJETABLE. LA DIFICULTAD CONSISTE EN QUE SÓLO LA RAZÓN, EL BUEN SENTIDO, ES CAPAZ DE EVITAR QUE SE SALGA DE MADRE.

Siempre he sentido fascinación por el título de la novela “Sense and Sensibility”, de Jane Austen, cuya traducción encabeza este artículo, en cuanto me parece que resume las fuerzas psíquicas que habitualmente están detrás de nuestras actitudes morales frente a propuestas o instituciones políticas de todo orden: estamos a favor o en contra de algo, bien porque el intelecto nos dice que ello merece nuestro apoyo u objeción (el sense lo hace, en la acepción de “sentido común”, o “buen sentido”), bien porque frente a ello la sensibility despierta en nuestra conciencia reacciones intuitivas de aprobación o rechazo, bien –todavía, y por lo general- por una combinación de ambos. Lo que me mueve a compartir con ustedes hoy esta temática consiste en la impresión de que, sorprendentemente, en nuestro tiempo, que tantos rasgos de materialismo exhibe, la sensibilidad, usualmente por quienes la gente percibe como más débiles, suele cobrar ocasionalmente exagerado vigor, al punto de eclipsar al sentido, impidiendo a éste desempeñar su insustituible papel moderador. Porque, del par, la sensibilidad es la fuerza radical, que ve todo en términos de blanco y negro; mientras que el sentido, la razón, es quien se encarga de completar nuestra visión moral con los esfumados y matices que la comprensión de la realidad exige.

Una de esas áreas de intensa sensibilidad es el de la igualdad racial. No se trata de la igualdad ante la ley, respecto de la cual el enorme progreso que vio la segunda mitad del siglo XX no puede sino ser celebrado. Se refiere a la igualdad absoluta, al punto de que en los EEUU sería riesgoso para cualquier escritor o científico afirmar que los negros poseen aptitudes superiores a los caucásicos en materia de atletismo, algo indiscutible, a la vez que opuesto a lo ofensivo, pero que presupondría la diferencia racial más allá del color de la piel y la textura del cabello, y consiguientemente podrían dar sustentación a otras proposiciones que sostuviesen la superioridad de los caucásicos en otras áreas. Otra zona crítica es el de la crueldad con los animales. Un prestigioso laboratorio farmacológico británico, Huntingdon Life Sciences, fue acusado hace años de maltratar animales que empleaba en sus experimentos, y sometida a persecución de todo orden, que ha incluido ataques físicos a sus dirigentes y presión sobre banqueros y otros personajes del mundo de los negocios para que les rehusasen su cooperación. Pese a que la empresa reconoció su falta y tomó medidas para evitarla en lo sucesivo, inclusive la sustitución de toda su plana mayor, los activistas por los derechos de los animales no han cesado en su boicoteo, con el que ha logrado intimidar a la City londinense, al punto de que hace años que no puede cotizar sus acciones en bolsa, y ha sido salvada sólo por el coraje del Bank of New York, dispuesto pese a las amenazas a brindarle apoyos esenciales a través del Atlántico

En sí misma, la sensibilidad en estos ámbitos es inobjetable. La dificultad consiste en que sólo la razón, el buen sentido, es capaz de evitar que se salga de madre. Es peor la situación cuando la sensibilidad, no sólo arrolla al intelecto, sino que lo penetra, y desde su ámbito, naturalmente ajeno a ella, deforma los hechos, a fin de que sirvan a su apasionada tesitura. Tan lejos como eso suele llegar la sensibilidad negativa que despierta la represión de los delitos. Así lo muestra el caso de J. J. Martínez, un español nacido en Ecuador, y hasta hace poco residente en los EEUU, que allí fue condenado a muerte en un primer juicio, cuya posterior anulación dio lugar a un segundo proceso, en el cual fue absuelto. En España, donde yo me hallaba en el momento crucial, a principios de junio, la prensa sólidamente condenó a los EEUU por la primer condena sin darle crédito por la subsiguiente absolución. Es más, el incidente se interpretó como una prueba concluyente contra la pena de muerte, lo que evidentemente no puede ser. “El País” de Madrid llegó a decir en un editorial que, “según las estadísticas, un 7% de los ajusticiados en los EEUU eran inocentes”, afirmación disparatada, ya que no puede haber otro criterio sobre culpabilidad o inocencia que el veredicto del jurado. En último caso, si el diario madrileño tiene otro criterio válido para conocer la culpabilidad o inocencia de los reos, debería haber mencionado al menos cuántos de los acusados contra quienes se pide la pena de muerte, y son absueltos, eran en realidad culpables.

En casos como éste la sensibilidad adopta el ropaje del sentido e imita su lenguaje, poniéndose a invocar hechos y cifras que no son de su incumbencia, por los que su pasión no le deja experimentar ningún respeto. La sensibilidad tiene mucho que decir sobre la pena de muerte en el terreno de su propia incumbencia. El horror de privar de la vida a un ser humano a sangre fría, con la siniestra parafernalia con que tantas veces nos ha hecho estremecer el cine, es un fuerte argumento contra la pena de muerte. La posibilidad del error judicial, y la irreversibilidad de la sentencia después de ejecutada, es otra prueba contundente. El único argumento a favor es la fuerza disuasiva de la pena capital. Si ésta es real, el segar la vida del reo puede salvar la vida de muchas víctimas potenciales. El investigar la autenticidad de ese efecto disuasivo no es de la incumbencia de la sensibilidad, sino del sentido, y otro tanto sopesar los argumentos en contra y a favor. Pero no sólo en el caso de la pena de muerte, sino en general del efecto de la represión penal severa, la sensibilidad no está dispuesta a ceder la tribuna a quien por la naturaleza de las cosas debe hablar

Y cuando la sensibilidad toma la palabra, invariablemente es para decir que las penas carecen de verdadera eficacia disuasiva del crimen. Innumerables veces he oído y leído a penalistas, del país y del exterior, afirmar que las estadísticas prueban que ese efecto es inexistente. Ni una sola vez ninguno de ellos ha identificado una siquiera de tales estadísticas. En cambio numerosos economistas han hecho análisis de los números, con la misma técnica que emplean en su propia disciplina, e, invariablemente, han cuantificado un efecto disuasivo estadísticamente confiable del agravamiento de las penas, si bien menor que el del crecimiento de la probabilidad de detección y arresto. Pero la sensibilidad no sólo habla de lo que no sabe sino que es sorda ante lo que no quiere oír

A veces, sin hablar ella misma, la sensibilidad se contenta con silenciar los hechos que le molestan y que sería de la incumbencia del sentido evaluar. Una de las áreas en que se detecta hipersensibilidad es el derecho de la comunidad palestina frente al Estado de Israel. De la cobertura de la prensa internacional resulta que, con alguien algo menos duro que Sharon en el gobierno israelí, no sería difícil arribar a una solución que pusiese fin al terrorismo de los árabes y permitiese a sendos estados convivir pacíficamente. Si uno tiene acceso a la prensa árabe, la impresión que recibe es diferente. En Al-Akhbar, diario oficialista egipcio, el 25 de abril el columnista Ahmad Ragab escribía: “(Nuevamente) nuestra gratitud a Hitler, de bendita memoria, quien por adelantado vengó a los palestinos contra los criminales más viles sobre la faz de la tierra, pudiendo sólo reprochársele no haber llevado la venganza lo bastante lejos.”

Tomo esta transcripción del Spectator (Londres, junio 2), que compone una galería escalofriante con esta y otras opiniones básicamente coincidentes. Por supuesto, el clima de odio desatado que allí se revela sería sin duda tomado en cuenta por el sentido común para evaluar la situación política en el Oriente Medio. En la medida que la sensibilidad pro palestina cubre con un manto de silencio esa incitación al genocidio, el papel moderador de la razón resulta frustrado.

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