En dos artículos previos sostuve que el Cristianismo desempeñó un papel importante en hacer de Europa el continente de la libertad y del progreso cultural y económico. En ambos el meollo de mi argumentación se sustentó en el dualismo Estado-Iglesia, que la religión cristiana hizo posible, contrariamente al caso de otras civilizaciones, notablemente de la islámica. Esto bastaría para dar la razón al Papa en su reclamo de que la Constitución de Europa reconozca la raíz cristiana de su identidad, pero ese fundamento resultaría significativamente potenciado si, aparte de haber influido decisivamente en materia de división de poderes, y del consiguiente ámbito propicio a la libertad, cupiese atribuir al Cristianismo también en el plano espiritual, notablemente el moral, un papel significativo. Este es el propósito de la columna de este sábado
El hilo cuya punta elijo para que me guíe es el de la influencia de las virtudes sobre el quehacer económico y su florecimiento, y el hilo seleccionado no tarda en llevarme hasta la obra de Max Weber. El propósito que, según él mismo, lo llevó a publicar en 1904 y 1905 La ética protestante y el espíritu del capitalismo, fue mostrar cómo las ideas se convierten en fuerzas efectivas en la historia. La palabra “ideas” en este contexto está usada en un sentido amplio, inclusivo de las convicciones derivadas de la fe religiosa. Lo que sin duda logró con su obra fue demostrar que los sistemas económicos pueden surgir sobre una base de lanzamiento religiosa. El capitalismo, en el sentido de “economía de mercado”, abierta al desarrollo tecnológico y a una indefinida expansión, caracterizado por el enfoque racional de la producción, es ciertamente en Europa que surge. Es también una verdad inconcusa que solo países que tienen esa clase de economía, en el mundo entero, han llegado a constituirse en Estados de derecho y garantizar las libertades individuales. Si la base de lanzamiento del desarrollo económico fuese efectivamente cristiana, cabría concluir que las libertades que conquistó Europa son de origen cristiano y que lo es también la conformación cultural que distingue al pequeño, pero históricamente singular, continente.
Weber nos guía en esa dirección solo durante parte del camino. Al referirnos a la ética “protestante”, y ubicar consiguientemente su enfoque a en los siglos XVI y XVII, limita el apoyo a nuestra pretensión de tener a Europa por cristiana, y no sólo de una rama del Cristianismo, así como, consiguientemente, de asignar dicha filiación a un tiempo relativamente avanzado en la evolución cultural europea; la cual, identificándola con la civilización Occidental, hacemos partir a fines de la edad oscura, o sea desde algo así como el siglo XI. Aquí se sostendrá que los límites con que Weber acota el alcance de su tesis, que hasta cierto punto compartimos, son innecesariamente estrechos
Antes, sin embargo, examinemos la tesis de Weber con algo más de detenimiento. El documento central que este utiliza para describir los aspectos éticos protestantes que ve incidir sobre el espíritu del capitalismo es un escrito de Benjamín Franklin dedicado a aconsejar a un joven con inclinaciones hacia la práctica del comercio. Aparte de exaltar, como era de esperarse, la laboriosidad y la frugalidad, enfatiza en seguida la honestidad y puntualidad en las transacciones financieras. “Nunca”, encarece al joven, “retengas una hora más allá de lo estipulado el dinero que te hayan prestado, no sea que la desilusión te cierre para siempre el bolsillo de tu amigo”. Y así continúa: que tu acreedor oiga tu martillo a las cinco de la mañana y a las ocho de la noche, que no te descubra en la taberna ni en la sala de billares cuando deberías estar trabajando... Y así sucesivamente.
Pero, ¿qué tienen de específicamente protestante estos consejos? Naturalmente, la moral requerida para el desarrollo del capitalismo no podía dejar de centrarse en las virtudes prácticas. Que son las mismas que el propio Juan Pablo II exaltó en Centesimus Annus: “la diligencia, la laboriosidad, la prudencia en asumir los riesgos razonables, la fiabilidad y la lealtad en las relaciones interpersonales”. Las virtudes típicamente religiosas, como la caridad y el desasimiento de los bienes materiales, sin por supuesto resultar incompatibles con ellas, no podían al mismo tiempo ser las que sustentasen un florecimiento económico. Parece obvio que Weber asoció el renacimiento económico con la influencia protestante guiado por la cronología a su alcance. Si la Edad Media había sido un tiempo de alta espiritualidad y baja expansión económica, y ésta recién había alcanzado velocidad de despegue con la revolución industrial, en el siglo XVIII, ese desarrollo difícilmente podía vincularse con la religiosidad de medio milenio atrás.
Pero el hecho es que la cronología accesible a Weber estaba equivocada. En su obra sobre la Teoría sociológica weberiana el profesor Randall Collins señala que la “historiografía moderna ha documentado abundantemente algo que habría sido difícilmente perceptible en los tiempos de Weber: un verdadero boom económico en la Europa entre 1050 y 1300 dC. Y el gran historiador belga Henri Pirenne, ya en 1914, opinaba que “lo que Weber y Troelsch toman por el espíritu calvinista, es precisamente el espíritu de los hombres nuevos que la revolución económica [medieval] introduce en el ámbito de los negocios ...”
¿Qué papel puede reservar al calvinismo esta nueva cronología? Pues sólo el de suministrar la creencia en la predestinación, y en el don de la prosperidad material otorgado por Dios a sus elegidos, cuya influencia sobre la vida económica es discutible, y desempeña un papel de decreciente importancia en los escritos posteriores de Weber
Pero, podrá argüirse, ¿no es el capitalismo el sistema basado en la avaricia, como tal inspirado en concupiscencias que la religión cristiana siempre ha condenado? El propio Weber se encarga de destruir esta objeción. En su obra ya citada escribe: “El impulso hacia la adquisición, la prosecución de la ganancia, del dinero, de la mayor cantidad de dinero posible, en sí mismo nada tiene que ver con el capitalismo. Este impulso existe y ha existido siempre entre los camareros, médicos, cocheros, artistas, prostitutas, funcionarios deshonestos, soldados, nobles, cruzados, jugadores y mendigos. Puede decirse que ha sido común de todas las clases y condiciones de hombres en todos los tiempos y en todos los países del mundo, doquiera la posibilidad objetiva de ejercitarlo es o ha sido dada. Debería enseñarse en el jardín de infantes de la historia cultural que esta idea ingenua del capitalismo debe hacerse a un lado de una vez por todas. El afán ilimitado por las ganancias no es en lo más mínimo idéntico al capitalismo y menos aún con su espíritu. El capitalismo puede ser idéntico con la contención, o al menos la moderación racional, de ese impulso irracional.” Disquisición que, tras cierto desarrollo, culmina afirmando que Occidente ha suscitado una clase diferente de capitalismo, que no había aparecido nunca antes, fuera de su ámbito: el de la “organización racional capitalista de mano de obra formalmente libre.”