Anoche –7 de mayo– vi un programa sumamente interesante en Tveo, en el cual Sonia Breccia condujo con su reconocida solvencia profesional y el ministro Isaac Alfie, entrevistado, hizo gala de buen sentido y sólidos conceptos económicos. Lo presencié con gran interés, absorto en lo que veía y oía, con el mismo dolor que me lacera cada vez que me enfrento a la pobreza que se extiende y echa raíces en el Uruguay, y –en relación al diálogo que irradiaba la pantalla– con la sorpresa de siempre, cuando veo enfocar una y otra vez el lacerante tema desde la misma perspectiva: la perspectiva del presente, del gobierno actual y, todo lo más, del anterior. Admito que no es del todo razonable sorprenderse de lo que pasa todo el tiempo; pero no puedo evitarlo.
Si se trata de la pobreza de Nigeria, de Camerún, del nordeste brasileño, o del altiplano boliviano, a nadie se le ocurre responsabilizar por ella al gobernante de turno, presidente, dictador o lo que fuere, ni averiguar si el gasto en educación y salud del régimen actual y el inmediatamente previo han sido o no suficientes, ni considerar si una estructura tributaria más preocupada por la redistribución de la renta, podría haber reducido significativamente el mal. Quien está a cargo del análisis, casi seguramente, se referirá a la insuficiencia de la ayuda externa y formulará exhortaciones para su incremento. Pero, en sí misma, la pobreza en tales países o regiones se dará por sentada. Es algo que se remonta a un pasado remoto, debido tal vez a la calidad de los recursos naturales, o a la situación geográfica, o –tal vez principalmente– a la cultura. En tal sentido, no puede perderse de vista la estrecha relación entre la cultura y la riqueza, ni la dificultad con que las autoridades se topan para cambiar las culturas económicamente estériles, no siendo el menor de los obstáculos que ellos también participan de la cultura propensa a generar pobreza
Claro que ese no es el caso de Uruguay, pero se le acerca en tanto el proceso de regresión económica relativa de este país no se mide por años, ni por lustros, ni por décadas. Yo creo que esa regresión relativa se interna significativamente en el siglo XIX, pero me parece muy difícil poner en tela de juicio que, cuando menos, el siglo XX fue un lapso en que el Uruguay experimentó un apreciable descenso en la escala económica mundial. Como es obvio, no año tras año, pero, en líneas generales, más allá de toda posible hesitación. Ni tampoco puede discutirse que ese proceso está vinculado a variaciones culturales propicias al estancamiento y a la regresión económicas. Como me sitúo en esa perspectiva, no puedo dejar de considerar inexplicable, que –en el contexto de la pobreza del Uruguay– se cuestione la magnitud de tal o cual rubro del presupuesto o la vigencia de tal o cual impuesto. Esto no implica un cuestionamiento del programa de TV a que hice referencia: le gente tiene puesta la vista en octubre próximo y quiere saber qué juicios debe merecerle el gobierno antes de votar, respecto de lo cual lo acontecido hace cien años carece de significación. Al mismo tiempo, es insólito que la restitución del país a la senda del progreso se piense como tarea practicable con olvido de la historia.
La historia enseña que el Uruguay fue un país rico. ¿Cuándo? Veamos algunas fechas y datos. El historiador argentino Rodolfo Puiggrós escribía hace unos años: “Una vez que se puso fin a la Guerra Grande [1851], se registró un rápido florecimiento económico en el país oriental.” En 1853, Juan Bautista Alberdi, autor del proyecto de la Constitución de la República Argentina, comentando sobre el “progreso extraordinario” de los orientales, comparaba su empuje con el de California, la parte del mundo de máximo crecimiento a la sazón. Los datos demográficos son un ponderoso indicador de adelanto. El historiador inglés Bakewell, en 1997, recordaba que, entre 1850 y 1912, Uruguay tuvo el crecimiento demográfico mayor de toda América Latina, seguido de Argentina, Brasil y México (por los dos últimos a considerable distancia). En lapsos más breves nuestro crecimiento poblacional alcanza guarismos estupefacientes. Entre 1852 y 1860, el crecimiento anual fue de 7,25%, naturalmente gracias al tremendo alud de inmigrantes; o sea que en los ocho años el crecimiento demográfico uruguayo fue del orden del 75%. En cuanto al producto nacional, voy a valerme, como ya he hecho antes, de las inapreciables investigaciones de Luis Bértola, decano de la Facultad de Ciencias Sociales, y su equipo. En el lapso 1871-1887 el ingreso por cabeza de Uruguay estuvo a la altura de los tres países más ricos de Europa: Inglaterra, Francia y Alemania (por encima o igual que estos en seis de los dieciséis años). Respecto de Argentina, en el primer trienio sobre el cual Bértola y su gente reunieron datos (1876- 1878) la República Oriental mostró una ventaja del 29%. Conviene no olvidar que, cuando en 1830 se juró la Constitución, la población oriental era en apenas de 74.000 almas, en paupérrima situación su gran mayoría, consecuencia ante todo del continuo guerrear, hasta firmarse la Convención de 1828.
¿Había pobres en el Uruguay en aquellas épocas de colectivo esplendor? Seguramente sí; seguramente muchos inmigrantes, que venían con lo puesto, tenían que hospedarse en el hotel que reservaba la comunidad a los recién llegados indigentes, y podían darse el lujo de traer a sus familias solo luego de hacerse lugar en el mercado de mano de obra. Pero había trabajo para todos. Notablemente en la construcción, para cuyo desenvolvimiento el factor limitante era el de los recursos humanos disponibles. Tengamos presente que hacia fines del siglo XIX Montevideo se había transformado –del villorrio de unos 20.000 habitantes de 1830– en la tercer ciudad de América Latina, después de Buenos Aires y Río de Janeiro. Mayor, por tanto, que Santos y México, La Habana, Santiago y Bogotá. Lo que no era óbice para que tres cuartas partes de los recién llegados siguieran viaje hacia el interior, ya que la proporción de 3 a 1 favorable al interior se mantuvo hasta ya bien entrado el siglo XX
Pobreza sí, pero miseria duradera, de ningún modo. Pobreza sí, pero ancianidad desvalida, tampoco. No mientras los trabajadores buscaban protección en su propio ethos de labor y austeridad, y sus ahorros cumplían la misión de proveer para la tercera edad. Pobreza sí, pero con notable permeabilidad social y económica, que ofrecía posibilidades a los más laboriosos e imaginativos para hacerse la América, prometida en sus sueños, allá en el viejo mundo
Si aspiramos a reconquistar algo –todo lo posible– de lo que tuvimos y perdimos, por amor de Dios, no cometamos la ingenuidad de pensar que la cuestión reside en que el gobierno actual gaste algo más en esto o aquello, y que recaude mejor los impuestos y mejore su estructura. Que las reformas que haya que hacer se cumplan, enhorabuena. Pero antes reparemos en que el gran país que tuvimos fue destruido y que solo la historia nos abrirá el camino para reencontrarnos con los valores que cimentaron nuestra grandeza de otrora. Sobre los cuales digo, como MacArthur: ¡Volveremos!