Pepe Mujica y Rodrigo Arocena acaban de publicar un libro titulado “Cuando la izquierda gobierne”, cuya relevancia, después del referendo sobre ANCAP, difícilmente se discuta. No por nada Búsqueda, en su edición del jueves 11, le dedica una nota a doble página. Algunas acotaciones al respecto lucen impostergables.
Aunque mi ánimo está lejos de ser polémico, tengo que entrar en tema con una discrepancia. Arocena quiere una política de izquierda, y declara que, una “política de centro o centro-derecha, la hace mucho mejor la derecha.” Pues bien, no es así. Si por “la derecha” hemos de entender los partidos tradicionales, yo no me atrevería a identificar ninguna política sistemática que ninguno de ellos. haya puesto en práctica, menos aún por escrito, que sea de centro o de derecha. De modo que, si quisiesen hacer la prueba, los autores del libro, y sus amigos de la coalición, podrían confeccionar un programa mucho más coherente, en la dirección capitalista, del que ningún partido uruguayo haya puesto por obra ni anunciado.
Pero, se objetará, ¿por qué habrían de hacerlo? ¿Por mero ejercicio intelectual, cuando hay tanta tarea imprescindible que reclama atención? Pues bien, no; no solo como mero ejercicio intelectual. Me explico. En primer lugar, porque lo que el país está necesitando, ante todo y urgentemente, no es de derecha ni de izquierda. El avance de la pobreza, de la miseria, de la marginalidad, no le quitan el sueño solo a la izquierda. “Estamos teniendo una hemorragia de gente joven”, dice Arocena en el libro. La falta de oportunidades que el Uruguay actual le ofrece a los jóvenes, ¿no es acaso una preocupación de todos? Mejorar el nivel de empleo y el salario real, ¿no son objetivos en que todos comulgamos? Si los autores del libro estuviesen pensando en abolir la propiedad privada, no diría nada; pero Arocena declara: “La izquierda va a gobernar un sistema capitalista y tiene que colaborar a que las empresas tengan ganancias...” Y Mujica: “Al fin y al cabo, la experiencia del socialismo real, ¿en qué terminó?” Por tanto un programa para hacer funcionar la economía, como funciona en tantos países, que podemos observar y estudiar, no tiene nada de derechista ni de centrista
Pero entonces, se dirá, ¿por qué los partidos tradicionales no han puesto en práctica tales políticas? Pues es muy sencillo: por miedo. Por miedo a perder votos. Los perdieron igual, pero siempre ofreciendo al electorado el oro y el moro, en lugar de un programa en serio. Y ¿por qué esto? Porque para hacer las cosas bien hay que decir la verdad, y a ésta todos nuestros políticos le han hurtado el cuerpo. La verdad es que la prosperidad no va a descender de lo alto, como algo gratuito. Arocena dice: “harán falta grandes esfuerzos ... si queremos cambiar el país”. Y Mujica: “...si no es un gobierno que tenga entusiasmo y que le plantee lugares a la gente para meter el hombro y la cabeza ... pierde el partido.” O sea, en segundo término, que para poner por obra un buen programa dirigido a conseguir que la economía capitalista funcione, se necesita una clase de coraje que no ha abundado entre nosotros. Y si existió alguna vez, fue inhibido en el proceso de cortejar votantes. Mientras que al EP-FA, impulsado como parece estar por una marea incontenible, no creo que hablar del escarpado camino por el que tendremos que trepar les suscite ninguna clase de aprehensiones.
Sobre ese programa básico, encaminado a hacer que la economía funcione como lo hace en los países que prosperan (y entre las cosas de su libro que me animan está el hecho de que Arocena conoce bien a Costa Rica, y la quiere, y podrá testimoniar la enorme diferencia sobre cómo la economía funciona allí y aquí), sin duda el EP-FA agregará lo que estime oportuno para darle el carácter izquierdista que los autores del libro comprensivamente desean. El libro sugiere que el cartabón para medir cuán de izquierda es una política sea su afinidad con el lema de la Revolución Francesa –liberté, égalité, fraternité– y si tuviese la oportunidad de discurrir con los autores al respecto, seguramente surgirían las diferencias de opinión que nos separan – me imagino el caranfanfún que se armaría sobre la definición de libertad, sin ir más lejos– y presumiblemente harán que no votemos nunca juntos. Pero sería un gran paso adelante si el próximo gobierno lograse que la ola de empobrecimiento, desempleo y expulsión de jóvenes pudiera aquietarse. Para que ello fuera posible, aparte de la buena disposición a aceptar que el sacrificio, la innovación y otras cosas que directa o indirectamente he mencionado más arriba, se requiere que ciertas ideas, que presuntamente los autores comparten con muchos frenteamplistas, sean objeto de revisión.
Ante todo, las empresas del Estado. Yo no conservaría ninguna, pero ese no es el tema. El EPFA querrá conservarlas todas, o crear más. Allá ellos. No es un punto decisivo. Pero sí es decisivo terminar con los entes autónomos. Las empresas estatales no pueden tener monopolios ni estar dirigidas por colegiados. Yo tengo un libro titulado “Economía Política del Socialismo” editado en lo que era la URSS, adquirido en la calle illo tempore, en un puesto comunista de libros, donde se dice que todas las empresas tienen que tener una dirección unipersonal. Como las privadas, donde los directorios no hacen más que elegir y despedir al gerente general, escuchar sus informes y autorizar las inversiones. En el libro Mujica y Arocena especulan con hacer que las empresas públicas orienten y promuevan a empresas que les suministren insumos. Eso sería fatal. Nosotros ya tuvimos al Frigorífico Nacional, que competía con los frigoríficos extranjeros pero con el fin de promover al sector pecuario. El gerente de compras no tenía que comprar al precio más barato posible, sino al necesario para que los ganaderos prosperaran. Y, naturalmente, se fundió, aun siendo semi-estatal.
Cada instrumento un propósito. Las empresas, para producir y ganar dinero (en un mercado competitivo). No para reciclar la Aguada patinándose cien millones de dólares. Sólo para producir bajo una gerencia competente, que tenga lo menos posible que ver con la política. Del mismo modo, las AFAP para asegurar las mejores jubilaciones a nuestros trabajadores, no como Arocena y Mujica proponen, para promover la inversión real en el país. Y para ello, deben poder invertir en el país o en el exterior, según crean que sea lo mejor para sus afiliados, quienes pueden cambiarse de AFAP si no están de acuerdo. Nada de esto es de izquierda ni de derecha: es lógica elemental y experiencia aplicada.
Lo último que me preocupó del libro, en tantos sentidos reconfortante, es el peso que están dándole al derecho penal. Lo que tienen que hacer no es combatir a la delincuencia de guante blanco que les quita el sueño, sino organizar un sistema de justicia decente, que no tenga a la gente presa por años aun sin declararla culpable. Tenemos en la cárcel a unos cuantos Peirano, que tanto parecen preocuparles, pero tras más de un año presos solo en los escraches han sido declarados culpables. Lo que no es decente. Un juicio pronto y público: eso es lo que el ciudadano de EEUU puede exigir. Y, aun presumiendo que no todo lo de EEUU les guste a los autores, no podrán negar que en eso están bien.