El presidente de la República ha tenido gran éxito en desarrollar una relación de amistad con su colega de EEUU, George W. Bush, así como con varios miembros de su familia. Es de alto interés para los uruguayos que Jorge Batlle extraiga de esa realización, que debe ser la joya de su gestión hasta el presente, el mejor resultado posible.
Así reflexionaba yo días atrás, al leer el mensaje anual de Bush al Congreso y a toda la nación norteamericana, que por allí llaman State of the Union. Suponía yo que Batlle lo habría leído antes que yo, con el interés especial que toda persona pone en las palabras de un amigo que estima y que se halla en una situación semejante a la suya propia. Especialmente, en primer lugar, me parecieron sumamente relevantes algunos fragmentos relativos a los impuestos y a las pequeñas empresas.
Dijo Bush: “Para sacar a nuestra economía de la recesión, pusimos en práctica el mayor alivio impositivo en toda una generación”. E igualmente oportuno estuvo cuando destacó la relación entre el fomento del empleo y los impuestos. Dijo así: “Los empleos se crean cuando la economía crece; la economía crece cuando la gente tienen más dinero para gastar e invertir; y la manera mejor y más justa de asegurarse que la gente tendrá ese dinero es ante todo no quitársela con impuestos”. Pese a los enormes problemas de política internacional que rodean a Bush, él se hizo tiempo para tratar en primer término y con toda calma esta otra clase de asuntos.
Es digno de ser especialmente resaltado el énfasis que puso Bush sobre el papel de las pequeñas empresas en el contexto económico general. Expresó que, con el desempleo en alza, los EEUU necesitan que más pequeñas empresas, de modo que inviertan y pongan al frente de sus locales letreros que digan: “Hay vacantes”. Y anunció que el plan que estaba presentando mejorará sustancialmente el balance de 23 millones de pequeñas empresas.
¿Cuándo oiremos aquí al gobierno hablar de baja de impuestos? ¿Cuándo nos enteraremos de un proyecto para promover la actividad de las PyMEs, cuyo papel en el empleo de mano de obra tan bien comprende el amigo de Batlle? ¿Cuándo se cambiará el objetivo básico de la política económica? Para Bush es éste: “Debemos tener una economía que crezca lo suficiente como para emplear a todo hombre o mujer que busque un empleo”. En lugar de ello, nuestro objetivo esencial es: el Estado debe intervenir en la economía cuanto sea necesario para asegurar el mantenimiento del empleo a todos los que sean funcionarios públicos.
¿Cuándo oiremos hablar a nuestros gobernantes de rebajar los impuestos? Una única vez oímos a Batlle sostener que si se cerrara la planta de la Teja e importáramos combustibles ya refinados podríamos reducir el precio de los combustibles un 20%. Eso sería en sustancia la rebaja de un impuesto implícito en el sobreprecio que Ancap recauda como monopolista, y es difícil encontrar otra medida individual que pudiese compararse con aquella en punto a asistir a la economía a recuperarse. Obviamente, sin embargo, los colaboradores del presidente deben haberle disuadido advirtiéndole sobre el riesgo político derivado de poner en peligro los empleos de los millares de funcionarios que trabajan (o hacen como que trabajan) en la refinería de La Teja. ¿Tendrá tranquila la conciencia el presidente habiendo mantenido de rodillas al país entero en homenaje a un puñado de privilegiados?
¿Hasta cuándo no se comprenderá que el trámite burocrático ideado según las normas de Felipe II para fundar una empresa son disuasivas para todos los inversores, pero estrictamente prohibitivas para las de menores recursos? ¿Cómo no se comprende que la renuncia por el Fisco a ciertos gravámenes le permitiría a éste resarcirse con ventaja si con ello entra un tropel de PyMEs al mercado?
Como dijo Bush en la ocasión prealudida: “Menores impuestos y mayores inversiones ayudarán a esta economía a expandirse. Más empleos equivalen a más contribuyentes y mayores ingresos para nuestro gobierno”.
Hechos así votos para que la amistad de Batlle con Bush surta efectos beneficiosos para nuestro país, conforme al potencial que, según mostré, posee en todo lo relativo al arte de gobernar, querría dar un vistazo general a la forma en que nuestro presidente se muestra inclinado a valerse de la inapreciable influencia que ha procurado para sí y para todos nosotros. Originariamente, Batlle intentó dirigir esa influencia hacia un objetivo benemérito, a saber, la firma de un acuerdo de libre comercio con EEUU, según las líneas del obtenido por Chile y Singapur. Actualmente, Jorge Batlle parece haber olvidado esa meta y está empujando con todas sus fuerzas en la dirección de obtener que el FMI deje de lado las objeciones que le merece la posición actual de Uruguay y su consecuente resistencia a liberar determinados fondos asignados a nuestro país, que alcanzan a US$ 3.900 millones según lo acordado en agosto del año pasado, ocasión en la cual nuestro gobierno, como es de rigor, asumió varios compromisos en el documento que se denomina “carta de intención”. El Fondo, creyendo que el país no va a alcanzar las metas fiscales convenidas, está exigiendo que las autoridades negocien con sus acreedores extensiones de los plazos de vencimiento, sin lo cual no podrá cumplir con sus compromisos.
El gobierno uruguayo insiste en que podrá pagar, enrostra al FMI por lo que entiende ser una injustificada rigidez, y está jugado a poner en movimiento sus influencias. En la opinión del comentarista, se trata de un error. El FMI acaba de concederle a Argentina la refinanciación de un vencimiento de US$ 6.000 millones bajo la presión del G7, suscitando la furia de Koelher y Kruger, presidente y vicepresidente del Fondo, por lo que ha sido una humillante desautorización. Es difícil que la Casa Blanca esté dispuesta a enfrentar una crisis en aquella institución por el caso Uruguay que, encima del problema central, muestra un total incumplimiento de los compromisos que hacen a reformas estructurales capaces, según el Fondo, de reactivar la economía y restaurar la viabilidad financiera de nuestro gobierno.
Nuestras autoridades han aducido que la renegociación de sus vencimientos mantendría a Uruguay fuera del mercado de crédito voluntario por décadas. La experiencia, inclusive la nuestra después de haber renegociado la deuda bajo el Plan Brady, muestra algo por completo diferente. El reingreso del país a los mercados de capital no depende de una situación de todos conocida, imputable en buena medida a factores exógenos, sino de que realicemos o dejemos de realizar las reformas estructurales que el FMI nos exige, y nuestro propio interés doblemente, y así abandonemos la condición de inviabilidad de nuestro sector público. Mientras tanto, debemos avenirnos a las condiciones del Fondo, ciertamente rehuir un enfrentamiento que puede concluir para nosotros con una debacle, y volver el presidente a redirigir sus inapreciables influencias en Washington hacia el objetivo indiscutible del tratado de libre comercio con EEUU.