Yo pienso en lo que podríamos hacer para constituir un pequeño país modelo” escribía José Batlle y Ordóñez a Pedro Manini y Domingo Arena desde su autoexilio europeo, tras su primera presidencia. Acababa de llegar a París, donde físicamente pasó cuatro años, sin ausentarse sin embargo mentalmente de Montevideo. Sin tener en el fondo otra ocupación que la de pensar sobre su segunda presidencia. Es gracias a ella que el “pequeño país modelo”, que medio proponía y medio anunciaba a dos de sus hombres de confianza, debería surgir. Lo notable es que surgió. Si el adjetivo “modelo” le cabía o no, depende de la semántica. Si por “modelo” entendemos un ente perfecto, digno de imitación, pienso que no sería el caso. Si por tal, en cambio, entendemos un prototipo que se lleva del pensamiento a la realidad, que fue idea antes que cosa, plano antes que edificio, que por tanto fue ideado, pensado, inventado, en lugar de nacer de la matriz histórica, hijo de la espontaneidad, entonces sí, indiscutiblemente, sería el caso. Esa proeza, tras la cual bregaron en vano tantas revoluciones, José Batlle y un pequeño círculo de íntimos la acometieron con éxito. Aunque parezca mentira. Y si bien creo que nos acercamos a sus últimos días, que las grietas escinden ya los cimientos, sus vestigios han de hacer por muchos años el deleite de los paleontólogos.
Se desprende de todo ello que hubo un Uruguay no batllista previo al actual. Y debo advertir al lector que no pretendo que todo lo que caracterizó al Uruguay batllista proviniese de Batlle y su entorno. Hubo, en el período no batllista, un sub período que podríamos llamar prebatllista, durante el cual el país fue adquiriendo características que se mantuvieron en el nuevo prototipo, fusionándose con las nuevas y de cierto modo fundamentales. En efecto, en el último cuarto del siglo XIX, el país se volvió proteccionista en su política comercial, y el anticlericalismo e indeferentismo religioso conquistaron grandes espacios en la sociedad en general, y sus hombres públicos en particular, mientras se desarrollaba un sistema de enseñanza pública que sólo exaltaba, y sólo exalta hoy, los valores del patriotismo.
El Uruguay batllista era en parte eso, pero además puso un acento extraordinariamente vigoroso sobre el Estado y las empresas públicas, que también se consideraron, a partir de la Constitución de 1917, parte del Estado. Y con gran énfasis asimismo en la legislación laboral, en una legislación laboral que estuviese siempre en la vanguardia en cuanto a realizar los deseos más exigentes de los trabajadores. En esos sentidos, batllismo y marxismo se oponen diametralmente, pues éste pronosticaba la desaparición del Estado al cabo de un proceso de progresiva desecación, mientras que el batllismo considera imperecedero a su Estado. Y el marxismo veía el futuro de los obreros cada vez más sombrío, de modo que la revolución representaría para ellos la última e impostergable solución, mientras que el batllismo veía su suerte en permanente ascenso gracias a la labor del parlamento.
Por supuesto, no hay que perder de vista que estamos hablando del Uruguay batllista y no del partido batllista. Hay, en efecto, un partido político que monopoliza el nombre y la efigie de don Pepe, sobretodo incluido, pero ello no significa que los demás partidos se hallen menos consustanciados que él con el país modelo que Batlle inventó en Europa entre sus dos presidencias. No sólo posee el país modelo una envolvente universalidad, sino que no hay ninguna seguridad de que el batllismo en sentido estricto sea el más fiel y ardiente defensor del país modelo. De hecho, en los últimos años el Frente Amplio –la coalición de los partidos de izquierda– es quien ha sobresalido en ese aspecto. En efecto, la reacción de la izquierda ante la caída del “socialismo real”, y al efecto deletéreo consiguiente sobre toda la ideología de origen marxista, ha consistido en involucionar hacia la ideología de origen batllista, convirtiéndose en los más acerbos defensores de la intangibilidad de las empresas públicas y de las conquistas laborales; de hecho, lo primero ante todo, al punto de haberse dedicado esencialmente en la última década a la recolección de firmas y consiguiente promoción de referendos con el fin de mantener intacto un proyecto de país que antes había denostado como amargo fruto de la dominación burguesa.
Dicho todo lo cual, en leal reconocimiento al éxito de las cogitaciones parisinas de Batlle sobre el país modelo, debo enfrentar ahora el tema central del artículo, que –como su título indica– consiste en la previsión del telón final que se apresta a caer sobre la historia del modelo de país. Pronóstico que el lector podrá juzgar aventurado, si es cierto –como he sostenido– que el país entero, y no meramente un partido, no sólo apoya el ideal en cuestión, sino que se halla identificado con él.
¿Cuál es el secreto? El secreto consiste en que el ideal no es una doctrina, ni un plan, ni un proyecto: es una realidad. Fue en su tiempo todo aquello, pero su propio éxito mudó su naturaleza. Mientras fue un plano, lo importante, lo decisivo, era que la gente quisiera construirlo. Pero ahora se construyó: ya es una torre. Una estructura, por tanto, de tres dimensiones, que está en el espacio y en el tiempo. Y a las torres no les basta con que la gente guste de ellas. Además es preciso que se tengan en pie. Es imperioso que sean viables. Y acontece que el país modelo de Batlle no era viable. A tal punto que sus cimientos se están resquebrajando, y antes de mucho la torre va a caer.
La inviabilidad del proyecto se deriva de la enorme masa burocrático-gubernamental de la superestructura estatal que la infraestructura tiene que soportar, hasta el límite de sus fuerzas. Y la infraestructura –es decir, la gente trabajadora, el pueblo– soportan el peso bajo el cual gimen de buen grado, porque los han convencido –y en nada como por ello el mágico carisma de don Pepe asombra tanto– que la superestructura burocrático-gubernativa los protege contra el accionar rapaz de los demonios foráneos.
Pero lo más grave no es eso. Dicen que sarna con gusto no pica, y así presumo que ha de ser. Lo realmente grave es que, cuando algún factor extraño debilita la ya maltrecha infraestructura, entonces la estructura en su conjunto exhibe un vicio crucial de origen, del cual se deriva su definitiva inviabilidad: en lugar de reducir la gravitación salvaje de la superestructura, transfiriendo gente de la élite burocrático-gubernativa a la infraestructura laborante, para aliviar la carga que ésta aguanta a duras penas, y ayudarla así a sobrellevar su peso insoportable, algo falla. El diseñador se olvidó de proyectar una válvula, o colocó alguna biela al revés, o quién sabe qué cosa hizo, porque entonces intensifican el gravamen sobre los que están abajo. Y cuanto más se hunden los desgraciados por obra de la carga, más le agravan ésta.
Lo más curioso es que allende el Plata se presenció una catástrofe semejante. Se vio, recientemente, cómo los de abajo caían bajo un peso que ni su mejor voluntad podía soportar, y que entonces la superestructura también se derrumbaba, y la catástrofe era general. Pues fijense ustedes que, en lugar de aprender de aquel ejemplo atroz, y hacer lo opuesto de lo que habíamos observados boquiabiertos, nosotros parecemos imitar al detalle todo el procedimiento que ocasionó el derrumbe en la margen sur del río. No cabe duda, se trata de algún defecto irreparable de fabricación.