La otra noche, en una sesión de zapping ante mi televisor, me topé con un programa en el que estaban interrogando a un economista. Este aseguraba que, en sus apariciones públicas, invariablemente hacía los mayores esfuerzos para transmitir a sus oyentes mensajes que les infundiesen tranquilidad y optimismo. Según el giro que tomaba su discurso cuando pasé al canal siguiente, pienso que intentaba declarar que en el momento no le resultaba fácil cumplir su propósito; pero no es eso lo que ahora me concierne. Deseo, en cambio, revelar a mis lectores que no siento ese impulso, ético o humanitario, de pintarles una imagen luminosa del futuro cuando la razón y los hechos me dicen que el horizonte se cubre de nubarrones. No es que me plazca arruinarles el fin de semana a mis lectores con malos presagios, pero sí que mi compromiso con ellos es de sinceridad. O digo lo que pienso, o me callo. Si algún día leen en mi columna que nos va a ir mejor, será porque lo creo; nunca sólo para levantarles el ánimo.
Sin duda eso tiene en raíces en mi manera de ser, pero también es un reflejo de mi concepción de la sociedad. Pienso que ésta necesita de gente que escrute el camino que la comunidad sigue, el cual cada individuo, enfrascado en lo suyo, no puede discernir, y que pronostique en consecuencia el destino que le espera al conjunto, con el objetivo que corrijan los errores. En este plano mi paradigma son –sin que ello signifique que confunda el plano en que se movieron con el mío– los profetas de Israel. Pienso que, entre los distintivos más singulares del pueblo hebreo se halla el haber albergado a hombres que oficiaban de conciencia de la sociedad y, enrostrándole sus faltas, sin inhibirse por el peligro que su actitud les reportaría, le auguraba las duras consecuencias que se habían generado. Me pregunto quién o quiénes podrían desempeñar en nuestras sociedades de hoy algo así como el papel que ellos cumplieron en su tiempo y en su medio. Y se me ocurre que la prensa ha llenado a veces ese vacío y podría hacerlo más y mejor. No fuere a ser que la profecía de uno de aquellos pudiese aplicársenos: “Por eso está en luto la tierra y desfallecen cuantos en ella moran... Pero nadie protesta, nadie reprende.” (Oseas: 4, 3-4).
Ahora bien, los profetas de Israel se dividen en auténticos y falsos. Jeremías se ocupa reiteradamente del tema. ¿Cuál es el criterio para separar el trigo y la cizaña? “La respuesta de Jeremías”, sostiene Reinhold Niebuhr, “es que el falso profeta traiciona su ministerio ofreciendo falsa seguridad al pueblo”. Dice el texto bíblico: “Pretenden curar el mal de mi pueblo como cosa leve, y dicen ¡paz, tendréis paz!, cuando no ha de haber paz.” (6-14).
Los hebreos solían matar a sus profetas genuinos. Por fortuna, las costumbres se han dulcificado sensiblemente desde entonces. En Uruguay, un periodista que anuncia alguna clase de calamidad –verbigracia, predice que no se va a poder pagar la deuda pública– por ahora no arriesga más que ataques verbales, orales o impresos. Yo puedo vivir con eso sin mayor dificultad. Cuanto querría saber es qué es lo que los críticos esperan que uno haga cuando ve venir un desastre y todo el mundo mira para otro lado. ¿Cómo vamos a poder superar el trance en que nos hallamos si, como vimos que lamentaba Oseas, “nadie protesta, nadie reprende”?
Cuando Jorge Batlle asumió la Presidencia yo escribí que la suerte de su gobierno se jugaría en el presupuesto nacional, cuyo proyecto debía ser enviado al Parlamento antes del fin de agosto de 2000. Lo que el país necesitaba era un presupuesto, no sólo drásticamente austero, además que tradujera una visión revolucionaria de la estructura del sector público. Si alguien objeta que una reforma que redujese las funciones del Estado y su tamaño, y previese la privatización de empresas públicas, no debería llamarse “revolucionaria” sino “reaccionaria”, me importa un comino. Esa es la clase de presupuesto que precisábamos, no sólo para eliminar el déficit, lo cual era, y sigue siendo, imperativo, sino –sobre todo– para recuperar la confianza de los inversores de dentro y de fuera, aumentar la productividad media de los recursos productivos, poner al país en marcha, combatir la pobreza y –sí, aun reduciendo sustancialmente la plantilla del sector público– reducir el desempleo. Todavía había tiempo para evitar el default, pero, por más que mi voz, por supuesto, no fue la única que se alzó en tal sentido, el coro de los que reclamábamos, flaco en sí mismo, no logró despertar ecos. El proyecto del presupuesto fue ordinario, sin la menor señal de que el gobierno percibía el tembladeral en que nos hundíamos, y la flexibilidad que el Ejecutivo dispensó a las demandas de los legisladores por mayores aumentos de los gastos terminó sellando la suerte de nuestras finanzas y nuestro crédito público por mucho tiempo. Pena que, en todo nuestro mundo político, y en la enorme mayoría de la prensa, oral, escrita y televisiva, nadie protestó, nadie reprendió
El último episodio en esta trágica historia, por ahora, es el consejo abierto a las autoridades uruguayas, impartido por la cúpula del Fondo Monetario Internacional, instándoles a reducir sin más demora el tamaño del Estado y encareciéndoles otorgar primera prioridad a persuadir a la ciudadanía de la necesidad de privatizar empresas públicas. El medio político persistió en hacer oídos sordos a toda propuesta de acción en aquel sentido y la prensa, si bien informando, ciertamente no apoyó la reiterada iniciativa del Fondo, ni contribuyó apreciablemente a que se encendiese una luz de alerta en nuestro tablero, sobre el significado del mensaje. En efecto, quien piense un instante no puede interpretar éste como una mera exhortación stricto sensu, cuando la ocasión para una comunicación de tal índole sería un contacto personal, tal vez durante una comida o compartiendo un trago, en todo caso en manera de preservar la confidencialidad de la admonición. Parece evidente que, entre líneas, hay que leer que la paciencia del Fondo está llegando a su límite, y que la entidad no puede dejar que acuerdos debidamente documentados sean indefinidamente ignorados por un país en particular, sin de resultas perder autoridad urbi et orbi. Máxime que la presunta “imposibilidad política” que debe estar invocando el gobierno uruguayo indiscutiblemente precedió largamente la celebración del acuerdo.
¿Hago bien en suscitar una nueva inquietud en alguna zona de la opinión pública, apuntando a la posibilidad de una nueva crisis financiera, mientras nuestra mentalidad colectiva se recrea con la contemplación de los primeros brotes de lo que confiamos sea una coyuntura expansiva? Muchos pensarán que no: que el deber de los comunicadores es fortalecer la confianza pública, permitiendo así echar raíces a la planta incipiente que recién comienza a verdear. Sin embargo, ya sabe el lector que ni mi vocación ni el contrato que yo entiendo haber celebrado tácitamente con mi público hacen viable esa posibilidad. Alguien tiene que protestar, alguien tiene que reconvenir. La voz que resonó en el alma de Oseas también susurra en mis oídos.