Lula ... ¿Neoliberal?

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SI BUSCA LA CONFIANZA DE LOS AGENTES PARA QUE INVIERTAN Y GENEREN EMPLEOS, LANZARSE A UNA REFORMA AGRARIA Y A UN GRAN GASTO SOCIAL SIGNIFICARÍA DESTROZAR SU PROPIA ESTRATEGIA.

El 60% de los empresarios está satisfecho con Lula: 57% califican de “bueno” a su gobierno y 3% de “muy bueno”. En cambio los Sin Tierra dan señales de inquietud y los sindicatos –especialmente el de los funcionarios públicos– objetan la dureza de las medidas que se proponen para corregir el déficit de 18 mil millones de dólares de la seguridad social. El real se apreció cerca de 15% en lo que va del año y casi 10% en abril solamente. Ello indica que la inflación va a abatirse rápidamente y los consumidores de todos los estratos sociales van a estar contentos. Los tenedores de bonos del gobierno, por obvias razones, celebran la caída del riesgo país, el cual pasó a su nivel más bajo en un año, mientras el peligro de default parece desvanecerse. Los organismos internacionales, FMI por supuesto incluido, se muestran encantados. A los gobernadores de los 37 estados, que tantos dolores de cabeza causaron a Cardoso, parece habérselos puesto en un bolsillo. ¿Quiénes, diría uno, van a estar descontentos? Pues, el tercio de la población (57 millones) que viven con 75 dólares o menos por mes y se acuerdan del plan Hambre cero del que Lula les hablaba siendo candidato, y no ven que ahora regrese al mismo tema; las multitudes del Movimiento de los Sin Tierra, que también se sienten olvidados; y los dirigentes sindicales, que se acuerdan de que Lula habló de renegociar la deuda, mientras que ahora se desvive por hacer buena letra para el FMI.

¿Cuál es el juego de Lula? Una posibilidad es que quiera hacer las cosas por partes: primero recuperar el equilibrio de la economía y recuperar la confianza de los inversores extranjeros y después ocuparse de los programas para los Sin Tierra y para los que no encuentren solución en la reforma agraria. Ésa parece ser la interpretación del periodista de El Observador del domingo pasado que, en una nota de la que tomo la mayoría de los datos para este artículo, le puso a una foto de Lula un subtítulo que dice: “El presidente busca que los números también cierren en lo social”. Pero el artículo no cita ni una sola palabra del presidente en tal sentido. Es más, si hoy Lula busca la confianza de los agentes que pueden invertir, emplear gente y revitalizar la economía, lanzarse a una gran reforma agraria y un gasto social sin tasa ni medida significaría destrozar su propia estrategia

Qué ocurriría si Lula se queda en el éxito de una política tradicional, dirigida básicamente a los que de alguna manera ya están integrados en la economía brasileña, digamos, a los dos tercios superiores de la sociedad. A medida que crezca la demanda por mano de obra, el resto también recibirá algún beneficio. Pero, dada su educación precaria y falta de hábitos de trabajo, les tocará un simple goteo de la prosperidad de que los primeros disfrutarán, y su plena integración en la surgiente economía brasileña sería cosa de dos o tres generaciones. ¿Se imaginan a las masas desheredadas brasileñas, después de haber llevado a Lula al éxito político, contentándose con recibir las migajas del banquete de los de arriba? Por más que entre éstos se encuentren muchos millones de trabajadores. ¿Cómo recibirán los de abajo la preocupación de Lula por el déficit fiscal, por el pago puntual de la deuda, por el respeto del gobierno hacia las tasas de interés? ¿Cuánto los satisfará el conjunto de cifras que su presidente estará mostrando exultante, si su propia condición vital apenas ha cambiado?

¿No sentirán acaso que se les ha birlado la revolución, en la cual su propia mejoría no vendría de una supuesta mejora de la economía, hacia la cual ahora con gran esfuerzo podrán incorporarse en los estratos más modestos, sino de la distribución de la riqueza? Si se les responde que el bienestar del pueblo brasileño pasa por el buen funcionamiento de la economía, ¿no se sentirán transportados de vuelta a las épocas en que la prosperidad brasileña era algo que ellos solo percibirían en las pantallas de televisión?

El retrato hipotético que he estado trazando de Lula es el del personaje que la izquierda sataniza y caricaturiza, llamándole “neoliberal”, sin que el prefijo “neo” represente nada, a no ser su culto al dinero y su diabólica falta de corazón; pero el liberal auténtico comparte con aquel personaje de ficción la creencia de que no hay otra manera de combatir a la pobreza que hacer funcionar la economía, fomentar la inversión, mantener una moneda sana, y respetar los incentivos que llevan a la gente a trabajar duro y asumir riesgos. Y si bien el liberal –que ponga el prefijo quien le plazca– no rechaza las políticas sociales, ve en ellas medidas de solidaridad ante casos aflictivos, más bien que medios para eliminar la desigualdad o el pauperismo. De modo que, en su ideal de prosperidad para todos, la clave se halla en el crecimiento de la productividad y el avance general de la economía. En términos más llanos, se halla en agrandar el tamaño de la torta y no en variar el tamaño de las porciones

Si Lula comparte ese punto de vista, debe a la sazón saber que las promesas a los Sin Tierra, y los planes de alimentar debidamente a 57 millones de sus compatriotas mediante transferencias es irrealizable, y la mera tentativa de hacer lo, y haberse puesto a gastar miles y miles de millones de dólares sin ningún retorno permanente, sería inconsistente con los objetivos de buena administración que han caracterizado sus primeros meses en el cargo. Yo hago votos porque siga por el mismo camino por donde ha iniciado su derrotero, pero no es posible silenciar los problemas éticos y políticos que plantea practicar la democracia según ese estilo. Pensemos que un candidato tiene una idea clara sobre qué es lo que su país requiere que el gobierno haga, y otra idea parejamente transparente de que no es esa clase de propuesta electoral la que podría darle la victoria en las urnas. ¿Debe entonces ofrecer lo primero, y después hacer lo segundo? ¿No implica ello la cabal tergiversación del sistema republicano democrático? Y, de ser así, ¿deberíamos preferir que el país se arruinara por muchos años y la población sufriera penurias sin fin, pero se respetase el principio de que cada candidato está indisolublemente comprometido con su campaña electoral? Sobre esto último, pienso que no, pero creo que un gravísimo conflicto moral queda por resolver.

En lo que concierne a nuestro país, de aquí en más vamos por supuesto a escuchar con atención cuanto Tabaré Vázquez diga sobre la gestión de su colega brasileño, y él mismo, sin duda, deberá reflexionar profundamente, junto con sus allegados políticos, acerca de lo que ha de declarar. No es una complicación menor saber que el pueblo estará usando el caso brasileño como cartabón para interpretar su campaña. Es muy probable que un discurso radical –en el sentido que el de Lula lo fue– esté destinado a ser archivado en cuanto el FA esté en el poder, como hizo (según por el momento ha dado a entender) su par brasileño. A la vez es análogamente probable que un discurso moderado sea interpretado como una finta para ganar las elecciones y después dar rienda suelta a presuntas inclinaciones radicales. En una palabra, los períodos preelectorales nunca nos han ilustrado mucho sobre lo que vendrá, pero el de 2004 probablemente lo haga menos aún que los precedentes.

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