No son declaraciones frescas; provienen de la contratapa de Búsqueda de 2 del corriente, pero –en un país en que pasa tan poco de significación– no pueden dejar de comentarse. Una proviene del ministro de Economía, Isaac Alfie; la otra, de Carlos Viera, asesor económico principal del FA-EP y hombre de confianza de su presidente y líder indiscutido
Comencemos por Alfie. Refiriéndose al canje de deuda concretado recientemente por el gobierno, el ministro expresó a la revista estadounidense Latin Finance, para su edición de setiembre: “A nosotros se nos ha dado una segunda chance debida a nuestra tradición (de honrar las deudas), no debido a que hayamos hecho algo para remover el riesgo de un default”. La bienvenida sinceridad del secretario de Estado es desusada, e impresionante. Obtuvimos una conversión de deuda por aproximadamente cinco mil millones de dólares sin haber, en este tiempo, hecho méritos para lograrlo. Alfie prosiguió: “Si no hacemos nada para demostrar que la merecíamos, volveremos a enfrentar al pelotón de fusilamiento nuevamente en unos pocos años”.
¿Qué medidas son las necesarias? Me resulta inconcebible que los medios no estén acosando al ministro para que explicite lo que quiso decir, y pase de lo negativo (no hicimos nada) a lo positivo: qué debemos hacer. Ni que ningún legislador formule al respecto un pedido de informes. Evidentemente, algo inhibió a Alfie para redondear su pensamiento. Tal vez lo mismo que está inhibiendo a los medios y al parlamento para requerirle que lo haga. No me cabe duda de que hay un poderoso tabú que está en juego. En cuyo caso sería plausible presumir que los que callan no preguntan porque no quieren que se les conteste. La carta de intención firmada por el ministro de Economía y el presidente del BCU, por otra parte, no exceden de lo trivial. El primero tiene que referirse a medidas de otro orden.
La nota de Búsqueda nos ofrece una pista para dilucidar el misterio. Cita al periodista que entrevistó al ministro, Joshua Goodman, quien en torno al reportaje habría escrito: “El gobierno se comprometió a hacer reformas que reducen el papel del Estado en la economía, bajan impuestos y fijan tasas de interés competitivas. El gobierno promete un ambiente menos burocrático para hacer negocios”. No sabemos cuál es el vehículo de ese compromiso. (No lo es la carta de intención). Nada de lo cual, por supuesto, se ha hecho ni, leyendo entre líneas a Alfie hay que concluir, está por hacerse
Ese enfoque explicaría una conclusión muy dura de Goodman. “Uruguay –lo presenta Búsqueda diciendo– está lejos de haber mejorado hoy respecto de la situación de tres meses atrás, cuando un canje de bonos frenó un default potencialmente catastrófico”. Frente a lo cual lo que se le ocurre al gobierno es difundir buenas noticias. La misma página del semanario ostenta un recuadro titulado “Optimismo presidencial”, en la cual se reflejan opiniones de Jorge Batlle, vertidas también a Latin Finance, en las cuales se muestra a Uruguay “comprometido a convertirse en un centro de servicios, tecnología y comunicaciones para la región y a adaptarse e integrar el país al mundo global, enfrentando este desafío con determinación y responsabilidad”, sin la menor alusión a reformas estructurales pendientes, y presuntamente comprometidas, que pudiesen encararse en breve. El ministro de Economía dice que el país no ha hecho nada, el presidente de la República, que lo ha hecho todo para preparar un inminente despegue. Ministro que hace un llamado dramático a que se haga algo, para que el canje de deuda sirva para algo más que un breve respiro, presidente que entiende que tout va très bien, y que no hay más que sentarse a esperar que el avión levante vuelo. ¿Podría haber una visión más desesperanzadora del tiempo en que los uruguayos vivimos?
Con el corazón en un puño paso a ocuparme ahora de las declaraciones de Carlos Viera, el economista principal del FA-EP, colaborador cercano de Tabaré Vázquez. No faltan quienes esperan que el acceso de éste a la Presidencia de la República pueda despejar la vía para la introducción de las reformas sin las cuales, como la mayoría de los observadores competentes, consideran que el país se encamina al desastre. Incluso en lo que hace a reformas que no figuran en el repertorio de la izquierda. Quienes así piensan, o sueñan, encuentran consuelo en la figura de Luiz (Lula) da Silva luego de su asunción de la primera magistratura brasileña: un discurso de izquierda para ganar las elecciones y otro apolítico, racional, para sacar al país adelante. Pero, entre quienes así piensan, hay dos niveles distinguibles: en su mayoría quienes se contentan con que el líder izquierdista deje las cosas como están. Esos son los optimistas grado 1. Los optimistas grado 2, que naturalmente pertenecen a los que saben que dejando las cosas como están nos vamos de todos modos a pique, esperan todavía que un gobierno de la izquierda lleve a cabo las reformas indispensables que los gobiernos tradicionales suelen prometerle, por supuesto en vano, al FMI, pero que ni se atreven a mencionar al pueblo. Su posición no se deriva de nada que los eventuales responsables de la política de la izquierda crean, o hayan dicho, sino en la angustia que genera el cierre de todas las otras puertas. Dentro de este esquema es que las declaraciones de Carlos Viera son importantes
Viera acentúa la sensación de peligro. Al mismo medio estadounidense le aclara: “Nosotros no somos como Lula, ésta no es una versión light de la izquierda”. Por más que no entró en detalles, sus palabras bastan para hacer trizas de las dos clases de optimismo que mencionaba hacia un instante. Las reformas no vendrán, pues (como muchos descontábamos), a través del FA-EP. Pero si se trata, como lo entiende el ministro de Economía y tantos otros, de requerimientos indispensables para evitar el desastre, ¿qué va a ser de nuestro pobre país? Viera dio a entender apenas que la idea central de la estrategia que él propiciaría es una renegociación de la deuda pública sobre la base de exigir a los acreedores grandes quitas. Dejando entrever que el ocaso de Lula ha sido compensado con el amanecer de Kirchner. Pero ¿habrá realmente alguien que crea que nuestra ruta de regreso al crecimiento y la prosperidad pasa, y hasta empieza, por declararnos en quiebra?
Nuestro hermoso país, que otrora fue próspero y pujante, no va a hundirse en el mar ni está destinado a despoblarse radicalmente. Hay algo dentro de mí –es cierto, no más que una intuición–– que me lo asegura. Pero, para que superemos el trance actual, será preciso que una amplia mayoría de los uruguayos comprenda que hace cosa de un siglo perdimos el camino recto y nos internamos en una selva oscura. ¿Será acaso necesario que caigamos en las profundidades de una gran desventura para que esa comprensión descienda sobre nuestra gente? Ojalá que no, pero yo confieso que, por el momento, no veo otra alternativa practicable.