Era 1938. Tras un vuelo desde Munich, el primer Ministro británico, Neville Chamberlain, llegaba al aeropuerto de Londres, donde lo aguardaba una multitud. Aclamaciones al verlo salir a la escalerilla de la aeronave. Chamberlain eleva su brazo derecho, agitando un trozo de papel. “¡Paz en nuestro tiempo!” exclama, y redoblan los vítores. Ellos sabían que aquel papel, que Hitler había rubricado, contenía lo que pasaba por ser una garantía de paz. Los horrores de la guerra, frescos en la memoria de muchos, tras sólo veinte años desde Versalles, no se abatirían nuevamente sobre Europa. Checoeslovaquia estaba siendo entregada al imperialismo nazi, cierto, pero ningún precio lucía excesivo para comprar paz.
No participaba del mismo sentir Winston Churchill, desde su retiro de Chartwell, la casa de campo donde pasaba su exilio político. El partido Tory le había hecho el vacío por su política antinazi, más concretamente por su disposición a usar la fuerza para detener el avance germano, que veía dirigido hacia una hegemonía mundial. A raíz de la militarización de la Renania, en violación de Versalles, cuando el armamento de Alemania era incipiente, había querido la guerra. Lo mismo cuando la anexión de Austria, lo mismo con el ataque contra los Sudetes y, finalmente, con la absorción de toda Checoeslovaquia. Churchill, se habrán dicho muchos, era un belicista. Hitler también, no podía dejar de reconocerse; pero, sea como fuere, se trataba de dos hombres de la misma laya. No dudo de que no habrá dejado de recurrirse al mismo refrán: Dios los cría y ellos se juntan.
Estas reminiscencias me las ha suscitado el caso de Irak. En muchas de las posiciones adversas a la intervención militar que promueve Bush desempeña un papel importante el rechazo absoluto a la guerra, al menos como medio preventivo contra una amenaza. Los restantes argumentos se dividen en cuatro clases: primero, la descalificación “a priori” de Bush en base a que su verdadera motivación es la de apoderarse del petróleo iraquí, o aduciendo su incapacidad para distinguir la verdad objetiva de la fe religiosa, aun en materia de asuntos temporales; en segundo lugar, la probabilidad de que el ataque pudiera surtir efectos deplorables, como el de atraer contra Occidente el odio exasperado de miles de millones de musulmanes, o –especialmente para los estadounidenses– la declinación de las libertades individuales, compañera inevitable de la guerra; en tercer lugar, la falta de pruebas en soporte del alegato contra Saddam Hussein, o su insuficiencia; y, finalmente, el argumento de oportunidad, según el cual habría que darle más tiempo a los inspectores de la ONU y ampliar las oportunidades de diálogo. Una posición basada en cualquiera de estas clases de objeciones podrían ser la base de una oposición consistente contra la guerra. No podría serlo –es la tesis que intento proponer a mis lectores– otra basada en el horror inherente a la guerra.
En mayor o menor grado todas las cuestiones de esas cuatro clases son debatibles. Personalmente, tengo opinión formada sobre ellas, por más que con distintos niveles de convicción; sin embargo, no me siento inclinado a tomar la pluma con el ánimo de atraer al lector a mi postura. Lo que sí me ha movido a elegir este tema es la certeza de que en el mundo entero la opción se está tomando en función de una comparación entre la guerra y la paz como ámbitos de vida humana, que en modo alguno es el eje de lo que se discute. Así, las fotos tomadas en las grandes ciudades del mundo muestran pancartas y banderas rodeadas de multitudes, donde lucen las palabras Paz, Pace, Peace, Paix, Frieden, Mir. Tras ellas, sin consideración a las cuestiones problemáticas que encierran la verdad de este enfrentamiento, marchan las masas.
Las encuestas muestran por doquier amplias ventajas a la posición contraria a la guerra. Pero lo que debía preguntársele a los encuestados no es si están a favor o en contra de la guerra, sino de esta guerra, en particular, referida al fin con que sería entablada, que precisamente consistiría en evitar una guerra peor. La paz no es, en sí misma, una garantía contra la guerra. Cuando Chamberlain exhibía el tratado de Munich ante las masas en Londres, no les mostraba –como él creía, y con él los manifestantes– una garantía de paz, sino de guerra, y una guerra peor a la que se había pospuesto, contra un enemigo al que le habían concedido más tiempo para rearmarse
Si a los que ahora responden a los encuestadores que prefieren la paz se les interrogase lateralmente sobre cómo habrían votado frente a la interrogante entre la guerra y la paz durante la conferencia de Munich, casi seguramente se habrían volcado sólidamente a favor de la guerra inmediata. La gran diferencia, por supuesto, es que en esa hipótesis estarían jugando con las cartas vistas. Con la ventaja de la retrovisión, ahora se puede saber qué clase de monstruo era Adolfo Hitler, y que una guerra para detener su carrera criminal en la mayor escala posible estaba ampliamente justificada. Cuando estaba reunido con Chamberlain y Daladier, la posibilidad de que su única preocupación fuese la de proteger a una minoría germánica contra la discriminación que supuestamente sufría en suelo checo, y de que allí concluiría su expansionismo, como prometía, no podía descartarse con la misma seguridad que más tarde. Pero de todos modos, estudiando los antecedentes, casi sencillamente leyendo Mein Kampf, era ya posible para todos brindar el apoyo a Churchill. Sólo una ínfima minoría lo hizo.
No pretendo que Saddam Hussein sea otro Hitler, pero, en tanto que invasor de Irán, más tarde del indefenso Kuwait, sin otra causa que apoderarse de su petróleo, si reparamos además en el tratamiento salvaje que ha deparado a la minoría kurda de Irak, y su actitud no menos cruel frente a sus propios disidentes iraquíes, es posible concordar en que nadie podría discutirle un lugar destacado en la historia mundial de la infamia. Si bien ello no vuelve ocioso examinar los argumentos que, como vimos, se formulan contra la iniciación de una guerra preventiva contra él –el ser alguien un asesino consuetudinario no implica que haya sido responsable de un homicidio determinado– los antecedentes de Hussein no permiten descartar in limine litis la acusación que contra él deduce Bush ante la ONU y la opinión pública mundial.
Mi exhortación al lector es, pues, sencilla: antes de inclinar su juicio hacia la guerra preventiva o hacia la paz, examine los argumentos que desde lo más variados orígenes se han formulado contra la solución bélica. Pero en manera alguna se deje convencer que su veredicto debe basarse en sus preferencias entre la guerra y la paz en sí mismas. Dicho de otro modo, emita su juicio en cualquier caso como el amante de la paz que debe ser; pero consciente de que la paz alcanzable sería estrechamente transitoria, y que no esa la que en realidad deseamos.