El Presidente que perdió el tren

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PROMETIÓ A LA CIUDADANÍA “UN GOBIERNO DIVERTIDO” Y YO, QUE ESPERABA OÍRLE HABLAR DE “SANGRE, SUDOR Y LÁGRIMAS”, ME QUEDÉ DE UNA SOLA PIEZA.

En la campaña electoral Jorge Batlle dijo que estaba en la estación Carnelli. Ésta era la última estación de ferrocarril antes de llegar a la Estación Central en Montevideo. Quiso decir que la idea de presentarse a una reelección en 2009, para gobernar de 2010 a 2014, por obvias razones de edad, no se le ocurriría. Por lo tanto –colijo yo, y presumo que Batlle esperó que la ciudadanía coligiera– que no encararía la presidencia con la preocupación de incrementar su capital electoral. La alternativa era clara: su esfuerzo no tendería a cortejar el juicio favorable de sus conciudadanos sino el de la Historia. Lo que, a su vez, significa que se concentraría en el cumplimiento de su deber; es decir –interpreto yo– que pondría toda su creatividad y capacidad de liderazgo para sacar al país de la modorra secular en que yace, de paso también de la crisis, y ponerlo camino a la reconquista de su eminente pasado. Pues bien, si estoy en lo cierto, al contemplar la gestión del hoy primer mandatario, hay que concluir que se bajó en Carnelli, tal vez para reflexionar sobre el corto pero trascendental tramo de viaje que tenía por delante, mientras estiraba las piernas y, sumido en sus profundos pensamientos, perdió el tren.

¿Por qué lo digo? Pues porque no creo que el tren en que nos desplazamos contenga nadie empeñado en los trabajos hercúleos que Batlle proyectaba acometer mientras el convoy avanzaba hacia Central. Dejando ahora lo metafórico de lado, preguntémonos cómo es que se distingue a un presidente que no piensa más que en engrosar su caudal de votos, de otro que sólo se inquieta fundamentalmente por el bien de su país. Para algunas visiones extremistas de la democracia, no se distinguen en nada, ya que el deber del presidente consiste precisamente en hacer lo que el pueblo quiere. ¿Acaso –arguyen los de ese talante- no solemos referirnos al jefe de gobierno como al “primer mandatario”? Y el deber del mandatario –del primero al último– ¿no consiste en hacer la voluntad de sus mandantes? Pero mi visión del gobernante que se entrega a su deber no es el de aquél que impone a la ciudadanía su propia voluntad por la fuerza, sino que logra persuadir a la mayoría acerca de lo que su visión particularmente penetrante le ha permitido divisar como el bien de la Patria. Es quien lidera y persuade

Esa segunda concepción de la democracia es menos igualitaria y admite en su seno al conductor, que es elevado al poder por el voto de los ciudadanos pero después los guía a ellos. Es como nos participa Tucídides en su Guerra del Peloponeso: “Pericles, debido a su posición, su inteligencia y su reconocida integridad, podía respetar la libertad de la gente y al mismo tiempo mantenerla bajo control. Era él quien los conducía, más bien que al revés ... De modo que, en lo que nominalmente era una democracia, el poder estaba realmente en manos del primer ciudadano”.

A mi modo de ver, en la situación en que Batlle encontró al país al asumir el mando, la versión igualitaria del gobierno democrático no era viable. Esa situación tenía dos componentes: por un lado, un endeudamiento peligrosamente alto, heredado de su predecesor, que requería medidas inmediatas si se quería evitar un default; el otro consiste en una burbuja en Brasil y Argentina repleta de precios ampliamente superiores a los equivalentes internacionales, mantenida gracias a la escasa apertura de sus economías, en la cual Uruguay se había infiltrado y en cuyo propicio ambiente venía creciendo a tasas elevadas; hasta que Brasil hizo estallar la burbuja al flotar el real en enero de 1999. El resultado de esto último terminó en una fuerte deflación de los precios internos en dólares, con los consiguientes efectos recesivos sobre la economía, incluyendo muy especialmente al sector crédito, agravándose la dificultad de los deudores en moneda extranjera para cumplir sus obligaciones, incluso –notablemente– la del sector público.

Batlle asume el mando en esa situación crítica, enormemente comprometida. La dificultad de la tarea con que el destino lo desafiaba no se puede exagerar. La única ventaja que el panorama le ofrecía era la clara visibilidad de los obstáculos que enfrentaba. La posibilidad de que no los haya percibido puede descartarse. Sin embargo, desde la transmisión del mando en adelante, y hasta hoy, no hay el menor signo de que, en algún momento, cobró conciencia del intríngulis en que se había metido. Al respecto, lo único que puedo trasmitirle a los lectores es mi perplejidad. El tema de la enorme complicación económica en que habíamos caído estuvo ausente de su discurso de asunción. Prometió a la ciudadanía “un gobierno divertido”. Yo, que esperaba oírle hablar de “sangre, sudor y lágrimas”, me quedé de una sola pieza. Por aquel tiempo escribí que la suerte del gobierno se jugaría en el presupuesto, en cuya oportunidad habría que intentar una reforma a fondo de la estructura del Estado, sobre la base de proclamar, como los franceses antes de Valmy, “la Patria está en peligro”, y con el objetivo de reducir el Estado al tamaño requerido por la supervivencia del país. En lugar de ello, el presidente mostró una gran liberalidad con los dineros públicos, que en realidad no tenía en el cofre. La única iniciativa que traía en la maleta al ascender al sillón presidencial fue la de la Comisión de la Paz, que podrá estar todo lo bien que ustedes quieran, pero no tenía absolutamente nada que ver con el problemón que se le venía encima. Es verdad que, como prometer, a lo largo de sus tres años en el poder prometió varias veces que en aquel año en particular, se abocaría a grandes reformas estructurales, en particular a la eliminación de monopolios y regulaciones obstructivas de la competencia. Pero las promesas se las llevó el viento

No entiendo qué es lo que puede estar pasando dentro de su cabeza. Más aún, me cuesta enormemente hasta formular una hipótesis acerca de lo que puede haberle acontecido. Les voy a decir lo único que se me ocurre. Jorge Batlle es un político avezado. Merced a sus conocimientos y a su agudeza sabía que la clase de cirugía institucional en que muchos estaban pensando –yo entre ellos–, era completamente impracticable. “Sabiendo eso”, se habría dicho, “¿por qué voy a meter la cabeza dentro del picadero?” Lo que haría sería tratar de unir a los diferentes bandos del país, entre sí y también con él, y confiar en que la gente creería que las calamidades que iban a abatirse sobre nosotros serían las consecuencias de una larga racha de mala suerte, que un día u otro a terminaría. Por improbable que esto suene, es lo único que puedo imaginar

En todo caso, lo que –en mi hipótesis– él habría ideado, no se concretó. La imagen importante con la que conquistó la Presidencia, se hizo añicos. Lo que la gente piensa ahora es cómo va a pasar los dos años de presidencia de Batlle que todavía les quedan por delante. Y como yo, tampoco ellos pueden imaginarlo. ¿Sería posible convencerlo de que está realmente en Carnelli y de que se suba al último tren? Yo ya he perdido las esperanzas, pero nada me gustaría tanto como equivocarme. Lamentablemente, cada día me parece más claro que, lejos de sentirse en Carnelli, Batlle se imagina a sí mismo en Bella Unión.

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