Hay dos razones para no dejar uno que pase mucho tiempo sin aplicar la lupa a la izquierda política: la primera, que se trata de una realidad proteica, que cuando creemos haberla atrapado en nuestra red conceptual, súbitamente se transmuta y tenemos que empezar de nuevo. La segunda es que, en nuestro rincón del mundo, la izquierda no sólo se ha repuesto de la caída del muro de Berlín, sino que es cada vez más importante. Kirchner y los invitados a su inauguración presidencial, más las perspectivas electorales de Uruguay, irresistiblemente le hacen a uno pensar en un eje Castro – Chávez – Lula – Tabaré – Kirchner. Considérelo con un mapa a la vista y vea si puede permanecer indiferente
Me adelanto a una probable objeción: que Lula ya está jugando otro partido y que es de esperarse que atraiga a Tabaré (llegado el caso) y a Kirchner a su cancha. No puede excluirse esa alternativa, pero ella engrana con el carácter proteico de la izquierda. En enero 23-28 de este año se reunió en Porto Alegre el 3er. Foro Social Mundial, en el cual las manifestaciones de Lula no apuntaron en la misma dirección de su reciente política económica. Un despacho de la agencia Cub-Dest de principios de febrero, luego de destacar el papel proyectado para ese evento, de constituirse en un poderoso catalizador revolucionario, recoge declaraciones del presidente de Brasil ante la multitud que lo ovacionaba: “Tengo la nítida noción de cuánto nuestra victoria representa de esperanza no sólo en Brasil sino también para la izquierda del mundo entero y sobre todo para la izquierda en América Latina”. Y, al concluir: “El Foro Social Mundial es el mayor evento político realizado en la Historia contemporánea. Y no tengo ninguna duda de que va a contribuir de manera decisiva para que podamos transformar la Historia de la Humanidad”. ¿Les suena como que Lula se convirtió al neoliberalismo?
De cualquier manera –ya sea el Lula auténtico el que habló en Porto Alegre, mientras el de Brasilia está cumpliendo una etapa necesaria pero transitoria, como la NEP de Lenin, o, inversamente, que el verdadero sea el actual y el de Porto Alegre un actor en busca de aplausos– el hecho es que una enorme cantidad de paquetes ideológicos caben bajo el paraguas llamado “izquierda”. Sería muy curioso que los envoltorios no contuviesen algo en común, pero qué pueda ser ello no es fácil de determinar. Un candidato obvio es la oposición al liberalismo (“neoliberalismo” para ellos). Sin embargo, por esa vía caen en tremendas contradicciones. Un caso ilustrativo lo encontramos en una entrevista a José Nunes sobre el Foro de San Pablo (El Observador 21/10/98). Nunes, a la sazón secretario de propaganda del Partido Socialista del Uruguay, sostuvo que la oposición al “neoliberalismo ... es un factor unitario muy poderoso”. Cuando el entrevistador le observó que “un lazo de unión por la negativa” carecía de sentido, Nunes propuso el “progresismo” como denominador común positivo, entendiendo por tal “un sistema social y económico en el cual el énfasis esté puesto en lograr el bienestar de la gente”. En seguida admitió que un neoliberal también piensa que su proyecto va a lograr el bienestar de la gente, pero “yo compruebo que eso no es así”. Para poder sostener lo cual tendría que cumplir la imposible tarea de negar el fracaso del socialismo real en Rusia, Europa Oriental, gran parte de Asia y de África, aparte de Cuba, en cuanto a lograr el bienestar de la gente, a la vez que probar lo contrario en relación a EEUU, Canadá, Europa Occidental, Australia, Hong Kong, Taiwan, Singapur, adonde todos los habitantes de los países donde aun rige el socialismo real emigrarían, si los guardias fronterizos de sus “mundos felices” no tuviesen enfiladas sus armas contra los que quieran salir en lugar de contra los que quieran entrar
Si, según creo –con argumentos que he esbozado, y que no creo rebatibles– no hay un denominador común ideológico racional en la izquierda hoy en día, y, puesto que en el mundo real hay algo que todos llamamos “izquierda”, se infiere que la argamasa que la mantiene unida no es de carácter intelectual sino emocional, y no costaría mucho demostrar que ella consiste sobre todo en un complejo de odios, rencores y resentimientos, con distintos grados, entre unos y otros grupos, de intensidad pasional. Debe quedar entendido que lo dicho se refiere a la época actual, en la cual el marxismo ha sido concluyentemente desmentido, en aspectos fundamentales, tales como la inevitabilidad de una revolución proletaria en los países capitalistas (de hecho nunca ha habido una revolución socialista en un país capitalista, ni existe de ello la más ligera perspectiva), la desecación y subsiguiente desaparición del Estado luego de un lapso de dictadura (de hecho donde ha habido dictadura marxista–leninista el Estado y su tiranía invariablemente se han fortalecido), y la posibilidad de una planificación centralizada eficiente capaz de remplazar al sistema de mercados libres (habiendo tal vez constituido el fracaso rotundo de aquélla la razón principal del colapso del socialismo real en todos los países donde rigió). O sea los tres aspectos que otrora suministraban a la izquierda el núcleo de su contenido ideológico propiamente dicho.
Este enfoque me hace traer a colación la sentencia del norteamericano James R. Lowell: “Entre las lecciones que nos dejó la Revolución Francesa ninguna más triste ni más terminante que ésta: que se puede hacer con las pasiones humanas cualquier cosa, menos un sistema político que funcione.” También gracias a esta perspectiva podemos comprender la enorme variedad de grados de radicalismo que encontramos en la izquierda de hoy en día, sin ir más lejos en nuestro país. Sería en vano buscar la diferencia en el contenido ideológico de los distintos grupos, ya que con frecuencia carecen por completo de tal cosa. Mi hipótesis es que, cuanto más reducido el contenido ideológico, mayor la intensidad de sus componentes pasionales –mayores sus odios y resentimientos– y entonces mayores también sus radicalismos
En cuanto a la magnitud del radicalismo, no parece haber límites. El grupo que ganó las elecciones en Adeom hace pensar en los extremistas de la Revolución Francesa, tales como les enragés (los rabiosos). Entre ellos Manuel Netto (alias “Soviético”), entrevistado por El Observador (17/05/03) señaló, a título de razón por la cual le gritaran “canceroso” a un director de la Intendencia, que “esos directores, que se denominaron clasistas y revolucionarios, son los que están acomodados y se llevan 50.000 o 60.000 por mes, ...(ellos) pasaban delante de los compañeros y ... nosotros somos de carne y hueso... Creo que un insulto fue lo mínimo que se pudo haber dado.” El Frente Amplio contiene otros grupos radicales, que de rebote ahora exhiben un perfil relativamente moderado. No sé si eso les preocupa; pero, de ser el caso, pueden sentirse confortados sabiendo que el extremismo de la nueva camada obedece solamente a que sus motivaciones contienen todavía más pasión y menos racionalidad que las suyas propias.