Reflexiones Rioplatenses

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INTERRUMPIR EL PAGO DE LA DEUDA SIN CONSULTAS NI NEGOCIACIONES PREVIAS, NO VA A SER SALUDABLE.

Mis vivencias acerca de los acontecimientos argentinos no han tenido tiempo de ordenarse. Sin embargo, me costaría mucho escribir de otra cosa. No han tenido tiempo de ordenarse,porque su efecto traumático ha sido muy fuerte. Y esto, a su vez, pese a lo que tienen esos acontecimientos de trágico, y de grotesco, porque no puedo dejar de sentirlos como míos. O nuestros, tal vez tendría que decir. Entonces, ante la fragmentación de mis vivencias, y la resistencia de mis pensamientos a ocupar cada uno su lugar en una estructura ordenada, apelo a la tolerancia de mis lectores para presentárselos hoy en forma de reflexiones sueltas. Las que ahí van.

     ¿Qué pasa con el Río de la Plata? Cualquiera que un siglo atrás hubiese tratado a los dos países ribereños de “atrasados”, como se decía por entonces, o de “subdesarrollados”, uno de los eufemismos que más tarde quisieron decir lo mismo, habría provocado estupefacción, si no hilaridad. Países jóvenes sí, a los que debía darse algún tiempo para compararlos con las grandes naciones europeas, pero en aquella categoría cabían también los EEUU. Mientras que ahora ... ¿qué puede haber pensado el mundo de las imágenes de salvajismo que aparecieron en las primeras planas de los diarios en los cinco continentes? Quienes conozcan Buenos Aires –sus avenidas, sus barrios residenciales, su Teatro Colón, su vida cultural– no pueden sino haberse sentido zozobrar en un mar de perplejidad.

     La noche de la renuncia de de la Rúa y Cavallo quedé atónito durante horas mirando un programa de televisión donde dos entrevistadores despistados interrogaban a gente más despistada aún, sobre las causas de la crisis política y las maneras posibles de superar la económica. Los entrevistados estaban desperdigados por una sala amplísima, y los entrevistadores peregrinaban de unos a otros haciéndoles preguntas y a veces suscitando polémicas laterales. Había un economista que propuso una política de emergencia muy particular, incomprensible para los televidentes en su inmensa mayoría y para sus compañeros de programa, de los cuales no hizo sino recibir estoicamente vituperios. Los demás veían con total claridad que lo que había que hacer era cambiar la política, pero en general dejando en la oscuridad la que habría de imponerse. Sólo un sindicalista se aventuró a afirmar que bastaría con juntar a representantes de las fuerzas productivas trabajadores y empresarios, y dejarles que coordinasen un programa donde los aspectos productivos primasen sobre los financieros. Así de fácil. Como si aquí resucitásemos la CONAPRO, de triste memoria, y la pusiésemos a gobernar.           

     Lo que más asombro me suscita es la falta de espesor temporal de los conceptos que se han manejado en Argentina para explicar lo acontecido. Sin poner en duda ni por un instante que el gobierno que caía era el responsable de todo. Debo reconocer que de la Rúa fue una excepción: dos veces en su discurso de despedida sostuvo que la crisis ante la cual abdicaba tiene raíces largas. ¡Por supuesto que sí! Y llegan hasta momentos de gran éxito y prosperidad, que la opinión imparcial, en la Argentina y en el exterior, ponía en el crédito de Ménem y Cavallo. El dúo que había dejado boquiabierto a todos dando un fin súbito a la hiperinflación que tenía al país de rodillas, y proyectando a éste hacia un crecimiento espectacular. Potenciando la inversión, en buena proporción extranjera. Pero que gastó en exceso y mantuvo un alto déficit a través de la bonanza. Con la defensa implícita de que no lo financiaba emitiendo, cosa que incluso se había vuelto imposible al convertirse su banco central en una caja de conversión que tenía prohibido prestarle al gobierno. Pero –déficit al fin– que amontonaba una deuda cuyo servicio dependía de mantener la alta tasa de crecimiento y el ingreso fiscal derivado de las privatizaciones. Cuando un par de shocks externos sumaron sus efectos negativos sobre el nivel de actividad, y el dinero de las privatizaciones se agotó, el servicio de la deuda –con tasas de interés comprensiblemente en alza– se volvió inmanejable. Es posible tal vez sentar la tesis de que la suerte de De la Rúa estaba echada desde un principio, hiciera su equipo lo que hiciese.

     Todavía puede aducirse, a favor del mandatario renunciante, que debe haber previsto las dificultades financieras que le saldrían al paso, para lo cual sesgó fuertemente hacia lo económico la composición de su gabinete ministerial –Machinea, López Murphy, Giavarini, Llach– como si quisiese asegurarse un gran reservorio de talento al que recurrir cuando llegase el día señalado. Al mismo tiempo, no puede pretenderse que haya hecho buen uso de sus recursos. Puso primero en el timón al peso más liviano y, cuando las papas quemaron llamó a López Murphy, pero sólo para licenciarlo en seguida, sólo porque la drasticidad de las medidas que planeaba levantaron grandes protestas. Pese a ser probablemente insuficientes, y menos severas que las que después hubo que aplicar. En fin, de la Rúa no es el malo de la película, pero nadie puede afirmar que se trata de un líder. Tampoco dirá nadie que engañó al respecto al electorado que votó por él.

     Cavallo sí que dio motivos para que le consideremos el villano. Esto no borra, por supuesto, sus méritos pasados, pero la claridad de visión y el temperamento ejecutivo que nos deslumbraron hace cosa de diez años permanecieron ahora ocultos detrás de la ambición desmedida, la soberbia, la insinceridad, el mal genio y la fantasía enajenada que caracterizaron su última etapa.

     Al escribirse estas líneas acaba de asumir como presidente provisorio Adolfo Rodríguez Saa, cuyos antecedentes como gobernador de San Luis son buenos, entre ellos el de haber llevado adelante una reforma educativa en serio, de la que podríamos aprender mucho los uruguayos. El primer paso que da en su nuevo y alto cargo no ha sido igualmente feliz, por más que se trate de una decisión colectiva que sin duda va a ser bien recibida. Alguna forma de “default” era inevitable, pero interrumpir el pago de la deuda sin consultas ni negociaciones previas, anunciando que el dinero de los acreedores se usará para promover empleo, dicho todo para la ovación del Congreso y las barras, no va a ser saludable, y lo digo pensando sobre todo en los trabajadores argentinos. La meta final de la política argentina en esta coyuntura no puede ser otra que la de reconquistar la confianza de los inversores, del país y del exterior, y aquél no parece ser el camino que conduzca a ella.

     Mientras tanto se va a conservar la convertibilidad, más bien una nueva versión de ella, que incluye otra moneda que el Banco Central va a emitir sin las cortapisas que rigen para el peso argentino. Ni hablar que va a haber dos universos de precios, uno para cada moneda, y que podrán coincidir la estabilidad del peso convertible (mientras duren las reservas) con la inflación en el ámbito de la nueva moneda, que irá volviéndose dominante. Un panorama, pues, inquietante, en apoyo de cuya durabilidad no querría apostar.

     De este lado del Plata, al mismo tiempo, todo tranquilo. Sin que aquello de las barbas del vecino le parezca a nadie venir a cuento. Tan tranquilo, que un impuesto a los gatos es la medida más importante que el parlamento ha tratado últimamente. Me sorprenderé si la opinión dominante no cambia antes de que finalice el año próximo.

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