El destino no ha sido amistoso con Jorge Batlle. Luego de un largo y azaroso peregrinar por el desierto –el paralelo mosaico me parece obvio– si bien los Hados le permiten finalmente entrar en la Tierra Prometida, lo hacen cuando ésta había iniciado su descenso hacia una de las regiones más sombrías de su historia. Y tras dos años de ejercer la jefatura de su pueblo, éste no ha hecho más que retroceder en riqueza –lo que no sería demasiado grave en el mundo de ciclos que los economistas nos aseguran es el nuestro, donde la depresión es seguida por la prosperidad– sino también, y ello crucialmente, en esperanza. Marchando hacia una visión en la cual la recuperación y el auge se han borrado, y la pesadilla de una condición sólo sorteable por medio de un nuevo éxodo, esta vez definitivo, arriesga asumir consistencia.
El veredicto de la historia reconocerá a Jorge Batlle significativos atenuantes. Destacará cuanto hay en nuestra situación de determinismo dictado por el pasado y por los condicionantes de la región. Las consecuencias de un voluntarismo secular, que ve al Estado como un dios providente, capaz de allegar al ciudadano vivienda y trabajo dignos, protección a su salud, educación gratuita hasta el nivel universitario, planes de retiro regulados en sus beneficios en función de la voluntad del electorado y no de los recursos disponibles, empleo seguro a sus servidores, aun cuando no le presten ningún servicio, empresas públicas eficientes, aunque gobernadas por hombres públicos cuyos títulos para ello suelen consistir en un fracaso electoral, que sobre la dirección de empresas lo ignoran todo, que ni siquiera saben lo que la palabra “eficiencia” significa, cuya única motivación posible es la de proseguir sus carreras políticas nombrando más funcionarios y promoviéndolos con entero olvido de sus aptitudes y laboriosidad, o la falta de ellas, todas esas consecuencias, que tienen un origen secular, como decía, para el actual primer mandatario son sólo un dato de la realidad. Y otro hecho ajeno a él es que un antecesor, Luis Alberto Lacalle, quiso desafiar esa estructura férrea privatizando ANTEL, o sea que quiso perforar la Línea Maginot del voluntarismo secular, y sufrió un terrible revolcón en una jornada plebiscitaria. Todo eso lo reconocerá la historia. Y, lo mismo, por supuesto, en cuanto a que Argentina hizo mutis por el foro de la escena económica y a que Fernando Henrique, cuyo Plan Real estabilizó la moneda a costas de la misma sobrevaluación cambiaria que sufrieron Argentina y Uruguay, ahora se las arregló para volver a ser un “país barato”, o sea con salarios ínfimos; ambos factores, al oeste y al norte, haciendo trizas al mercado regional que nos había permitido crecer aceptablemente en la década anterior. Todo ello, repito, será reconocido como situación predeterminada, ajena al actual Presidente.
Y, por consiguiente, la historia reconocerá que la cuesta que éste debía remontar a partir del 1° de marzo de 2000, era notablemente empinada. O, si se me permite mezclar metáforas, no se trataba de retocar la mampostería sino de alterar a fondo la estructura del edificio. Las coyunturas históricas de ese porte no son frecuentes, pero se dan. Piénsese en la Unión Soviética. La experiencia había demostrado de sobra que el plan de país de los bolcheviques no era viable; que la gente estaba harta de la grisura de sus vidas y que el terror que apuntalaba al régimen no era conservable ad infinitum. Al mismo tiempo, cambiar aquella estructura parecía algo así como trasladar el Himalaya; pero se trasladó. Alguien llamado Gorbachov, hombre del sistema, político avezado, quiso y pudo ser el Hércules a la medida del trabajo.
Pues bien, si a gente de mi generación, o aún menores que hubiesen vivido el mundo político previo a la dictadura militar, se les hubiese preguntado quién podría ser el hombre del sistema, político avezado, a la vez con la percepción de lo que había que hacer y la voluntad de hacerlo, pocos habríamos hesitado en pronunciar el nombre de Jorge Batlle. Y nada me extrañaría saber a ciencia cierta lo que presumo: que buena parte de la persecución que se abatió sobre él, antes y después de la dictadura, por civiles y militares, aquellos mediante la calumnia y éstos mediante el ejercicio arbitrario del despotismo, se explicase en función de la voluntad de la Nomenclatura en cuanto a cerrarle el paso hacia el poder.
Por eso, cuando alcanzó al fin la Presidencia, y le vimos tomar un rumbo que nos resultaba inesperado, muchos nos pusimos a cavilar. No se podía concebir que hubiese renunciado a liberar a la República de las ataduras de su pasado mercantilista y voluntarista, y a restaurarle el dinamismo económico y demográfico que por largo tiempo –por ejemplo, cuando su tío abuelo era presidente– lo había caracterizado. Si lo veíamos renuente a atacar los grandes temas implícitos en tan magna empresa, debería haber una razón. Mi propia hipótesis es la siguiente: el pasaje del tiempo ha expandido en él la virtud de la prudencia, que retrospectivamente le infunde ahora una coloración negativa a su fuego juvenil de reforma, en medio de un pueblo inmovilista, cuyas convicciones hondamente arraigadas sus propuestas habían contrariado; con lo cual llegó al poder con una idea muy estrecha de lo que era posible lograr en su mandato, acompañada del consiguiente temor a suscitar divisiones en la ciudadanía.
Así es que lo habríamos visto ocuparse en restañar viejas heridas, creando la Comisión de la Paz; asegurarse con sus nombramientos en el área educativa de que no volverían a suscitarse iniciativas urticantes; evitar todo choque con los sindicatos, aunque los transportistas tomaran de rehén a la población, dejándola sin combustible; apresurarse a negar toda relevancia al sistema de “déficit cero” implantado en la Argentina, que supeditaba el monto del sueldo de los funcionarios públicos a la disponibilidad de recursos para pagarlos; y, lo más característico, avenirse a un presupuesto quinquenal expansivo, cuando las circunstancias de la tesorería, en razón de la elevada deuda pública y de perspectivas ya claramente discernibles en cuanto a futuras caídas de la recaudación, reclamaban extrema austeridad.
¿Es entonces que Jorge Batlle se propone dejar pasar su presidencia como una más? ¿Que se contentará con el éxito generalmente reconocido de la comisión sobre los desaparecidos, una mejora en la estructura técnica del IVA, la adecuada firmeza de su posición contra la Política Agrícola Común de la Comunidad Europea, su harto justificada incomodidad dentro de los asfixiantes límites del MERCOSUR y consiguiente búsqueda de alternativas más promisorias, y otros logros u objetivos igualmente importantes, pero igualmente desconectados del dramático problema que enfrenta el país? ¿Está dispuesto a trasmitir la banda presidencial dejando un desempleo del 20%? ¿Al riesgo de una crisis financiera, como la que desquició a Argentina, dentro de su mandato? Si los eventos malignos no se concretan en los próximos tres años, tal vez podamos hablar de desaprovechamiento parcial de condiciones sobresalientes para el gobierno, y de una vocación esencialmente incumplida. Pero, si acaecen en ese lapso, la historia será severa con nuestro actual Presidente, echándole en cara sobreestimar su capacidad para distinguir lo posible y lo imposible. Y haber omitido lo necesario durante el tiempo crucial. Si, en cambio, lo intenta, si pone su fuerza de liderazgo en acción para nadar contra la corriente, la historia lo respetará, aunque su esfuerzo no sea exitoso. Uno oye a menudo a la gente prometer que “hará lo imposible” por realizar tal o cual cosa. Pues bien, hay momentos en la vida y en la historia en que eso debe interpretarse literalmente. El que vivimos puede ser uno de ellos.