Una aclaración ante todo: “Iglesias” aparece en plural en el título porque no voy a intentar un estudio teológico-político, sino comentar acerca de Enrique Iglesias y los conceptos sobre el Estado que emitió el 17 del corriente en la Universidad de la República. Allí discurrió sobre una variedad de temas, históricos, de actualidad y de futuro, a cuyo conjunto no puedo hacer honor en el espacio de que dispongo. Antes de entrar en el rubro a tratar, sin embargo, voy a estampar un par de observaciones sobre aspectos que no me resigno a pasar por alto
Con notable felicidad, el expositor se refirió al sentido trascendental que debe atribuirse a la revolución capitalista que, con asombroso éxito, y no menos extraña simultaneidad, están llevando a cabo China e India, los dos países más populosos del mundo. Dijo Iglesias: “...en una década larga China y la India le pusieron un segundo piso al mundo, es un fenómeno que nunca vio el capitalismo en su historia.” También expresó: “En este momento, de Panamá para abajo, el ingreso de China (al comercio con la región) es fundamental, es una bendición”. Pensar que, por doquier, se encuentran compatriotas que miran aprehensivamente el colosal crecimiento chino, supuestamente en base de su enorme peso demográfico, que precisamente es el origen de la “bendición” de que nos habló el ilustre visitante. ¿Qué le pasa a nuestra subcultura, que, aparte de regodearnos con las malas noticias, interpretamos las buenas, y aun las excelentes, como si fuesen malas?
Aparte de limpiarnos los ojos de telarañas que nos hacen ver el portentoso desarrollo chino en términos de “peligro amarillo”, o quién sabe qué otra tontería, las palabras de Iglesias me produjeron gran impacto al referirse a la integración regional, que es uno de los “tres frentes” en los cuales nos exhorta a desplegar el máximo dinamismo. Literalmente, dijo: “...creo que en ese sentido hay que hacer una integración regional profunda, y tirar en todas las direcciones, el ALCA, la Unión Europea, Asia.” Sin mencionar al Mercosur. ¡Aleluya! Tal vez sea por creer que en ese sector nuestra posición ya está consolidada, pero no nos lleva tan lejos como nos es preciso llegar. De todos modos, la omisión es importante, por dos razones. En primer lugar, porque pone bien a las claras que con Mercosur no hemos aprobado la asignatura “Integración”, como muchos parecen creer que es el caso. En segundo lugar, y crucialmente, porque (en mi interpretación al menos) el lastre proteccionista y aislacionista que cargamos como miembros de esa asociación no debe entorpecernos en la marcha hacia delante que nos reclama, sin además dejarnos olvidar que Latinoamérica “es el 8% de la población del mundo, que somos 500 millones frente a 2.300 entre la India y China ...” y –esto ya va por cuenta mía– que si tenemos que elegir entre Mercosur y el Universo, la alternativa es clara.
Y ahora entramos propiamente en tema. Iglesias coronó su conferencia con una revista a las alternativas que nos enfrentan en cuanto a la estrategia económica, una de las cuales se refiere al Estado, a la idea de un “nuevo Estado” – en español, debemos suponer, no o Estado Novo con que soñó Getulio Vargas– y, para empezar, la relación que el nuevo Estado debería trabar con el mercado. Ambos –Estado y mercado– son generadores de orden social, y poseen un potencial que los capacita para reemplazarse mutuamente en buena medida. Mejor dicho, el Estado puede desplazar al mercado integralmente, lo cual es el paradigma de “socialismo real”; y, en el otro extremo, el Estado se limita a desempeñar los papeles de juez y gendarme, dejando al mercado todo el resto de lo que conforma el orden social, como en el paradigma del laissez faire. Según es usual entre quienes transitan por este territorio, Iglesias se sitúa en un punto intermedio, atribuyéndole específicamente al mercado tres funciones: ser regulador –presuntamente respecto de los agentes privados que operan en el mercado– , ser “habilitador, sobre todo de la gente para poder insertarse en la dinámica productiva” y ser “compensador de los sectores desamparados”. No hay nada nuevo en esto, es lo que los Estados hacen, o tratan de hacer, o aceptan que deberían hacer, en todo el mundo; sin embargo, el énfasis que pone el expositor indica que la perspectiva desde la cual estructura su propuesta es diferente
Es posible que la distinción pueda buscarse a través del, pasaje en que Iglesias dice: “...el Estado tiene que estar presente, no es el Estado de los 60 o 70, es otro Estado, un Estado con intervenciones inteligentes...” Iglesias resta importancia al tamaño del Estado, considerándolo un “problema de segunda importancia”. Lo importante sería, entonces, que el Estado fuese “alguien” capaz de regular, habilitar y compensar, en la manera y la medida justas. Siendo un ente inteligente –así interpretaría yo esa indiferencia que postula Iglesias sobre las dimensiones estatales– no importaría si fuera grande, porque, a mayor tamaño, mayor bien generaría; y si fuese pequeño, gracias a esa lucidez inmanente, podría de todos modos cumplir tareas indispensables. Pero, ese ser sobrehumano, ¿cómo suscitarlo? ¿Cómo hacerlo posible, y duradero?
En mi opinión, tratar del Estado atribuyéndole cualidades de ser humano, máxime postulándole excelencia en ellas, es tomar un sendero peligroso. Es por él que Krause y sus colaboradores perdieron el rumbo, y Batlle y Ordóñez tras él, todo nuestro país eventualmente. Iglesias siente que le falta una magnitud X para que cierre alguna de las alternativas de política que se plantea. Por ejemplo, considera la de “profundizar el modelo liberal”, pero se ve obligado a excluirla, por razones que sería demasiado largo explicitar, pero con un Estado inteligente, tal vez las dificultades se disiparan. Ahora bien, estas habrían sido resueltas gracias a aquel Estado imaginario, un deus ex machina introducido para superarlas, sin realismo alguno
En lo que me es personal, prefiero sustituir el concepto de “Estado”. en este contexto, como suelen hacer los anglosajones, por el de “gobierno”. Con ello se evita perder de vista la inestabilidad en la conducción de los asuntos públicos. Viene un gobierno inteligente, y después se va y viene otro estúpido, como con tanta frecuencia ha ocurrido en la región. A veces, con el mismo personal, apenas ante distintas circunstancias políticas. Recurrir al concepto de gobierno, además, nos libra de la ilusión de que esos asuntos públicos se enfocarían con criterios de “largo plazo”, siendo así que el horizonte electoral es tan lejos como los políticos suelen estirar la mirada. Un ejemplo: en 1947 la economía uruguaya cerró sus fronteras industriales a cal y canto, promoviendo un crecimiento significativo hacia dentro, que duró hasta mediada la década siguiente. Subieron el empleo y los salarios reales. Después entramos en un estancamiento de 20 años. Los autores de la medida de 1947, sin embargo, acumularon un capital electoral considerable. ¿Puede negarse que, en atención a sus intereses, entonces actuaron con inteligencia? Y esa visión cortoplacista de los gobiernos antecede el tiempo de elecciones frecuentes: “Después de mí, el diluvio” ya lo decía Luis XIV.