¿Qué clase de izquierda?

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El FA alberga una vasta y mayoritaria izquierda moderada. Pero el Partido Socialista se pone ahora a desempolvar la figura de Karl Marx.

Así como los brasileños deben estarse preguntando qué clase de gobierno haría Lula si fuese electo, nosotros tampoco podemos permanecer indiferentes a la clase de orientación atribuible al Frente Amplio, vistas sus serias perspectivas de alcanzar la Presidencia de la República en 2004. Seguir de aquí en más a la izquierda en sus manifestaciones de opinión e intenciones es una asignatura insoslayable para todo ciudadano, ya fuere de quienes están considerando la posibilidad de votarlos, ya de quienes contemplan la opción de una militancia activa contra ella, ya todavía de todos quienes se dan cuenta del efecto que, para bien o mal, un cambio del estilo de gobierno como el que podría entrañar el desplazamiento de los partidos tradicionales del poder por una fuerza que nunca ha tenido la oportunidad de ejercerlo puede significar para sus vidas.

Esas consideraciones influyeron sobre mi ánimo cuando en Búsqueda del 9 de mayo encontré una crónica titulada “Reivindicación del pensamiento de Carlos Marx caracterizó el lanzamiento de la campaña de la lista 90 para internas del FA”. Dicha lista 90 es la del Partido Socialista, la agrupación más numerosa dentro del conglomerado frentista, a la cual por lo demás se halla afiliado el seguro candidato a presidente, Tabaré Vázquez. Una definición de principios del Socialismo no es, en consecuencia, tema baladí para quienes se interesan sobre la clase de gobierno izquierdista que podríamos llegar a tener.

Máxime si se tienen en cuenta que en la actualidad la izquierda del mundo entero se halla escindida entre dos corrientes de opinión nítidamente diferentes. Los grupos paradigmáticos podríamos representarlos como la social-democracia por un lado, y el marxismo-leninismo por el otro. Más bien que intentar describir sus respectivos programas, me parece que trazar la línea divisoria en base a dos episodios definitorios, ocurridos en Europa Occidental, redundará en mayor claridad. Uno y otro están separados por dos décadas, pero cada uno, en su respectiva esfera de influencia, resultó decisivo.

En el siglo XIX los partidos socialistas de Occidente en su mayoría determinaron sus programas en base a la doctrina marxista, que los llevó identificarse con la colectivización de los bienes de producción, una visión pesimista del capitalismo, el cual –conforme a las profecías de Marx– llevaría las condiciones de vida de los obreros a niveles de creciente miseria, y resultaría sacudido, cada vez con mayor intensidad, por fenómenos cíclicos que entrañarían frecuentes lapsos de desempleo y hambre para las masas proletarias. De hecho la realidad económica europea comenzó a apartarse de esa profecía a mediados del siglo XIX, y en la segunda mitad los niveles de vida empezaron a mejorar sostenidamente. No obstante, el dogma marxista mantuvo su vigencia por un siglo adicional. Fue recién en 1959 que el Partido Socialista de Alemania, reunido su congreso en Bad Godesberg, renunció abiertamente al objetivo de liquidar-la propiedad individual de los bienes de producción y declaró solemnemente que el Socialismo Democrático de Europa “tiene sus raíces en la ética cristiana, el humanismo, y la filosofía clásica.” Lo que de paso daba un portazo al ateismo marxista y su identificación de la religión con “el opio de los pueblos.”

Veinte años después los socialistas españoles tendrían su propio Bad Godesberg. En setiembre de 1979 el Partido Socialista Español (PSOE) convocó un congreso extraordinario, al cual su líder y figura carismática presentó renuncia a su jefatura, por oponerse a la definición del PSOE como “partido marxista”, que aquél mantenía desde sus orígenes. Ante ello el PSOE reformó sus estatutos, y ya nunca más se proclamó marxista. A partir de esos dos episodios, y de los múltiples que siguieron a uno y otro en diversos otros países, los ámbitos del marxismo-leninismo y de la democracia social quedaron bien delimitados. Es desde esta perspectiva que debemos interpretar el hecho de que ahora el Partido Socialista uruguayo se pusiera a desempolvar la figura de Karl Marx.

¿Con qué fundamento lo hicieron? El 5 de mayo en la plaza Mateo, del Parque Rodó, el Secretario General del partido, Roberto Conde, ensalzó la obra de Marx, afirmando la vigencia de su pensamiento, el cual, según sostuvo, condujo a los acontecimientos más importantes de los siglos XIX y XX. No sé a qué acontecimientos del siglo XIX podría referirse, porque, a no ser por el genio político de Lenin, y por el golpe de estado que ejecutó en Rusia en 1917, al frente de un pequeño partido que había abrazado el marxismo, Marx habría permanecido probablemente para siempre en la oscuridad, donde había transcurrido toda su vida. Que después su doctrina contribuyó a dar forma a algunos hechos de gran envergadura no ha de ser negado: en Rusia y en China, en Cambodia y Viet Nam, en Cuba y en Corea del Norte, junto a la bandera roja con la hoz y el martillo, su barbada figura ocupó los lugares de honor. Pero de hecho en la actualidad es poco lo que queda de sus hazañas póstumas, a no ser la memoria de las decenas y decenas de millones de víctimas asesinadas por los regímenes que se inspiraron en su doctrina.

Los revolucionarios que invocaron su nombre al cometer atrocidades jamás antes vistas ¿habrán interpretado correctamente sus enseñanzas? Quizá haya alguien que quiera defender la tesis afirmativa, pero hay algunas cosas muy claras que debo resaltar. En ningún país donde el marxismo haya sido gobierno se instaló jamás un estado de derecho. En ninguno de ellos los hombres y mujeres estuvieron en condiciones de tomar por sí mismos las opciones determinantes de sus vidas. En ningún caso pudieron expresar su pensamiento ni defender públicamente sus ideas, ni practicar su religión, sin ser perseguidos. En todos se instaló un régimen de terror, dispuesto a mantener el poder a sangre y fuego. Y hay claras indicaciones de que el espíritu del marxismo no estuvo alejado de esa imposición salvaje de la tiranía. Marx defendió la dictadura como el medio de poner en práctica la revolución, despreció la “democracia burguesa” y se consustanció con la práctica del terror. Todo el mundo está al tanto de su profecía sobre la dictadura del proletariado, pero quizá sus otras adhesiones a la represión violenta de toda disidencia merezcan hacerse explícitas. En noviembre de 1848 (el año del Manifiesto Comunista, y de múltiples revoluciones –por supuesto no marxistas– en Europa), doliéndose de la victoria contrarrevolucionaria en Viena, escribió en la Nueva Gaceta Renana: “Las absurdas masacres de los días de junio y octubre, … el canibalismo de la propia contrarrevolución, todas esas cosas convencerán a los pueblos que hay una manera sola de abreviar, simplificar y concentrar los criminales estertores de la vieja sociedad y los cruentos dolores de partos de la nueva, una manera sola – el terrorismo revolucionario” (énfasis en el original). Y el 10 de mayo de 1849, en la última edición de ese diario, que las autoridades clausuraban, volvió a escribir: “No tenemos compasión ni pedimos compasión de ustedes. Cuando llegue nuestro turno, no pediremos excusas por el terror.”

El FA alberga una vasta y, según creo, mayoritaria izquierda moderada. No es fácil explicar que el perfume del poder que ya creen aspirar los elementos extremistas les dicte una reidentificación pública con Marx. Es, diría, sorprendente. Al mismo tiempo, no cabe sino agradecerles por la franqueza.

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