Proteccionismo y Empleo

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OCURRE CON FRECUENCIA QUE, SI NOS DEJAMOS GUIAR POR LA INTUICIÓN, ERRAMOS LAS RESPUESTAS SOBRE ECONOMÍA.

Supongamos que se lleva a cabo una encuesta de opinión pública en la calle. Se interroga a los transeúntes sobre las consecuencias que se seguirían de eliminar todos los aranceles aduaneros fueran súbitamente suprimidos. ¿No apostaría usted, lector, que una abrumadora mayoría respondería que se destruirían innumerables empleos ante la baratura de los productos importados de China y otros lados del Lejano Oriente, o quién sabe de dónde? Y ahora suponga que se pregunta a la gente qué consecuencias tendría que los aranceles actuales se elevaran. Tal vez costase a los encuestados algo más de hesitación pronunciarse, pero es casi seguro que otra mayoría semejante sostendría que, ante la mayor carestía de los productos importados, los industriales locales podrían colocar mejor sus productos y demandarían más mano de obra

Y, sin embargo, las cosas son muy distintas en realidad. La ciencia económica nos enseña que la variación de los aranceles sólo redistribuiría la mano de obra ocupada, sin estimular su variación, y perderíamos en eficiencia. La dificultad que inclinaría a los opinantes hacia el error consiste en que la verdad en la cuestión es contraintuitiva. Ocurre con frecuencia que, si nos dejamos guiar por la intuición, erramos las respuestas sobre economía. Tan es así que hay quien ha sostenido que la razón de ser de la ciencia económica consiste fundamentalmente en servir a los seres humanos de brújula eficaz frente a las dificultades que todos tenemos para resolver los problemas si, en lugar de atenernos al análisis, optamos por prestar oídos a las orientaciones que la intuición nos susurra al oído.

Un ex alumno de Michael Mussa, brillante profesor de Chicago, me ha narrado que cierta vez le oyó afirmar en clase: “La economía comienza donde la intuición termina. Los economistas no pueden agotar su tarea documentando lo obvio.” Y así ocurre realmente: los economistas, desde hace más de dos siglos, insisten en enseñar verdades que chocan abiertamente contra el genio de la intuición, el que persiste en asegurarnos que las proposiciones que nos dicta lo que pasa por ser el sentido común deben ser preferidas a las que brotan del análisis formal.

El quid de la cuestión radica en el concepto de los precios relativos. El atractivo de arancel de aduanas consiste que vuelve más caros los bienes importables, porque grava las importaciones con impuestos, pero no grava los mismos bienes cuando se producen dentro de fronteras. Ello, efectivamente, expande la producción doméstica de importables, y con ella la demanda de mano de obra. Hasta ahí todo va bien. Pero los precios relativos son tales porque cuando unos suben otros, por fuerza lógica, bajan. Ello ocurre con los bienes exportables, cuya producción decrece. Al volverse más caros los bienes importables (ya sea producidos en el extranjero, porque se los grava, ya en el país, porque, dada la ley de indiferencia de los mercados, el mismo bien se venderá al mismo precio con prescindencia de su lugar de origen) los bienes exportables se volverán, relativamente, que es lo que interesa, más baratos. La mano de obra se habrá encarecido –por el lado de la demanda, porque los productores de bienes competitivos de las exportaciones querrán emplear más brazos, y por el lado de la oferta, porque la suba de los bienes de consumo importables habrán elevado el costo de sus subsistencias, contrayendo la oferta. El arancel aduanero a la importación opera al mismo tiempo como un impuesto a la exportación. Lo que se avanza en un frente se retrocede en el otro. Con el agregado de que se restarán recursos productivos a la producción de exportables, que representa la ventaja comparativa nacional.

¿Teorías? ¿Meros ejercicios librescos? En fin, la ciencia económica tiene que empezar por ahí, por tener una proposición que sea respaldada por un análisis de un modelo teórico, lo que constituye su esencia. Pero la economía no se queda en esto. Cree en su capacidad analítica, pero tiene presente que el error acompaña la investigación humana como a un cuerpo su sombra. En la sesión de CERES llevada a cabo el 6 de setiembre pasado en el Hotel Sheraton, Ernesto Talvi proporcionó pruebas empíricas concluyentes en cuanto a que lo que se viene sosteniendo en este artículo es correcto; a mayor abundamiento, que nosotros pagamos las consecuencias de la clausura relativamente muy grande de los países del área, Brasil y Argentina, aparte de nosotros mismos; que los países más abiertos son los que más crecen, los que tienen menos desempleo y los que reciben más inversión extranjera directa.

Según una visión difundida los países del MERCOSUR poseen considerable apertura al comercio. No es así. Si sumamos exportaciones más importaciones y dividimos la adición por el PBI, los países realmente abiertos muestran parámetros completamente diferentes de los de nuestra región. Para Singapur (EXP+IMP)/PBI es del orden del 324%, para Hong Kong del 124%, para Luxemburgo del 168%. Mientras que para Argentina la cifra es del 19%, y para Brasil del 13%. ¿Por ser aquéllos países pequeños? Sólo muy parcialmente. Myanmar (ex Birmania), pequeño, tiene una apertura del 3%, Nueva Zelanda, no menor, del 59%. ¿Tendrá que ver más la situación geográfica que las barreras arancelarias? No es así. Chile está más lejos que Argentina, Brasil y Uruguay de los grandes mercados, y tiene una apertura del 57%, concordante con su arancel casi universal del 6%, mientras la del Uruguay es del 38% y la de nuestros vecinos, como se ha señalado, mucho menor aún

Otra comprobación interesantísima proporcionada por CERES es la que compara los países más exitosos a distintos niveles de población con los de nuestra región en cuanto a apertura, definida siempre de la misma manera. Tomando los países exitosos con población de más de 50 millones (Reino Unido, Alemania, Francia, Italia, Estados Unidos y Japón, vemos que exhiben una apertura media del 39%; la de Brasil, como ya dijimos, del 13%; con población entre 50 y 10 millones, donde encontramos a Bélgica, Holanda, Taiwán, Suecia, Canadá, Portugal, Corea, Chile, España y Australia, vemos una apertura media del 76%, mientras que Argentina anda por el 19%. Pasando ahora a los países de menos de 10 millones (Singapur, Hong Kong, Luxemburgo, Irlanda, Austria, Noruega, Suiza, Israel, Dinamarca, Finlandia y Nueva Zelanda) comprobamos una apertura media del 126%, mientras que el Uruguay no pasa del 38%.

Un tema conexo: ¿qué le pasa a un país que se abre al comercio con otro mucho más grande y poderoso? El caso de México y Estados Unidos es paradigmático. En 1993, antes de la consagración del NAFTA, las exportaciones totales de México eran inferiores a la suma de las de Argentina y Brasil. En el año 2000, superaron al doble de la suma de Argentina y Brasil. Y las exportaciones mexicanas, dicho sea para los que temían que México se convirtiera en un proveedor de materias primas para EEUU y Canadá, son predominantemente manufactureras

Hay mucho para hacer en economía en nuestro país, muchas reformas que aguardan apremiantemente ser puestas en práctica. Entre ellas ciertamente no se encuentra la de elevar los aranceles y conceder más atención a las aduanas. Precisamente todo lo contrario: tenemos que abrirnos al comercio mundial, e institucionalmente acercarnos a los países más abiertos, como hizo México; si es posible en bloque con el MERCOSUR; pero si ello es difícil, de cualquier manera. Incluso la apertura unilateral sería superior a formar parte de una asociación eminentemente proteccionista.

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