Aun año de la derrota militar de Saddam Hussein, resulta patente que ganar la guerra en su caso tenía una significación muy distinta de la normal en Occidente. EEUU exigió a Alemania “rendición incondicional” y, una vez que la obtuvo, las hostilidades cesaron de inmediato. En Japón, del mismo modo, cuando las autoridades aceptaron deponer las armas, el país cesó de combatir. En Irak ocurrió algo, no solo diferente, sino prácticamente opuesto: la capacidad de la población local para resistir –noten que no digo “del país”– se potenció con la rendición formal. Estamos ante un fenómeno de otra especie
Pienso que yerran aquellos –y lucen ser mayoría– que interpretan la rebeldía contra las fuerzas ocupantes como una expresión de patriotismo iraquí. No se trata, a mi modo de ver, de la defensa de un país; menos aún, de la solidaridad con el gobierno depuesto. Quiero sugerir al lector que lo que estamos presenciando, sobre lo cual la prensa nos entrega a diario la historia de una cruenta y creciente frustración de las fuerzas de ocupación, es compatible con un solo tenue apego de la población por el ámbito espacial en que está arraigada, así como con un rechazo tajante respecto del gobernante hoy depuesto y prisionero de los invasores. No debemos creer que la población iraquí dejaba de tener conciencia de la infame tiranía a que estaba sometida, ni que la mayoría chiíta del país era indiferente a la afiliación sunita del gobierno que la oprimía. Chiítas y sunitas se enfrentan en el escenario musulmán desde hace cosa de 1.300 años, en forma áspera durante la mayoría de ese inmenso lapso, y no debe pensarse que el sesgo sunita de Saddam, manifestado con su característico salvajismo, no contaba para nada. ¿De qué, entonces, es que se trata?
No –lo hemos visto– del choque de dos Estados; éste se produjo, pero, como era de esperarse, fue un paseo para las tropas estadounidenses. Tampoco se trata de una guerra religiosa. El Islam tradicionalmente ha acordado al cristianismo y al judaísmo (las religiones “del Libro”) una actitud preferente frente a todas las demás confesiones. ¿Qué, entonces? Sugiero inspirarnos en la sagacidad del politólogo estadounidense Samuel P. Huntington, quien no hace mucho previó que el mundo entraría en una fase caracterizada por conflictos entre civilizaciones (entidades esencialmente culturales, no políticas) en lugar de entre Estados, o coaliciones de Estados, como hasta entonces. Huntington, luego de revisar diversas nóminas de civilizaciones –la de Toynbee, que distingue veintitrés especímenes, la de Spengler, compuesta de ocho, y unas pocas colecciones más– él mismo, ateniéndose a las contemporáneas, propone esta lista de seis: la china, la japonesa, la hindú, la islámica, la ortodoxa y la occidental.
En su libro (The Clash of Civilizations, 1996) dedica especial atención al potencial enfrentamiento de las civilizaciones islámica y occidental. El autor cree percibir creciente tensión entre ellas, atribuible a los siguientes factores. Primero, el mayor crecimiento relativo de la población islámica, que ha generado bolsones de jóvenes desempleados y frustrados, fácilmente reclutables para causas islámicas. Segundo, cierto resurgimiento islámico, que ha inspirado en los musulmanes una renovada estimación del carácter distintivo de su civilización y sus valores, en comparación con los de Occidente. Tercero, los característicos esfuerzos occidentales para universalizar sus valores e instituciones, perpetuar su superioridad económica y militar, junto con su propensión a intervenir en los conflictos del ámbito islámico, todo lo cual opera como una fuente inagotable de resentimiento en sus filas. Cuarto, la desaparición del comunismo, que los dejó sin un enemigo común. Quinto, el creciente contacto entre occidentales y musulmanes (hay muchos millones de emigrantes musulmanes en Europa y los EEUU), al reforzar en unos y otros la percepción de las diferencias culturales que los separan. Huntington corona este pasaje afirmando que la tolerancia recíproca entre cristianos y musulmanes se deterioró bruscamente durante las décadas de los años 1980 y 1990
Como consecuencia de todo ello algunos creemos ver al mundo otra vez dividido en dos. El fin de la guerra fría nos había inducido a adoptar una visión unitaria, armónica, del planeta. Francis Fukuyama resucitó las teorías del fin de la historia que habían concebido Hegel y Marx, desde cuyas perspectivas dialécticas, arribada la humanidad al estado de perfección al cual un proceso basado en el conflicto y su superación la destinaban, se quedaría la historia sin tema y, así como los especialistas en la prehistoria debían contentarse con investigar temas tales como el tránsito de la piedra tallada a la pulida, habría eventualmente una “posthistoria” cuyos cultores se limitarían a registrar el incesante progreso científico y los siempre ascendentes niveles de bienestar social. La recepción a la tesis de Fukuyama, basada en el triunfo definitivo de la democracia liberal, fue polémica, pero me sorprendería si la postura favorable a ella no estuviese soportando reveses importantes ante los trágicos episodios del 11 de setiembre de 2001 y 11 de marzo de 2004, más el impasse en cuanto a lograr una restauración de la normalidad en Irak. La tesis que lleva miras de imponerse no puede ser sino la que ve a la historia persistiendo en su azaroso rumbo
Para concluir querría hacer explícitas un par de consecuencias prácticas –desafortunadamente no de las más tranquilizadoras– que se derivan de la perspectiva en que se sitúa este artículo. La primera es sobre la previsible duración de los conflictos. Según una experiencia secular, los de índole bélica no pasaban de un lustro. Guerras de cien años, de treinta, hasta de diez, nos parecían curiosidades históricas. Si el agotador esfuerzo de mantener operativos enormes ejércitos –que por ejemplo forzó a Alemania a rendirse en 1918, después de haber combatido enteramente sobre territorio enemigo– puede ser reemplazada por la organización terrorista, comparativamente tanto menos exigente; si los terroristas prisioneros y muertos pueden ser suplidos por el simple proceso generacional; si la represión pierde su fuerza disuasiva al toparse con combatientes que usan el suicidio como método usual para detonar sus bombas; entonces, los medios que permitan pasar de la guerra a la paz plantean a la imaginación un desafío desconcertante.
La segunda se refiere a las consecuencias culturales, ya que estamos hablando del enfrentamiento de entes culturales. La embestida islámica quiere ser un proceso a la cultura occidental. Por otra parte, ésta ha generado, en el multiculturalismo, junto al feminismo, su propio acusador, no menos agresivo, que quiere hacer trizas con todos los valores tradicionales. ¿Es que nos aproximamos a un abismo? A falta de respuesta, voy a tratar de suministrarles, el fin de semana próximo, un material de lectura más reconfortante. ¿Qué tal si escribo sobre las elecciones uruguayas?