Las del Río de la Plata, me refiero. La situación de la región es crítica. Y no sólo en la margen derecha. Pero comencemos ocupándonos de ella
La Argentina está comprometida con una política de “déficit cero”. En realidad no se trata de una opción, porque ya no tiene quien le preste. Lo único que implícitamente se puede entender como definición positiva en el “déficit cero” es que no se va a tratar de financiar el déficit con emisión. Pero la opción que aquel compromiso excluye no es tampoco real, porque si Argentina eliminase su caja de conversión, y tratase de regresar a un régimen de banco central, con emisión de billetes contra deuda pública, se produciría una huida desenfrenada de la moneda nacional, cuya depreciación sería instantánea. Dicho de otro modo, de la noche a la mañana pasarían, de la leve deflación en que han estado viviendo, a una hiperinflación terminal. De manera que, si ahora los funcionarios y los sindicatos y casi todos los partidos se oponen al recorte de sus sueldos requerido por el “déficit cero”, la alternativa sería probablemente de “sueldos cero” en poco tiempo. La experiencia del funcionariado argentino de la década de los ‘80 debería bastarles para comprender que, por más fuerza que su organización y apoyo político pueda darles contra un recorte presupuestal, contra la operación irrestricta de la imprenta monetaria, su poder es nulo
La debilidad y confusión de su gobierno complica aun más la situación de Argentina. Obviamente, reducir salarios nominales es una operación difícil. Prácticamente la única manera de conseguir la resignación de quienes deben sufrirla es hacerles comprender que es inevitable. Dadas ciertas cosas que pasaron en el exterior y en el interior del país, la magnitud del gasto gubernamental no es ya sólo excesiva, sino que ha terminado por ser imposible. Claro que el gasto público puede reducirse, no sólo bajándole el sueldo a los empleados públicos, sino también reduciendo su número. Y con ventaja. En noviembre de 1923 en Alemania se prescindió de un funcionario de cada cuatro, y en 1924, restituida la confianza, la tasa de empleo fue mayor que en 1923, y en 1925 hubo un verdadero boom. Pero presuntamente se presume que la reducción de la nómina sería más difícil de digerir que la reducción de los estipendios. Por tanto ésta debería ser anunciada como inevitable. Y -con las facultades constitucionalmente ampliadas como tiene el gobierno transplatino- ¡adelante! Pero, ¿qué se le ocurre al presidente De la Rúa? Pues nada menos que convocar a la ciudadanía a un plebiscito sobre el tema, a realizarse “algún domingo posterior al 14 de octubre”, según se anunció días atrás. Con lo que se transmite a la población este mensaje tan interesante: (I) La cuestión es importante, pero no tanto como las elecciones parlamentarias, con las cuales no hay que dejarle interferir. (II) El pronunciamiento a favor del “déficit cero” será recomendado por el gobierno, pero es inherentemente opcional, evitable. De lo contrario no se estaría plebiscitando, como no se plebiscita que el equinoccio de primavera ha de ser el 21 de setiembre. (III) Si existen, pues, otras salidas, sólo los ciudadanos duros de corazón introducirán en las urnas papeletas favorables a la reducción de salarios. (IV) Mientras el plebiscito no se lleva a cabo, los empresarios e inversores no saben si prepararse para una recuperación o para una catástrofe, de manera que la posible recuperación de la confianza, con la secuela de recuperación de la inversión, del crecimiento y de la recaudación, bien puede esperar
Para completar este vistazo a la vecina orilla, inquiramos por qué se halla hoy en tan comprometida situación. ¿No habíamos quedado con que la dupla Menem - Cavallo había resuelto todos los problemas de Argentina? ¿Es que ahora debemos creer que las privatizaciones no cambiaron sustancialmente nada, ni tampoco la convertibilidad? De ninguna manera. Menem y Cavallo hicieron grandes cosas para Argentina, pero no resistieron a una de las tentaciones a que los gobernantes de esta región del globo están estructuralmente sometidos: mientras tuvieron dinero gastaron, mientras pudieron solventar el déficit con venta de empresas y deuda pública, mantuvieron el déficit. Es una tentación fatal en un mundo en que hay fluctuaciones cíclicas o aleatorias. El Eclesiastés no deja de aplicarse a las finanzas públicas: hay un tiempo para endeudarse y hay un tiempo para reducir la deuda. Si ignoras esto; si en la época de las vacas gordas tomas prestado porque tienes crédito, y pagas los intereses con más deuda, cuando llegue el tiempo de las vacas flacas se te habrá terminado la oportunidad de reducir el servicio de la deuda, y estarás en dificultades. Entonces será el tiempo de crujir de dientes y tener que bajar los salarios.
Atravesemos el charco de regreso a casa. Aquí encontramos diversos aspectos en que Uruguay está mucho mejor que su vecino. Lejos de haber perdido el crédito, su deuda posee investment grade; es decir, por más que en el primer escalón, se codea con la aristocracia de las deudas del mundo. Por tanto, paga intereses mucho menores y su balanza de pagos muestra la consiguiente holgura de que la argentina carece. No ha habido una corrida contra los depósitos de su sistema financiero, y sus reservas internacionales muestran una tendencia creciente. Al mismo tiempo, sufre una prolongada recesión semejante a la de su vecino, compartiendo aproximadamente la misma tasa de paro forzoso. Su nivel de inversión en relación a su PBI, pese a la diferencia de tasas de interés, no es superior al argentino. Su déficit en relación al PBI es semejante, y –para mí lo más grave– su endeudamiento se acerca al 50% de su PBI, muy cerca del cociente argentino. Aparte de ello, Argentina puede exhibir una marcada superioridad en materia de reformas económicas capaces de promover la productividad y la eficiencia de los mercados.
Yo hallo esa similitud altamente preocupante. Por una parte, el deterioro ulterior de Argentina, que en manera alguna puede descartarse, repercutiría negativamente sobre nuestra imagen internacional, en particular de los tenedores de nuestros bonos y de las entidades clasificadoras del riesgo de esos bonos. Las autoridades ya han sido informadas por algunas de esas empresas que, a falta de reformas, el investment grade no durará. Si el deterioro argentino abarca el mantenimiento de la convertibilidad, no se percibe en el Uruguay una diferencia suficiente con nuestros vecinos como para que dejemos de ser arrastrados por la misma corriente. Se une a esa inconveniente paridad el hecho de que, si los argentinos están manejando pobremente las reformas que imperiosamente deben hacer, como más arriba veíamos, nosotros, sobre lo que importa, no estamos haciendo prácticamente nada. No quiero decir que sea políticamente fácil hacerlo. Estoy hablando de mi preocupación, y la presunta dificultad política de tomar las medidas que se imponen no contribuye nada para aliviarla
Por otra parte creo que las medidas políticamente difíciles en alguna medida dejan de serlo –pace De la Rúa– cuando son necesarias. En tal sentido, no encuentro consuelo para el tajante descarte de toda reducción de la nómina salarial del Estado por parte de nuestro presidente. Allí está nuestro problema número uno. Institucionalmente, hubo una oportunidad de hacer algo en la etapa del presupuesto. Entonces ocurrió lo inverso de lo que se precisaba. Luego, los avatares de la política argentina, tan cercanamente seguida entre nosotros, hizo caer del cielo una nueva oportunidad. En esa ocasión, el presidente Batlle se mostró irreductible en excluir la posibilidad de que acompañásemos al vecino en esa dirección. De todo corazón querría equivocarme, pero mucho temo que esa doble pérdida de oportunidades terminemos pagándola muy cara.