¡Viva Chile!

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CHILE ES UNA PRUEBA VIVIENTE DE QUE NO HAY NINGÚN OBSTÁCULO GENÉTICO EN LA REGIÓN QUE NOS IMPIDA ASPIRAR A CONVERTIRNOS EN PAÍSES DESARROLLADOS.

Si en 1992 el FA y Sanguinetti no hubiesen votado para impedir la privatización de ANTEL, hoy ¿estaríamos mejor? Temo que la pregunta no tenga sentido. Si me la plantearan bajo la condición de “todo lo demás igual” contestaría que sí; pero con la conciencia de que estaría enfrentado a una interrogante sin alcance práctico. En realidad, la pregunta, bajo esa condición, sería equivalente a “¿Son buenas las privatizaciones?”. Entonces respondería afirmativamente, sin hesitación. Diría que la calidad de los dirigentes, y los incentivos que los motivan, son mucho más conducentes al buen servicio y alta productividad media de los recursos en las empresas privadas que en las gubernamentales. Pero hay demasiados otros frentes en la guerra contra la pobreza para arriesgar una contestación general en base a lo que acontezca en uno solo de ellos. Ni en dos, ni en tres.

     La izquierda piensa no piensa así. Invoca algunas experiencias latinoamericanas que en los años 1990 incluyeron privatizaciones y apertura, tanto comercial como financiera, por ejemplo en Argentina y Perú, países que al cabo de la experiencia cayeron muy por debajo de su nivel económico normal. Muy particularmente Argentina, en la cual la destrucción de la riqueza fue impresionante. Y pretenden que esa situación se atribuya al “modelo” que aplicaron, en cuanto incluía privatizaciones y apertura económica, y otras reducciones del papel del Estado. A esas estrategias llaman “modelos”, tal vez porque la palabra sugiere una cinta magnética prefabricada, que se inserta en algún lugar del Estado, y hace que de ahí en más su economía se comporte de manera tal o cual, como si fuese un robot. Programado, dicho sea de paso, para todo lo perverso, todo lo contrario al interés nacional y popular, todo lo favorable a intereses de capitalistas extranjeros y sus lacayos vernáculos. Y califican de “neoliberales” a tal clase de “modelos”, y con igual palabra (de su invención, dicho sea de paso) designan a la ideología de los que los aplican y defienden, por una mezcla variable de estupidez y corrupción

     Y eso en todos los foros, desde todos los podios, a través de todos los micrófonos, y estampado en todos los medios escritos de difusión. Incluso desde cátedras universitarias y liceales, tal vez escolares. Y en su crasa deshonestidad, no solo transmiten ideas falsas, sino que –algo peor– enseñan a pensar mal. Porque la caída de Argentina y de Perú son casos aislados, mientras se insta a la gente a extraer de ellos conclusiones generales, induciéndola a la práctica del sofisma post hoc, ergo propter hoc(después de eso, luego debido a eso), que es pésima lógica y fuente de innumerables errores desde siempre. En las décadas de los años 1980 y 90, o sea en el mismo lapso en que la URSS se desintegró, y China cambió de bando, relegando al socialismo real a meras curiosidades históricas y tragedias humanas, como Cuba y Corea del Norte, en ese mismo lapso, como decía, hubo resonantes éxitos de países que adoptaron o intensificaron la estrategia de mercado para sus economías, como Estados Unidos bajo Reagan y Gran Bretaña bajo Thatcher (¡y luego Blair!), como Nueva Zelanda e Irlanda, abriendo al mundo su comercio y sus finanzas, y reduciendo el papel del Estado mediante la baja de los impuestos y la reducción del gasto público. Y, en lugar de sacrificar el nivel de vida de sus pueblos, éstos transitan sendas de espectacular prosperidad. Si la política de mercado constituyese en sí misma una causa fatal y única de empobrecimiento, si fuese la impulsora de la desventura argentina, y peruana, ¿cómo explicar aquellos otros éxitos clamorosos?

     Si el lector cree que ese argumento, impecable como es, pondrá al izquierdista en retirada, subestima el acervo de paralogismos que carga en su mochila intelectual. Sin amilanarse le espetará que la estrategia de mercado y –sobre todo– el desmantelamiento de las defensas aduaneras y cambiarias sientan bien a quienes están instalados en los centros mundiales de poder, o en íntima asociación con ellos; mientras, adoptado por países del tercer mundo, no sería más que una invitación al despojo desenfrenado. Sin embargo, la dialéctica del polemista antiliberal tiene las patas cortas. Hay un argumento, sencillo e incontrovertible, al cual aquel no puede intentar cerrarle el paso. Y es este: existe un país, un país latinoamericano, en términos generales con la cultura de la región, con recursos naturales significativos, pero no descollantes, que hace 30 años estaba lejos de tener el producto per cápita de Argentina, y por aquellos tiempos, como respuesta –en buena medida espontánea– a una coyuntura política y económica tremendamente difícil, implantó un régimen económico de mercado. Y lo hizo bien. No se limitó a las privatizaciones, por más que las hizo. El producido de estas no lo dedicó a inversión conspicua, sino, en buena parte, a recomprar deuda pública. La reducción del tamaño del Estado tuvo su adecuado reflejo en una contracción del presupuesto nacional de gastos, con el consiguiente efecto contractivo sobre los impuestos. Pese a lo cual el gasto público social creció, incluyendo una reforma de la educación que procuró allegarle a todos los padres el derecho a elegir la escuela de sus hijos. Servicios de salud eficientes, iguales para todos, fueron extendiéndose por todo el país. Las reformas dirigidas a reducir la corrupción administrativa fueron implantadas con éxito. Se promovió el Estado de Derecho y se protegió la propiedad individual. Pero en nada fue su política tan espectacular como en el desarme aduanero unilateral. Empezó con un arancel del orden del 15%; no tardó en bajarlo al 10. En la década de los años 90 promedió el 6%, y en la actual se espera que llegue al 3%. El desempleo es bajo, y los salarios reales los mayores de la región

     Ese país se llama Chile, y ha logrado distinguirse nítidamente en la región, al punto que EEUU lo ha elegido entre todos los del centro y sur del continente, para celebrar con él un acuerdo de comercio libre, algo así como una versión adelantada, y por el momento individual, del ALCA. Y análogamente la Unión Europea. Según el chileno Cristián Larroulet, presidente de la fundación Libertad y Desarrollo, es el único de toda la región que puede aspirar a ser considerado “país desarrollado” dentro de una década. Su enorme importancia para los demás países de la región es asegurarles que ellos también pueden hacerlo. No en demostrar que es fácil hacerlo. Admitámoslo, es, por el contrario, difícil, como las experiencias fallidas de otros lo demuestran. Pero es posible. Con certera precisión Raúl Ferro, director de América Economía, ha dicho que Chile es una prueba viviente de que no hay ningún obstáculo genético en la región que impida lograrlo. Los obstáculos son, entonces, culturales, y, como tales, esencialmente superables. Me explico: en Uruguay la impronta estatista ha marcado profundamente la cultura nacional, pero no ha alterado el ADN de sus hijos. Por tanto, es razonable esperar y luchar. La cultura cambia. Basta para probarlo que el principal responsable por la política chilena hoy día es su presidente, Ricardo Lagos, socialista y ex militante de la Unión Popular de Allende. Nada de aflojar, entonces: ¡Adelante!

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