¿…y el siglo XXI?

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Habrá que intentar restaurar valores tales como el trabajo duro, la confianza y el respeto en uno mismo.

Todos sabemos lo que Discépolo dijo del siglo XX, y muchos lo compartimos, en términos generales. Vale la pena preguntarse: si viviera ahora, ¡se sentiría inclinado a cambiar su opinión sobre el siglo nuevo?

“Cambalache” es un tango filosófico; en buena medida, profético. Su tesis central es la dilución de los valores en un mar de relativismo, del cual su “Todo es igual/Nada es mejor” ofrece un espléndido resumen. Presupone el reconocimiento de un tiempo anterior cuando los valores aún regían y las virtudes se tomaban en serio. Ese pasado, con el cual el autor está contrastando su actualidad, no es el pasado subjetivo de Manrique, sino el de sus recuerdos de infancia, de la tradición de sus mayores. No es un parecer, es una realidad. El siglo XIX fue distinto, efectivamente otro, en esos aspectos. El XXI, ¿qué nos deparará?

Digo que el poema es profético porque su autor, al usar una escala cronológica secular, evitó embretar a su visión dentro de una perspectiva coyuntural. Su ámbito es el largo plazo. Del siglo XX que caracterizaba no había conocido más que algo así como un tercio, pero estaba dispuesto a atribuir su juicio a la totalidad. El resurgimiento de los valores, la resurrección de las virtudes, no estaban a la vuelta de la esquina. En las postrimerías de la centuria anterior una colección de cultores de las artes pusieron su escepticismo, en ocasiones su cinismo, su renuncia a la virtud –todo muy moderado comparando con lo que vendría después– bajo un distintivo tomado de la cronología: “fin du siècle”. Pero Discépolo no se limitó a describir el “commencement du siècle”. Su tema llegó hasta el 2000.

El que me asocie a la percepción sombría de Discépolo no implica que niegue los avances logrados en la dirección de ciertos valores durante el siglo recientemente concluido. Hoy hay una aproximación recíproca entre las razas y entre las clases sociales, una mejora en el estatuto legal y social de la mujer, una solidaridad con los desvalidos, que el pasado no conocieron. Lo que falta, y el autor de “Cambalache” ya echó de menos, es un “ethos” de responsabilidad personal, el concepto de que el individuo puede ayudarse a sí mismo, cualquiera sea su condición social, cualesquiera los factores socioeconómicos que parezcan determinarlo, y que su rechazo surte consecuencias penosas, para el individuo y la sociedad, que son imputables a esa actitud. Y, en estrecha conexión con ello, se ha operado una radical devaluación de las instituciones encargadas de la transmisión de ese “ethos”: la familia, la religión, o tal vez mejor dicho las iglesias, y un sistema educativo en estrecha asociación con ellas, con la familia y la iglesia que fuere –la escuela elegida por aquélla para la complementación de su obra–, y consiguientemente centrado en la formación moral y espiritual de los educandos, sin perjuicio –ya que no hay incompatibilidad alguna– de su formación intelectual y cultural.

En el siglo XX se enfrentaron dos concepciones antropológicas rivales: la que cree que el hombre es inherentemente bueno y sus virtudes naturales son anuladas por la sociedad, como sostuvieron Rousseau y en general la Ilustración, por lo que todo lo que hay que hacer para mejorar es cambiar ésta revolucionariamente –¿por qué se quedaría uno en medias tintas, o toleraría dilaciones, si la premisa fuera cierta?– y la posición tradicional, en nuestra parte del mundo mayoritariamente cristiana, que cree que las inclinaciones hacia el bien y el mal conviven en el alma del hombre, y hacer que la primera predomine exige mucho más que introducir mejoras en la sociedad. Examinando la evolución de la Unión Soviética, generadora en un principio de tantas ilusiones, concluida, tras una trayectoria marcada por el genocidio y el terror despótico, en una espontáneo colapso, es donde la falsedad de la tesis de Rousseau y su alumno decimonónico, Marx, se percibe con máxima nitidez; pero todo el siglo XX, particularmente su segunda mitad, aporta una secuencia ininterrumpida de confirmaciones.

El estudio de éstas es sumamente ilustrativo, pero por razones de espacio me concentraré en la etapa más representativa, no sin antes procurarme un término de comparación en el siglo anterior. Me referiré a un par de índices de desorden social, los de la delincuencia y la ilegitimidad de los nacimientos (como índice de carencias familiares), pero que se correlacionan estrechamente con los del alcoholismo, el consumo de drogas, el divorcio, la marginalidad social, el suicidio de adolescentes, entre diversos otros. Usaré estadísticas de los países anglosajones, por ser las que, para lapsos extensos, son las más fáciles de localizar.

Comienzo con el cociente de nacimientos fuera del matrimonio. En Inglaterra era de 5% a principios del siglo XIX, e hizo una cresta de 7% en 1845. Luego inició un firme descenso, hasta llegar a 5% a fin de siglo. En el Este de Londres, la zona más pobre, se registraban 0,5 puntos porcentuales por debajo de la media nacional en 1845, y 2 puntos cabales a fin de siglo. El cociente fluctuó alrededor del 5% hasta 1960, pero entonces inició un rápido ascenso: 8% en 1970, 12% en 1980, y 32% a fines de 1992. En los EEUU, donde las series a nivel nacional son más breves, los resultados son semejantes: comenzando en 3% en 1920, había subido algo por encima del 5% en 1960, pero después el crecimiento fue fulminante: casi 11% en 1970, más de 18% en 1980 y 30% en 1991.

Pasando a la criminalidad, entre 1857 y 1901, en Inglaterra el índice descendió, de alrededor de 480 (por cada 100.000 habitantes), a 250. Algunos imputan este descenso de casi 50% en menos de un tercio de siglo a la aplicación de mayores recursos a la represión. No es la opinión de diversos criminólogos. Uno de ellos, V.A.C. Gatrell, lo atribuye a los “efectos civilizadores” de la religión, la educación y la reforma del medio ambiente (1989). Los índices persistieron bajos hasta mediados de los años ’20, cuando comenzaron a crecer, llegando a 400 en 1931, a 900 en 1941; hubo un leve descenso subsiguientemente, hasta fines de los 50, cuando se catapultó a 1.750 en 1961, 3.400 en 1971, 5.600 en 1981 y 10.000 en 1991. Los resultados para los EEUU son, una vez más, semejantes.

Este verdadero desastre ha llevado a muchos anglos a rememorar con nostalgia la época victoriana. Margaret Thatcher lo estaba haciendo implícitamente en la campaña electoral de 1983, que la llevó al poder. Un entrevistador le observó burlonamente que parecía aprobar los valores victorianos. Sin inmutarse, Lady Thatcher repuso: “Oh, sí, por cierto. Esos eran los valores cuando nuestro país llegó a la grandeza.” Y declaró su gratitud por haber sido criada por una abuela victoriana que le enseñó las virtudes del trabajo duro, la confianza en sí misma, el respeto a sí misma, y la ayuda al vecino cuando lo necesitaba.

En realidad, no se trata de volver estrictamente a valores del pasado, porque la historia nunca se repite con exactitud, pero sí de inculcar a los jóvenes, como decía más arriba, un “ethos” de responsabilidad personal, basado en valores en cuya existencia objetiva se cree. Habrá que intentarlo si no queremos que el juicio de Discépolo vuelva a aplicarse a la nueva centuria. ¿Cómo? Esa es una pregunta difícil; pero, antes de mucho, procuraré transmitirles mi respuesta.

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