¿Quién es el Estado?

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GRAN PROPORCIÓN DE LAS CONFUSIONES QUE SE NOS PRESENTAN SE EVITARÍAN SI, EN LUGAR DE HABLAR DE “EL ESTADO”, ATRIBUYÉRAMOS LO QUE QUEREMOS DECIR “AL GOBIERNO”

“Yo soy el Estado” decía Luis XIV hace cosa de tres siglos. Y tenía razón: él era quien mandaba. Era el soberano. Hitler y Stalin podrían haber dicho en ciertos tiempos otro tanto, y sin duda Fidel Castro podría decirlo hoy. En una democracia es más difícil saber quién es que manda. Tal vez tuvieran que decirlo a coro muchos, pero lo que me interesa es que no queden dudas en cuanto a que, detrás de la palabra “Estado” hay gente. Seres humanos. Tal vez con la intermediación de un partido político, o de una facción; pero siempre gente, más o menos bien determinada.

De modo que, cuando alguien afirma algo sobre el Estado, implícitamente está expresando un juicio sobre alguien, o algunos. Las conversaciones entre uruguayos, en las cuales frecuentemente se trata al Estado como si fuese una realidad por sí mismo, arriesgan conducir a confusión. Por ejemplo, cuando Sanguinetti declara a “Búsqueda” de 4-09 (contratapa) que “...el Estado nunca más dará las respuestas que daba antes” su proposición requiere ser interpretada. En mi entender quiso decir: “La caída de las recaudaciones en términos de los compromisos presupuestales han dejado progresivamente menos espacio a los gobernantes para contemplar las aspiraciones del pueblo.” O tal vez la interpretación correcta sea otra, pero ciertamente no será que algo le ha pasado al ente Estado, en sí mismo, que ya no permitirá complacer como antes a la ciudadanía.

Más interesante aún es el resto de la declaración. Continuando con la referencia al Estado, el ex presidente manifestó: “...y para que sobreviva hay que adaptarlo a las economías abiertas y de mayor competencia.” La alusión a la posible muerte del Estado es una metáfora ambigua. Yo entiendo la proposición así: hay que abrir la economía y reducir los monopolios para que vuelvan a alcanzarse niveles de vida como los de antes para la población. Cada vez que se introduce al “Estado” en el discurso hay una clara pérdida en claridad.

Me retrotraigo ahora a una columna del 28-08 de Víctor Vaillant, también aparecida en “Búsqueda” (p. 4), bajo el título “El debate sobre el Estado”. El autor pasa revista a las actitudes egoístas de personas y grupos frente al Estado: la de los que quieren obtener privilegios gracias a él y la de los que lo rechazan porque obstaculiza el goce de los que ya poseen. Ambas proposiciones tienen por sujetos a los agentes absortos en su propio bienestar. Después pasa a una oración en que el Estado es el sujeto, y es así como Vaillant extrae el conejo de la galera: “El Estado debe ser el instrumento que, partiendo del reconocimiento de que nacemos con importantes diferencias de origen, genere la posibilidad de trascender las mismas, disminuyendo las distancias y haciendo de la convivencia en sociedad un espacio de oportunidades más iguales”

¿No es fantástico? El autor comienza por enumerar los sentimientos y voliciones de ciertos agentes frente al Estado. Obviamente, se refiere al SER de las cosas. Hay gente que ES así, que quiere torcer el uso de la fuerza pública en su beneficio, de una manera u otra. Se desprende del texto que el autor espera la adhesión del lector en función de una experiencia común sobre los arribistas que procurar mejorar su condición manipulando el poder público. Acto seguido, como por arte de magia, henos aquí transportados del mundo del SER al del DEBER SER. El discurso de Vaillant ha dado un brinco fabuloso: “El Estado DEBE SER ...”, expresa –según ya vimos– el instrumento de tales y cuales acciones. Ya no se funda en la experiencia. Pasa a basarse en un postulado sacado de una ideología. Espera que el lector lo comparta porque le parezca atractiva esa clase de Estado, que ha hecho descender desde las enrarecidas alturas del DEBER SER. ¿Qué perspectivas hay de que esa clase de Estado se materialice? Como no se trata de una proposición empírica, no hay que probarla. De hecho, Vaillant no dice en momento alguno que su clase de Estado sea, ni haya sido nunca, parte de la realidad. Simplemente escribe como si lo fuera.

El tema interesa particularmente porque esta manera de razonar forma parte de la herencia cultural uruguaya. Al punto que lleva más de un siglo incidiendo sobre nuestra manera de pensar. Como es sabido, José Batlle y Ordóñez afirmó que el autor que más había influido sobre él era Ahrens, un discípulo de Krause. Pues bien, aquél nos asegura que “...queda abierto al Estado un amplio campo de actividad, que fecundará más todavía en el porvenir por medios más poderosos, cuando estos poderes políticos no estén explotados por ... pasiones egoístas ..., y que ellos puedan llenar mejor los deberes que les están impuestos para fines de humanidad, a favor de todas las clases de la humanidad...”. La afinidad del artículo que citaba con estos conceptos de Ahrens es estrecha

Toda persona es libre de pensar cómo deber ser el Estado, pero nadie tiene fundamentos para predecir que su Estado ideal haya de concretarse en los hechos. Lo único sensato es desear que el Estado (es decir, quienes ejerzan el poder) estén limitados en sus funciones. La máxima de Lord Acton –“el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente” – es la que debe inspirar a cualquier comunidad que pretenda que el suyo sea un Estado de Derecho. Y, conforme al consejo de Jefferson, el ciudadano debe mirar al Estado con desconfianza. El Estado es necesario –todos los que no somos anarquistas coincidimos en ello– pero si insistimos hacer de él un dios, pagaremos muy cara nuestra necedad.

Gran proporción de las confusiones que abundan en nuestra convivencia se evitarían si, en lugar de hablar de “el Estado”, atribuyéramos lo que queremos decir “al gobierno”. En la enorme mayoría de los casos el sentido del discurso no cambiaría; pero, al decir “gobierno”, no estaríamos dando a entender que nos referimos a un ente inherentemente moral o inmoral, sabio o necio. Todos sabemos que los gobiernos ostentan infinitas graduaciones en cuanto a la ética y a la sabiduría. Pocos se consideran animados de amor o de odio respecto del gobierno en general, ni se sienten partidarios ni adversarios del género “gobierno”, como suele acontecer con el género “Estado”. Hay estatistas y antiestatistas, pero no gubernistas ni antigubernistas. Permítaseme poner un ejemplo. Un grupo de legisladores del Foro Batllista visitaron recientemente la Torre de Comunicaciones, declarándose exultantes sobre lo que veían, en algo así como un desagravio frente a la decisión del directorio de ANTEL de no inaugurar formalmente el edificio. Según “Búsqueda” del 28-08, p. 9, durante la recorrida uno de su número exclamó: “Después se quejan del Estado, esto es divino”. Pero el Estado no tenía nada que ver. Los directores mayoritarios de ANTEL también son servidores del Estado, y entendieron que la obra no merecía un homenaje. El mérito o demérito por haber gastado US$ 100 millones en el contexto de nuestra pobreza actual para mayor gloria de una empresa no afecta al Estado, que abarca a ambos lados de la divergencia, sino sólo al gobierno que lo resolvió.

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