El corralito de las ideas

Descargar PDF

El origen de las ideas estatistas que tenemos instaladas en nuestro corralito, no provienen de Marx, sino de otro filósofo alemán llamado Krause.

Los argentinos tienen el corralito del dinero, de donde los dólares encuentran difícil salir. Nosotros tenemos el corralito de las ideas, cuyas puertas algunos querríamos abrir, para que se fugasen las que nos tienen de rodillas, pero no hay caso, el recinto está clausurado herméticamente.

Las ideas de que no podemos librarnos son las que nos representan al Estado como un ente eminentemente bueno, esencialmente distinto de los políticos que lo manejan, en el que se puede confiar a ciegas, y a las empresas del Estado como igualmente dignas de confianza, y de duradero apego, contra la opinión de los que en el resto del mundo a diario las transfieren al dominio privado.

Pienso que muchos atribuyen esas ideas a la izquierda, pero es un error. Al menos si en su mayoría ésta conserva elementos significativos de su filiación marxista, como es el caso notorio del PS, su agrupación más numerosa, y origen del líder de la coalición. Marx era antiestatista, más allá que cualquier liberal, ya que en su ideal de sociedad el Estado habría desaparecido por completo. Para Marx el Estado burgués, es decir, anterior a la Revolución Proletaria, es un instrumento de la explotación de los obreros por la burguesía, y lo mismo podría predicarse de todos sus apéndices, como el de las empresas de que fuese dueño.

El origen de las ideas estatistas que, quieras que no, tenemos instaladas en nuestro corralito, no provienen de Marx, sino de otro filósofo alemán llamado Krause, aproximadamente una generación anterior a aquél. Krause veía a la humanidad avanzar a paso firme hacia una armonía de paz, y justicia perfectas, el equivalente de la sociedad de libres e iguales de Marx, ο sociedad comunista, y al reino mesiánico profetizado en la Biblia. Lo que aquí nos interesa es que los distintos Estados, antes de fundirse en una Alianza de la Humanidad, serían guías de sus respectivas sociedades en esa marcha hacia el supremo ideal.

Así Enrique Ahrens, distinguido discípulo de Krause, sobre quien tendré más que decirles antes de concluir, destaca entre las funciones del Estado el “asegurar el equilibrio y la armonía de los diferentes actores de la vida social, garantizar el desarrollo autónomo de las esferas que lo tienen asegurado, y promover y apoyar positivamente la acción en las esferas que serían por ellas mismas impotentes…” Análogamente, Krause, su maestro: “El Estado, como la forma exterior de la justicia, debe asegurar a los ciudadanos las condiciones para cumplir libremente la totalidad de su destino…” Y así sucesivamente: pasajes que nos recuerdan la condición sobrehumana del Estado, que lo habilita para ser el guía y rector de la humanidad, se repiten incesantemente en los escritos de Krause y los krausistas. Pero eso no es todo. Cuando nos acercamos a los países jóvenes, cuya cultura carece aún de madurez, el papel del Estado ve crecer aun más su condición protagónica. Oigamos otra vez a Ahrens: “En épocas de la infancia (…) el Estado tiene el derecho de ejercer una tutela y de obrar él mismo allí donde las fuerzas propias de una esfera de cultura no están todavía bastante despiertas o suficientemente instruidas. (…) El Estado cumple de este modo un deber de tutela o de curatela, cuando, en épocas de cultura atrasada, se hace no solamente maestro, sino también agricultor, industrial, comerciante; como él asimismo puede establecer leyes protectoras para industrias que no pueden todavía sostener la competencia con el extranjero.”

Pero, no debo postergar ya más la cuestión: la influencia de ese señor Krause –que notoriamente no es un Kant, ni un Hegel, ni un Marx, ni un Rousseau– ¿cómo diablos hizo para cruzar el Atlántico e introducirse tan profunda y duraderamente en nuestro pequeño país? Para explicarlo es preciso contar una historia, cuyo protagonista es el azar, que dividiré en dos breves capítulos.

De cómo la influencia de Krause se introdujo en España. En 1843 el gobierno español tomó conciencia del aislamiento cultural que de larga data sufría el reino, y resolvió enviar a Alemania a un intelectual a fin de que al regreso hiciese saber qué era lo que por allí se estaba haciendo en filosofía. La designación recayó sobre Julián Sanz del Río, cuyos títulos para ello consistían en saber algo de alemán. Cuando lo abrumaban las complejidades de Schelling y Hegel, quiso el azar que viajase a Bruselas, y se topara con nuestro ya conocido Ahrens, otro alemán que allí profesaba, quien lo introdujo al krausismo. ¡Hombre!, debe haberse dicho don Julián, he aquí una filosofía que se entiende. Y sin más se volvió a Madrid llevando al krausismo en sus maletas, a título de cumplimiento de su misión. A su arribo se tradujeron varias obras de Krause y sus discípulos, que tuvieron amplia difusión. De ahí que el krausismo echase raíces en los países de habla hispana, en tanto caía en el olvido en su tierra de origen. Marcelino Menéndez y Pelayo ha comentado: “Pocos saben que en España hemos sido krausistas por casualidad gracias a la lobreguez y a la pereza intelectual de Sanz del Río.”

De cómo la noticia del krausismo llegó hasta José Batlle y Ordóñez. En la biblioteca de don Pepe se encontró un libro de Enrique Ahrens, donde, en la página del título, lucía escrita de su puño y letra la siguiente declaración: “Este ejemplar de la obra de Ahrens (se trataba de su ‘Curso sobre el Derecho Natural’) me ha sido regalado por Areco. Es un obsequio que aprecio mucho, porque en esta gran obra he formado mi criterio sobre el derecho y ella me ha servido de guía en mi vida pública.” Aquí no cesan sus protestas de obligación hacia el autor krausista. Entrevistado por Alfredo Palacios, más tarde embajador en el Uruguay, y a la sazón joven diputado socialista, éste le preguntó si era él también socialista. Según la versión periodística del encuentro, Batlle repuso que su intensa vida de acción no le había dejado tiempo para profundizar en esa cuestión, por más que se sentía atraído por muchas ideas socialistas, algunas de las cuales había puesto en práctica. Luego de que el diálogo revelara que Batlle no había leído a Marx ni a otros autores socialistas, Palacios le preguntó cuál era el libro que había ejercido más influencia sobre él. Tras un breve momento de reflexión, Batlle le respondió sin titubeos: el “Curso de Derecho Natural de Ahrens”.

Así es la historia. El peso del azar en la determinación de su derrotero ha sido objeto de múltiples reflexiones. Es proverbial la relativa a la nariz de Cleopatra, en cuanto a que si hubiese sido una pulgada mayor la historia de Roma habría sido distinta. Nosotros mismos podríamos válidamente colegir que, si el gobierno español no hubiese enviado a Sanz del Río al norte de Europa en busca de ideas, o si éste, como bien pudo ocurrir, hubiese completado su periplo con las manos vacías, el libro sobre Derecho Natural de Ahrens nunca habría sido traducido al español, Areco nunca podría habérselo regalado a don Pepe, y hoy no tendríamos atascada en nuestro corralito una recua de ideas que, no sólo han entorpecido por décadas nuestro crecimiento económico, sino que en la actualidad amenazan llevarnos al desastre.

Les sugiero además una reflexión algo diferente. Imaginen que Areco entra en la librería, pide el volumen de Ahrens, y le dicen que está agotado. Entonces Areco se pone a revisar los anaqueles y sale para lo de don Pepe con “La Riqueza de las Naciones” de Adam Smith bajo el brazo. ¿Se imaginan qué clase de país podríamos tener hoy?

Vista previa del documento