El desafío del terror

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ANTE UN GRAN MAL INFERIDO A UN SER O GRUPO HUMANO, LA RAZÓN INSISTE EN PREGUNTARSE POR QUÉ SE HA HECHO.

La tragedia del 11 de setiembre, ¿cómo pudo ocurrir? Me he esforzado por encontrar una versión de los hechos que pase por el filtro de la razón, sin ningún éxito. ¿Por qué, entonces, me lanzo a escribir sobre algo que no entiendo? Pues, precisamente, porque creo que el enigma encierra un mensaje indispensable para comprender el mundo en que vivimos, y para evaluar el riesgo de que éste, en tanto que mundo civilizado, esté próximo a su fin. Y por más que el desafío por el momento parezca una fortaleza inexpugnable, lo menos que se puede hacer es ponerle sitio

Ante un gran mal inferido a un ser o grupo humano, la razón insiste en preguntarse por qué motivo tal cosa se ha hecho. Y no se queda tranquila hasta encontrar un vínculo entre la fechoría y su propósito. De tal modo, robar a un niño del cuidado de sus padres se explica si éstos poseen fortuna y el secuestrador exige un rescate condigno para devolver a la criatura. El asalto a un banco consiste en amenazar la integridad física de los empleados por quienes pretenden birlarle el tesoro a la institución. El homicidio de alguien por quien se sabe beneficiario de su testamento es un episodio trillado de la historia policial. Pero el propósito aceptable a la razón no tiene por qué ser económico. El despecho de un amante abandonado integra el interminable capítulo de las motivaciones pasionales del crimen, donde la venganza y la envidia al igual ocupan conspicuos lugares entre muchas otras

La razón no exige que el móvil criminoso sea razonable; sólo que sea comprensible desde el punto de vista del criminal. Si nos atenemos a los malhechores lúcidos y equilibrados dejaremos fuera de nuestro campo de visión tal vez la mayor parte de los actos inhumanos. Naturalmente, quien es víctima de la arremetida ciega de un loco furioso debe ser clasificado junto con los destrozados por una tempestad o ultimados por una epidemia. Aquel agente no es humano, sino asimilable a los accidentes de la naturaleza

Está claro entonces que si lo que nos interesa es inquirir cómo se gestan los ataques más salvajes, no podemos ser demasiado comprensivos con los desequilibrados mentales. La locura es una gran fuerza en la historia. Si queremos ejemplos, sería ocioso que nos lanzásemos a remontar los milenios hasta dar, digamos, con Nerón, cuando el siglo que acaba de cerrarse nos pone los ejemplares más escalofriantes delante de las narices: a Stalin, a Hitler, a Mao, a Pol Pot, y sin duda a otros que no les andarían muy lejos en materia de vesania. Para nuestros fines, los refinamientos de los criminólogos cuando se ponen a trazar las fronteras de la imputabilidad penal vienen sobrando. A nosotros debe bastarnos con saber que Stalin, Mao y Pol Pot tenían planes de ingeniería social que en sus mentes enfermas se conectaban con un futuro risueño de la humanidad; y Hitler confiaba con que matando a todos los judíos Alemania podría ocupar sin dificultades el lugar que el destino le tenía reservado en la cúspide de la humanidad.

De todo esto tenemos visiones claras, por más que la razón tenga que soportar algunos corcovos para seguir la luz a través de los cerebros retorcidos de los déspotas. Téngase presente que estamos cercados por los límites de la comprensión, y que el objeto de nuestra pesquisa se sitúa allende esas fronteras. Antes de llegar a ellas, sin embargo, permítaseme una pausa para consignar dos observaciones, no inconexas entre sí.

En primer lugar, noten que de la esfera privada nos hemos desplazado a la esfera política, según nos acercábamos a los acontecimientos más cruentos, y permitíamos mayor ingreso a las perturbaciones psíquicas en su gestación. El ámbito político es, en efecto, aquél donde la disponibilidad de recursos materiales en manos de los agentes del terror es potencialmente máxima, y mínimas las trabas puestas a la vocación destructiva de los orates. Lo primero es obvio, y para acreditar lo segundo basta con pensar en el holocausto y en el centenar de millones largo de víctimas del comunismo, sin contar las bajas de los acontecimientos bélicos propiamente dichos. En segundo lugar, en política el terror hace estragos en dos clases de situaciones perfectamente distinguibles. Una es en el curso de una revolución. En Francia la Terreur se declaró en 1793, unos cuatro años después de la toma de la Bastilla. En Rusia, los juicios de Moscú, que acabaron con la vida de centenares de miles en procesos trucados, se pusieron en marcha cerca de veinte años después del episodio de Octubre. Estos terrores, en los cuales –como suele decirse– las revoluciones devoran a sus propios hijos, tienden a fortalecer el poder de algunas personalidades o grupos frente a otros, en una fase de la dinámica de estos episodios que se ha vuelto proverbial. Pero no es a ellos, cuyo propósito suele ser transparente, que ha de dirigirse nuestra atención en esta sombría coyuntura en que estamos sumidos

La segunda clase de terror políticamente motivado no engrana con ninguna revolución en trámite, ni posee una orientación estratégica definida. Es lo que suele llamarse “terrorismo”, palabra que define una actividad destructiva, frecuentemente homicida, por una variedad de móviles. Puede tratarse simplemente de eliminar al gobernante que se considera un tirano. Es un fenómeno de considerable antigüedad. La palabra árabe de la que se derivó la voz castellana “asesino”, designación de una sociedad terrorista, se remonta a la época de las cruzadas; pero –más allá del magnicidio de Sarajevo, la chispa que hizo estallar la primera guerra mundial– nunca han desempeñado un papel central en la historia. Con frecuencia no puede verse en su conducta más que una expresión de reprobación, combinada a veces con fe nihilista, caracterizada ésta por la esperanza irracional en que la mera destrucción del orden existente, visto como execrable, ha de resultar creativa, a través del surgimiento espontáneo de un orden bueno en su lugar.

Pero, en definitiva, la reciente tragedia nos revela que la verdadera importancia del terrorismo depende de su escala. Cuando su magnitud es la que puso de manifiesto la catástrofe del World Trade Center, donde se movilizaron ingentes recursos materiales y la colaboración de numerosas personas instruidas, con familias, dispuestas a inmolarse en aras de un proyecto de pura destrucción, sin que la muerte y el dolor de incontables inocentes ejerciese sobre ellas ningún poder inhibitorio, sin siquiera la ilusión de una utopía en algún grado coherente para impulsarlas, sólo nos queda la aterradora conclusión de que el mal absoluto, el mal por el mal mismo, ha hecho una irrupción sin precedentes sobre el planeta, y que la civilización que desde algunos milenios ha florecido sobre su superficie enfrenta una amenaza superior a todo lo conocido.

Ojalá que los hechos muestren que el mal se halla concretamente localizado, y que la represión y la justicia internacionales puedan hacerle frente y derrotarlo. Por el momento, el alma sobrecogida se resiste a abrazar tanto optimismo. Más bien parece imponerse la hipótesis de un gigantesco reservorio de odio, de odio contra todo –lo malo y lo bueno– que nuestra civilización occidental contiene o representa, dispuesto a valerse de la tecnología que ella ha desarrollado para sus enajenados propósitos. El desafío parece consistir en desentrañar el enigma de ese sentimiento degradante que, en áreas no insignificantes del mundo, se ha enseñoreado progresivamente de las conciencias, ante nuestra ceguera, y finalmente ha alcanzado masa crítica. Sin enfrentar ese desafío de comprensión es inescapable intuir que nada de lo que los poderes de nuestro mundo puedan intentar logre allegarnos la seguridad que anhelamos.

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