Deontología del pronóstico

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Decir que todo irá bien suele congraciar al predictor con los centros de poder, y quien sostenga la posición contraria será frecuentemente tachado de antipatriótico.

La deontología es la ciencia del deber, una rama de la moral. Todas las profesiones y oficios tienen su propia deontología. Algunas muy sencillas, como la del constructor, que se agota en transportar a la realidad tridimensional el plano del arquitecto con la mayor exactitud posible, con materiales fieles y sin descuidar la seguridad de sus operarios; otras, como las de los médicos y abogados, cuya consideración suscita copiosas literaturas. Hoy quiero trasmitirles algunos pensamientos sobre la deontología de aquellos cuya labor incluya de manera destacada la formulación de pronósticos.

Vale decir, de aquellos que se enfrentan a la siempre azarosa tarea de prever el futuro, y luego comunicar al público los frutos de su esfuerzo. También a este respecto nos encontramos con grandes diferencias de complejidad y problemática. La deontología de los meteorólogos no presenta mayores dificultades. Ellos cumplen su deber si, con la tecnología a su alcance, anuncian a los interesados el estado del tiempo con la mayor veracidad posible. No conozco a nadie que haya sostenido que, bajo determinadas circunstancias, verbigracia un viernes antes de un fin de semana largo, deberían pronosticar buen tiempo, en lugar del malo que sus instrumentos le hacen prever, a fin de permitir algunas horas más de ilusión a quienes hayan hecho planes para una excursión campestre o playera.

El ejemplo de todos modos nos muestra el doble efecto que un pronóstico puede surtir. Por un lado, transmite información útil a los destinatarios, como no olvidar el paraguas y el impermeable si de todos modos emprenden el viaje; por el otro, inducen determinados estados de ánimo, y suscitan determinadas decisiones, no desde el momento en que el pronóstico se consuma, sino ya desde que el destinatario conoce su probable suerte. Ese doble efecto suele plantear gran diversidad de problemas. Uno obvio es el del médico cuya prognosis sobre un paciente indica una enfermedad terminal, ante la disyuntiva entre decirle al paciente la verdad o reservarla para su familia. El tema es difícil, y los médicos de distintas subculturas suelen resolver el problema de distintas maneras.

Hay un área de la problemática deontológica que se integra con una dificultad adicional, si bien conexa con la que acabo de rozar, de gran importancia en materia social, sobre la cual en adelante voy a centrar mi atención. Es el caso en que las reacciones de los destinatarios del pronóstico –digamos, la sociedad en general– pueden en alguna manera gravitar sobre el cumplimiento de la respectiva previsión. Por ejemplo, un economista famoso pronostica una recesión y el público revisa en sentido restrictivo sus decisiones de consumo e inversión, de modo tal que la previsión, certera o falsa en un principio, termina de todos modos consumándose. Es lo que solemos llamar una “profecía autorrealizada”. Al mismo tiempo, como es obvio, puede darse el caso de que gran número de expertos, conscientes del peligro aludido, salgan a contradecir al predictor pesimista y logren disuadir a muchos de tomar las medidas precautorias que proyectaban, con lo que, concretada de todos modos la contracción, quienes creyeron a los optimistas resulten perjudicados.

Esta problemática es sumamente difícil, y un análisis caso por caso tal vez sea imperativo. Hay, sin embargo, un elemento adicional a tener en cuenta, en el ámbito de las cuestiones de vasto alcance social, atingente a las consecuencias de un pronóstico “optimista” o “pesimista” para su autor, cuya influencia sobre la actitud de éste rara vez es desdeñable. Decir que todo irá bien suele congraciar al predictor con los centros de poder. Y quien sostenga la posición contraria será frecuentemente tachado de antipatriótico desde ellos.

Noten al respecto los efectos que ha tenido la actitud de este articulista al haber pronosticado persistentemente que el Uruguay caminaba hacia un default a menos que se achicara drásticamente su Estado, desde hace dos años, y más recientemente al predecir que los bancos oficiales no estarían en condiciones de devolver todos sus depósitos a los ahorristas. Por ambos conceptos un senador de la República, Alberto Couriel, desde un programa televisado, propuso que se me privase de la ciudadanía uruguaya, por haber sido una de las personas más funestas para el país en los últimos tiempos, aparte de poner en duda la honestidad de mi actitud. Por su parte, Couriel prometió solemnemente a los ahorristas del BROU y del BHU, que dentro del plazo trianual señalado, recuperarían su dinero con tasas de interés superiores a las pactadas. Mis pronósticos fueron cuidadosamente fundamentados. Los de Couriel no han tenido otro sustento que su autoridad senatorial. Sin embargo, a no ser yo mismo, nadie ha salido a contradecir la condena del senador, ni a preguntarle en qué basa su actitud optimista. Y difícilmente será objeto de reproches aunque sus previsiones optimistas no se cumplan. Ah, y no debo olvidarme de consignar que, convocado a un debate conmigo por el mismo programa de TV, Couriel se sustrajo al deber elemental de asistir a tal evento, que podría haber dilucidado los fundamentos de las visiones opuestas de uno y otro.

Lector, no quiero finalizar este artículo sin decirle que voy a seguir escribiendo, mientras pueda y me dejen, y pronosticando cuando sea el caso. Ni tampoco sin asumir explícitamente este compromiso: que mis opiniones sobre el pasado, el presente y el futuro le transmitirán siempre exactamente lo que pienso. Sin tener en cuenta la problemática deontológica que he glosado. No porque la considere invariablemente impertinente, lo que debe haber quedado ya claro que no es el caso, sino porque, personalmente, no tengo alternativa. Una voz interior –un daimon, diría Sócrates, y pido excusas por la presunción que del símil parezca derivarse–, una voz interior, decía, me ordena hacerlo, categóricamente. Y además me asegura que, cuando tomo la pluma, lo hago en cumplimiento de un contrato con mi público, respecto del cual él cumple interesándose por lo que pienso, y yo debo corresponder diciéndoselo sin tapujos. No lo que vaya a entonar su ánimo. No lo que yo entienda que haya de hacerle bien al país. Simplemente, la verdad. Esa ha sido invariablemente mi norma al escribir, por más de treinta años, en todo tiempo, en las buenas y en las malas, tanto en régimen constitucional, en el cual por lo que parece no corro más riesgo que el de sufrir las iras de un senador deslenguado, como bajo la dictadura, cuyo hostigamiento era notoriamente más severo. Y conforme a esa norma acepto ser juzgado.

Ello significa que, en muchas ocasiones –no siempre, porque no siempre nos ha ido ni va a irnos mal– he de permanecer en el depreciado gremio de los pronosticadores pesimistas. De frente a ello, buscaré consuelo en la compañía en que ese compromiso me coloca. Jeremías enseñó que la señal de los falsos profetas consiste en su tendencia a asegurar que todo irá bien. Sus palabras fueron: “Pretenden curar el mal de mi pueblo como cosa leve, y dicen ¡paz, paz!, cuando no ha de haber paz.” (Jer. 6-14, ed. BAC). No se me oculta la infinita distancia que separa a quienes Dios designó sus portavoces de los que para trasmitir no tienen más que el menguado producto de su endeble razón; pero, de todos modos, es un hecho que, cuando sufro persecución, o la husmeo, aquella voz interior de que les hablaba me alienta diciendo: “¡Adelante!, estás en buena compañía.”

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