Algunos grupos de izquierda abogan por exponerle al electorado el programa económico que se proponen poner en práctica, mientras otros se inclinan por adelantar solo “poca cosa”. Estos pensando, sin duda: ¿Para qué comprometernos si igual ganamos?; los otros dudando: ¿Y si no ganamos? O por lo menos no salimos de los comicios con una mayoría parlamentaria.
Pero hay una poderosa razón para no entrar en detalles, y ella consiste en no tener ideas claras sobre lo que podrían hacer. Lo cual sería comprensible, porque, si gana el EP-FA, se va a encontrar en circunstancias muy poco propicias para su primer ensayo de gobierno nacional. Algunos dirigentes de la izquierda lo han percibido, pero no totalmente. “Tenemos un mal escenario de partida” –Miguel Arregui cita a Enrique Rubio, en su excelente artículo de una semana atrás en este suplemento sobre un tema muy afín al que hoy encaro– “pero es mucho más estable que la burbuja de la década de 1990”. Me temo que estén subestimando los problemas que les esperan.
En efecto, tengo la convicción de que a la izquierda le habría convenido mucho más ganar en 1989. La inflación está ahora bajo control, pero en todo lo demás la situación ha empeorado. En 1990 no existía el Mercosur, y si bien no pongo en duda que Uruguay, bajo su liderazgo, también hubiese entrado en el proyecto, de hecho hoy tiene un grado de libertad menor, sobre cuya importancia volveré más adelante. Más importante aún es el nivel de endeudamiento. Va a ser muy difícil que Uruguay pueda cumplir con los compromisos que asumió en el canje de deuda. El EP-FA se opuso a esa operación sosteniendo que todo se reducía a posponer el default para cuando ellos fuesen gobierno. Ello es en parte injusto, porque la operación fue realmente exitosa, pero al mismo tiempo es cierto que quien asuma en marzo del 2005 va a estar sumido en enormes dificultades en materia de deuda pública. El convenio de canje le va a facilitar la gestión de una nueva negociación, pero el grave inconveniente va a consistir en que la estrecha relación con el presidente Kirchner, que ya trata a Tabaré Vázquez como si fuese su colega, y que no quiere dar el brazo a torcer en cuanto a ofrecer una fórmula razonable a los tenedores de bonos argentinos, lo que le va a complicar la vida a Vázquez de manera superlativa. En cuanto a la comparación de la “burbuja” de 1990 con la situación que se perfila para el año próximo, basta pensar qué va a acontecer cuando la burbuja actual (precio de la soja y de diversas otras commodities) estalle a su vez, cosa que tarde o temprano acontecerá, al mismo tiempo con cero crédito internacional. No sería disparatado prever que entonces Argentina entraría en una de las peores etapa de toda su historia. Es probable que las autoridades del EP-FA estén previendo una sólida ayuda resultante de la participación en un mercado auténticamente ampliado, apuntalado por una amistad tripartita de los gobiernos, pero esas perspectivas son harto contingentes.
¿Por dónde puede el equipo económico del hipotético gobierno uruguayo de izquierda esperar el retorno de la prosperidad? Es probable que sea por el camino keynesiano. Arregui cita a Fernández Huidobro: “Mientras el sector privado no invierta fuerte, el Estado será una palanca fundamental de desarrollo”. Se trata de un enfoque absolutamente descaminado. ¿De dónde podría el gobierno extraer los recursos? Ciertamente no del crédito voluntario, por lo tanto solo de la emisión, en cuyo caso una hoguera inflacionaria sería el único efecto resultante. Si de nuevos impuestos, incluso de la mejor recaudación de los existentes, el gasto no surtiría ningún efecto neto expansivo de la economía; una estrategia en tal sentido lo único que podría conseguir, si fuera factible, es una mayor estatización de la economía, con el consiguiente descenso ulterior de la productividad media de los recursos productivos.
La parte inicial de la cita de Fernández Huidobro merece una atención separada: “Mientras el sector privado no invierta fuerte ...”. Y ¿qué es lo que lo llevaría a invertir fuerte? Esa es la pregunta que la izquierda tiene que plantearse, la única cuya respuesta correcta podría conducirla a una reactivación de la economía. Y, sin entrar en detalles, solo podría tratarse de transferir recursos laborales y de capital del sector público al privado, elevando espectacularmente su productividad media, sumado a una amplia apertura al exterior –unilateral si es preciso, pero ciertamente no en el marco del Mercosur– una política fiscal responsable y una mejora radical de la seguridad jurídica. Naturalmente, la dificultad no se me escapa, porque precisamente la lucha contra esa transferencia de recursos por años ha constituido el meollo de la estrategia política de la izquierda, y ciertamente no es lo que la ciudadanía pide. Sin embargo, es la única estrategia que puede resultar exitosa para la izquierda en el gobierno: la única que puede promover el crecimiento, combatir la desocupación y la pobreza. Y la izquierda tiene su ventaja al respecto frente a los partidos tradicionales, consistente en su credibilidad respecto de los sindicatos y la consiguiente posibilidad de lograr un acuerdo nacional capaz de lograr pacíficamente la transferencia de recursos requerida.
Naturalmente, los dirigentes del EP-FA no van a dar por buenos mis consejos, ni yo pretendo que lo hagan. Pero sí me permito sugerirles que, en lugar de buscar inspiración en libros y en teóricos de la economía pura, dediquen el tiempo que les falta para, eventualmente, asumir responsabilidades, a un examen de lo que está aconteciendo en el mundo, en materia de países que han alcanzado los frutos que ellos ambicionarían para que el suyo los cosechara como resultado de su gestión. Muchos podrían ofrecerles información más completa, pero para redondear el artículo voy a mencionar algunos casos que estimo imperioso investigar.
En primer lugar, por sus singulares conquistas, dirigiría mis ojos, y mis investigadores móviles, a Irlanda. Irlanda está en la Unión Europea, lo que reporta algunas ventajas, pero pasó varios años dentro de la UE sin obtener mayores beneficios, hasta que hizo la reforma. Esta se inauguró con un pacto social semejante al Pacto de la Moncloa, incluyendo los sindicatos, y sus éxitos son impresionantes. Un país de territorio mucho más pequeño que el nuestro, de población apenas mayor, sin recursos naturales significativos, por siglos tierra de emigrantes, hoy es un emporio, al que concurre la inversión extranjera como a ningún otro sitio, y recibe inmigrantes de todo el mundo, de todas las razas y de todas las culturas. En segundo lugar, haría una investigación atenta de Costa Rica que, en otra escala, ha alcanzado realizaciones espectaculares en poco tiempo. En tercer lugar examinaría Singapur y Hong Kong, con especial atención en el nivel de vida de los trabajadores, que el folclore suele tachar de miserable. Y estando ya en el Lejano Oriente, me daría una vueltecita por China e India. Pese al tamaño de éstas, creo que tienen mensajes útiles para nosotros.